Almonacid del Marquesado volverá a convertirse del 1 al 4 de febrero en el epicentro de una de las celebraciones más ancestrales y espectaculares del calendario festivo de Castilla-La Mancha: La Endiablada. Durante estos días, el inconfundible sonido de los cencerros marcará el pulso del pueblo de la mano de los diablos y danzantas, protagonistas de una celebración que mezcla devoción, sacrificio y danza, y cuyo origen se pierde en el tiempo, manteniendo intactos sus rituales más antiguos.
Declarada Fiesta de Interés Turístico Regional, La Endiablada es una manifestación cultural única en España, transmitida de generación en generación durante siglos. Se trata de una forma singular de pedir piedad y protección a los santos patronos, que ha conservado con gran fidelidad sus elementos originales, hasta el punto de que se desconoce con exactitud la fecha de su inicio.
La fiesta arranca el 1 de febrero, día de San Ignacio, cuando los diablos se reúnen en la casa del diablo mayor y se dirigen, haciendo sonar sus cencerros, a la casa del alcalde, acompañados por las danzantas y numerosos vecinos. Allí, el diablo mayor solicita permiso a la autoridad para dar comienzo oficial a la celebración. Tras el tradicional convite, con dulces y bebidas ofrecidos por el alcalde, los diablos se trasladan al atrio de la iglesia parroquial para rezar por las almas de los hermanos difuntos, iniciando después el primer recorrido por el pueblo.

Los días 2 y 3 de febrero concentran los momentos más intensos y emotivos de La Endiablada, en honor a la Virgen de la Candelaria y San Blas. Desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde, los diablos recorren incansablemente las calles del municipio, danzando, saltando y haciendo sonar los cencerros en un esfuerzo físico extraordinario que forma parte esencial del ritual.
El día 2 de febrero, los diablos recogen la tradicional torta de mazapán de la Virgen y recorren casa por casa mostrando la ofrenda y recogiendo dulces para la hermandad. A mediodía tiene lugar la procesión de la Candelaria, uno de los actos más vistosos de la fiesta, con los diablos corriendo y danzando a gran velocidad delante de la imagen entre vítores, seguidos por autoridades, sacerdotes y las danzantas, que no cesan en sus bailes acompañadas por la música de dulzaina y tambor.
Tras la misa, se desarrollan las danzas en el interior de la iglesia, donde las danzantas portan las distintas piezas del arado tradicional, cada una acompañada de versos cantados de profundo sentido religioso. Uno de los rituales más singulares del día es el lavatorio de San Blas, cuando la imagen del santo es limpiada con aguardiente y adornada con cintas y exvotos, mientras los diablos, ya tocados con la mitra episcopal, continúan danzando sin descanso.
El 3 de febrero, la procesión en honor a San Blas repite el recorrido del día anterior, aunque con una intensidad aún mayor. Las carreras, saltos y vítores de los diablos alcanzan su punto culminante ante el santo protector de la garganta, en una jornada que suele congregar a numerosos visitantes de pueblos vecinos, del resto del país e incluso del extranjero. Tras la misa, se vuelve a montar el arado y se recitan los tradicionales dichos, en uno de los momentos más emocionantes de la celebración.
La noche del día 3 llega la esperada despedida, cuando los diablos recorren por última vez el pueblo y se concentran en la plaza. Allí, el diablo mayor eleva la voz para proclamar los tradicionales vítores —a San Blas, a la Candelaria, a las autoridades, a las danzantas y al acompañamiento— antes de despedirse con el emotivo «Hasta el año que viene, si Dios quiere», mientras los cencerros se van apagando poco a poco.
La fiesta se cierra el 4 de febrero, conocido como San Blasillo, una jornada aún festiva en la que las danzantas recorren el pueblo interpretando los tradicionales paloteos, y los vecinos solicitan bailes a cambio de donativos. Por la noche, los diablos se reúnen sin vestimenta ni cencerros para compartir la tradicional oveja frita con ajos, recordando vivencias de unos días que vuelven a demostrar que La Endiablada no es solo una fiesta, sino la esencia viva de todo un pueblo.