A veces la historia no entra con estruendo, sino con una nota aguda, sostenida y limpia en mitad de la emoción. A veces llega con capuz, con nervios, con viento en la puerta y con una joven de 23 años apretando entre las manos un instrumento antiguo mientras piensa: “No me lo puedo creer”. Así comenzó este Martes Santo para Ainara Muñiz, la primera mujer en hacer sonar uno de los añafiles de San Juan Bautista en la procesión de Cuenca.
Después de dos años de espera frustrada por la lluvia, este 2026 sí fue el suyo. La procesión salió. El cielo concedió tregua. Y Ainara, que llevaba tiempo soñando con ese instante, pudo al fin dar ese toque que anuncia la llegada del paso y que abre, casi como un umbral sonoro, uno de los momentos más especiales del Martes Santo conquense.

“Era como un logro personal pero también muy espiritual”, resume ella misma. Y en esa frase cabe casi todo: la paciencia, la fe, la música, la tradición y también la emoción de una mujer joven que, sin pretender hacer bandera de nada, ha terminado haciendo historia.
Una vocación nacida al pie del paso
La historia de Ainara no nace de un impulso pasajero. Nace de la costumbre, de la infancia y de la emoción aprendida. Ella acudía cada año a la procesión con su madre, siempre cerca, siempre delante del paso, escuchando ese sonido que se quedaba dentro.

“Yo salía todos los Martes Santos con mi madre…y eso siempre ha estado ahí sonando delante del paso”, cuenta. Músico al fin y al cabo —es violinista titulada—, hubo un momento, tras la pandemia, en el que la intensidad del regreso a las calles hizo el resto. Entonces se lo dijo a su madre con la naturalidad con la que empiezan las cosas importantes: “Oye mamá, pues qué chulo esto, ¿no? Yo quiero tocar esto”. Y preguntó tras una subasta de la hermandad.
Un camino abierto con naturalidad
Lo hermoso de esta historia es también su sencillez. Ainara no relata barreras ni portazos. Al contrario. Cuando mostró interés por tocar el añafil, la respuesta de la hermandad fue clara: cualquiera que quisiera podía intentarlo.
Ella misma pensaba que el instrumento se subastaba, como ocurre con otros enseres, pero no era así. Le explicaron que bastaba con acudir a ensayar en Cuaresma y probar. Y eso hizo.

Primero aprendió a soplar. Luego a sacar la primera nota. Después la segunda. Más tarde, las tres necesarias para incorporarse al toque. Y todo fue mucho más rápido de lo habitual.
“Al tercer día me salían las dos notas, tres necesarias, y me dijeron: venga, prueba a hacerlo con nosotros”, recuerda. Sus compañeros, de hecho, le hicieron ver que su progresión había sido poco común: quienes llegan sin experiencia en instrumentos similares suelen necesitar bastante más tiempo.
Juventud, talento y relevo
Ainara no solo es la primera mujer. También es, por ahora, la más joven del grupo. Tiene 23 años, es maestra con doble titulación en Infantil y Primaria, y procede de una familia profundamente ligada a la música. Ella empezó con el violín cuando apenas tenía cuatro años.
En su historia hay una poderosa mezcla de juventud y herencia. No representa una ruptura con la tradición, sino su continuidad más fértil: la de una generación joven que se acerca a los oficios, a los sonidos y a los símbolos antiguos para mantenerlos vivos.

Eso también convierte su presencia en una buena y bonita noticia. Porque donde algunos ven costumbre, ella ha visto posibilidad. Y donde otros podían haber pensado que no era su sitio, Ainara encontró con los brazos abiertos. “Yo dije que quería, me dijeron que sí y fui y ya está”, explica con naturalidad.
Aprender a soplar la tradición
Pero detrás de esa frase sencilla hay esfuerzo, constancia y aprendizaje. Tocar el añafil no consiste solo en coger el instrumento y soplar. Los ensayos comienzan en Cuaresma y suelen reunirse dos días por semana. No son sesiones largas —a veces apenas media hora, otras algo más—, pero sí muy técnicas.
Primero hay que aprender a soplar, después a dominar la boquilla y, más tarde, a sacar las notas necesarias para poder incorporarse al toque conjunto. Cuando Ainara comenzó, mientras los demás ensayaban, ella se colocaba detrás intentando arrancarle sonido al instrumento, “haciendo ruidos”, como ella misma cuenta, hasta que llegaron por fin las notas limpias.
No es fácil. La mayor dificultad está en la presión de los labios, en controlar el aire y en lograr las notas más agudas sin que el sonido se rompa. Actualmente el grupo lo forman nueve personas, aunque no siempre pueden coincidir todos en los ensayos porque algunos viven fuera de Cuenca o tienen dificultades de horario.

Además, en la hermandad solo hay cuatro añafiles, aunque cada integrante sí cuenta con su propia boquilla. Por eso, cuando acuden más de cuatro personas a ensayar, deben turnarse también durante la práctica.
Ese sistema de relevos se mantiene en la procesión. Siempre van sonando cuatro añafiles, y los integrantes se van alternando en distintos puntos del recorrido, igual que sucede con los banceros. En total se establecen cuatro cambios y cinco tramos, de manera que el esfuerzo se reparte y todos participan en una parte similar del desfile.
No tocan de forma continua: el añafil anuncia el avance del paso, de modo que suena cuando vuelve a ponerse en movimiento, como una llamada antigua que abre paso entre las calles.
Ahí, precisamente, también se ve la importancia del relevo generacional. Porque la llegada de Ainara no solo suma una presencia femenina inédita, sino que aporta juventud a una tarea tan singular como exigente, una de esas tradiciones que necesitan manos nuevas, aliento nuevo y ganas de aprender para no apagarse con el tiempo.
La primera nota que ya es historia
El momento decisivo llegó en la salida. Era, además, un punto especialmente simbólico. Uno de sus compañeros, que acostumbraba a ocupar ese puesto, le cedió este año el honor de abrir la procesión. “Mira tú, este año vas a tener mi puesto y vas a salir tú”, le dijo.
Y así fue. Tras dos años sin poder hacerlo por culpa de la lluvia, esta vez Ainara pudo dar el primer toque. No solo el primero de su vida en procesión, sino también el primero que escuchó la hermandad y que abrió camino al San Juan Bautista.

“Sí, me daba respeto, pero por otra parte decía: esta es la tuya”, recuerda. El miedo, la responsabilidad y la alegría convivieron durante unos segundos que seguramente no olvidará jamás.
Una puerta abierta para otras mujeres
Ella no quiere darse demasiada importancia. Insiste en que todo ha sido natural, que nunca se sintió diferente ni tratada de otra manera por ser mujer. Y quizá por eso su ejemplo vale todavía más. Porque demuestra que el impulso femenino no siempre necesita estridencias: a veces basta con preguntar, estar, aprender y hacer sonar una tradición que también les pertenece.

“Que se animen más, que lo tomen de ejemplo, que vean que se puede hacer”, dice Ainara. En esa invitación sencilla hay una declaración mucho más grande de lo que parece.
Su presencia no borra el pasado, pero sí ensancha el futuro. En una Semana Santa donde la historia pesa, ella ha sumado una página nueva. Una página escrita por una mujer joven, formada, músico, heredera de una familia volcada en este arte y capaz de mirar una tradición centenaria sin miedo, con respeto y con ganas.
Cuando la tradición respira futuro
El añafil, instrumento singular, exigente y poco frecuente, ha vuelto a sonar en Cuenca con el mismo eco antiguo de siempre. Pero esta vez su sonido trae también algo nuevo: la certeza de que la tradición no se rompe cuando cambia de rostro, sino que se fortalece.
Ainara Muñiz lo ha demostrado sin aspavientos, sin buscar focos, casi con pudor. No le gusta ser el centro de atención. Sin embargo, este Martes Santo le tocó serlo un poco. Porque hay historias que merecen contarse precisamente por eso: por su verdad, por su belleza y por el impulso que dejan detrás.
En la puerta de San Juan Bautista, después de dos años esperando a que escampara, una joven de 23 años sopló por fin el añafil. Y Cuenca escuchó algo más que una nota: escuchó el futuro.
/Fotos: Néstor Robayna y Ainara Muñiz/













