El pueblo de Cuenca que se reivindica a golpe de cencerro: por qué su tradición merece ser Interés Turístico Nacional

La Endiablada recorre las calles del municipio en una mañana cargada de tradición, cencerros, danzantas y solidaridad vecinal, en uno de los rituales más antiguos y singulares de España

Almonacid del Marquesado no necesita despertador el día de San Blas. Basta con el primer golpe de cencerro para saber que es 3 de febrero y que la Endiablada ya está en la calle. Esta celebración, considerada una de las tradiciones más antiguas de España con más de 15 siglos de historia, vive un momento dulce en cuanto a su reconocimiento oficial.

Tras ser declarada Fiesta de Interés Turístico Regional en 2010 y obtener el título de Bien de Interés Cultural (BIC) en 2020, la festividad camina ahora con paso firme hacia la declaración de Interés Turístico Nacional, un hito que confirmaría su relevancia más allá de las fronteras castellanomanchegas.

En este días de San Blas, desde primera hora de la mañana, los diablos han recorrido el pueblo en un estallido de júbilo y con el incofundible sonido de los cencerros portados a sus espaldas. Tras ello, en torno a las 9:30 ha tenido lugar la tradicional «vuelta del bolsillo», un recogida de la limosna que mezcla rito, subsistencia y comunidad, y que sirve para financiar el rancho y la convivencia de los próximos días.

El ritual del dinero y el “bolsillo” centenario

Foto: Diablos recogiendo la «vuelta del bolsillo» en el Día de San Blas / Néstor Robayna

La escena parece detenida en el tiempo. Los diablos, divididos en dos filas, recorren las calles de Almonacid del Marquesado haciendo sonar a su paso sus cencerros. Dos de ellos avanzan portando una caja metálica donde se guarda el dinero que entregan los vecinos. Con ellos camina el diablo mayor, con un viejo calcetín colgado del cuello: «el bolsillo». No es un simple recipiente, sino una reliquia con más de cien años de historia que ha pasado de generación en generación entre quienes han ostentado el cargo.

No hace falta llamar a las puertas. “La que no abre es que no quiere dar”, explican los propios diablos. Pero casi todas se abren. La solidaridad forma parte del rito tanto como el ruido de los cencerros.

Antes de los diablos desfilan las danzantas, nueve mujeres y un palillero que avanzan haciendo sonar las castañuelas y al ritmo de la dulzaina y tres tambores que marcan el compás de la mañana. Tras ellas, los diablos sacuden cencerros que pueden superar los cuatro kilos de peso, hoy ataviados con la mitra de obispo en sus cabezas en honor a San Blas, obispo de Sebaste y patrón del municipio. El sonido es áspero, constante, casi hipnótico. No es ruido: es identidad.

Foto: Las danzantas, dulzaina y tambores marcan el camino de «los diablos» / Néstor Robayna

Una hermandad cerrada: quién puede ser diablo

Este año participan en la Endiablada alrededor de 140 diablos, de los cuales seis se incorporan por primera vez. No cualquiera puede hacerlo. La pertenencia a la hermandad está reservada exclusivamente a los habitantes de Almonacid del Marquesado, a sus descendientes y a quienes han contraído matrimonio con una mujer almonaceña. Los forasteros, por tanto, solo pueden participar como espectadores.

Foto: «Los diablos» recorren las calles de Almonacid del Marquesado con la «vuelta del bolsillo» / Néstor Robayna

Para ingresar basta con pedir permiso al diablo mayor y abonar una cantidad en metálico, hoy fijada en 20 euros, que sustituye a la antigua aportación de una arroba de vino. Es una fiesta intergeneracional: en la Endiablada conviven niños de corta edad con diablos octogenarios, unidos por una misma norma no escrita: la fidelidad al rito.

Una de las características más llamativas es que no hay mujeres diablas. Todos los diablos son hombres, mientras que las mujeres han desempeñado históricamente un papel esencial en la confección de los trajes y en la transmisión de la tradición.

El alma sonora de la fiesta: los cencerros

Si hay un símbolo que define a la Endiablada es el sonido. Los cencerros no son los habituales del ganado: se encargan expresamente por su tamaño y peso. Muchos han sido fabricados en Mora (Toledo) o Almansa (Albacete) y algunos superan los 45 centímetros, con varios kilos colgando del cuerpo del diablo.

Lo habitual es portar tres cencerros, aunque también existen conjuntos de dos o cuatro. Se unen mediante la sarta, un verdugo que los enlaza entre sí y se ajusta a la cintura, completado con correas de cuero que se apoyan sobre los hombros. Algunos de estos cencerros han pasado por varias generaciones y superan ya el siglo de antigüedad, convirtiéndose en auténticas reliquias familiares.

Foto: Cencerro de la «Endiablada» de Almonacid del Marquesado / Néstor Robayna

Una tradición cargada de simbolismo

El traje del diablo se compone de camisa y pantalón, confeccionados con telas de colores vivos y estampados llamativos. Su elaboración ha corrido siempre a cargo de las mujeres del pueblo, que los cosen de forma artesanal. Aunque cada traje es distinto, el conjunto ofrece una sorprendente homogeneidad cromática, uno de los rasgos que más impacta a quienes descubren la fiesta por primera vez.

Los mayores recuerdan tiempos en los que los diablos vestían arpillera, retales, pieles de animales, con serpientes y lagartos pintados en las telas. El aspecto actual se fue consolidando a lo largo del siglo XX, evolucionando hacia una estética más uniforme.

Este 3 de febrero, tras el acto del lavatorio que tuvo lugar en la tarde del día 2, los diablos incorporan un elemento clave: la mitra, en recuerdo de la dignidad episcopal de San Blas, obispo de Sebaste. Es roja, con ribetes amarillos, y suele llevar una cruz y las iniciales de su propietario.

Foto: Una de las «porras» de la Endiablada / Néstor Robayna

Completa la indumentaria la porra, una especie de cetro que los diablos portan sobre el hombro al caminar y alzan con el brazo derecho durante las danzas. Su cabeza adopta formas diversas, muchas veces grotescas o monstruosas: demonios, dragones, figuras deformes, imágenes de San Blas o diablos mitrados.

Más que un complemento, la porra es símbolo de autoridad, de rito y de continuidad. Como todo en la Endiablada, no se exhibe: se hereda, se respeta y se hace sonar.

Mismo fervor, bajo la amenaza del cielo

Aunque la previsión meteorológica indicaba agua, de momento la lluvia no ha hecho acto de presencia, permitiendo que los diablos luzcan sus trajes y hagan sonar sus cencerros sin necesidad de resguardarse. No obstante, la amenaza del tiempo ha reducido notablemente la afluencia de visitantes.

“Este año ha venido ni la mitad”, reconoce Julián Rodrigo, el diablo mayor. Pero lejos de restar intensidad, el ambiente se ha vuelto más íntimo: “Entramos mejor a la iglesia, danzamos mejor….”, afirma Rodrigo.

Foto: Endiablada en el Día de San Blas / Néstor Robayna

Entre los asistentes, numerosos fotógrafos atraídos por una tradición única. Uno de ellos es Josep Villaplana, fotógrafo profesional jubilado de Barcelona, quien ha recorrido más de 700 kilómetros para descubrir por primera vez la Endiablada. “Me ha impresionado la gama cromática de los trajes y el sentimiento vivo en los ojos de la gente de Almonacid”, explica. Asegura que volverá, movido también por un vínculo personal: su abuela se llamaba Candelaria.

La Endiablada no se representa. Se vive. Y cada 3 de febrero, Almonacid del Marquesado vuelve a demostrarlo.

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
Botón volver arriba