El reencuentro con el Martes Santo que Cuenca llevaba años esperando: cuando el alma de la ciudad por fin pudo perdonar

La procesión regresó a las calles tras dos años de suspensiones y devolvió a la ciudad una de sus citas más íntimas y esperadas durante casi 8 horas

Había noches que se habían quedado pendientes en el alma de la ciudad. Noches que la lluvia había ido aplazando, dejando en suspenso el deseo de volver a ver ciertas imágenes en la calle, de volver a escuchar ciertas marchas en su sitio exacto, de volver a sentir ese nudo en la garganta que solo conoce quien vive la Semana Santa de Cuenca desde dentro. Y este Martes Santo, por fin, esa espera terminó.

La Procesión del Perdón regresó a las calles y Cuenca la recibió como se recibe lo que se ha echado demasiado de menos. Con expectación, con respeto, con ganas contenidas y con ese silencio tan nuestro que no enfría la emoción, sino que la hace más honda. Había frío en la noche, sí, pero también calor nazareno. Ese calor que no viene del tiempo, sino de la devoción, del reencuentro y del íntimo alivio de ver que, esta vez sí, la procesión podía abrirse paso por la ciudad.

El Martes Santo volvió a encontrar su pulso

Desde los primeros compases de la tarde se entendió que no iba a ser una noche cualquiera. El regreso del Perdón tenía algo de reparación sentimental para Cuenca. Como si la ciudad, después de dos años sin poder disfrutarla plenamente, necesitara comprobar que seguía ahí, que seguía siendo suya, que seguía latiendo con la misma verdad por las calles del Casco, de la Plaza Mayor, de la Audiencia y del centro.

Foto: Salida Santa María Magdalena de El Salvador / Néstor Robayna

Poco a poco, el Martes Santo fue recuperando su forma. Volvió la solemnidad de las salidas, el recogimiento en torno a los templos, el sonido de las horquillas, el discurrir de las hermandades con su personalidad propia. Volvió ese modo tan conquense de mirar la procesión sin romperla, de acompañarla sin invadirla, de emocionarse sin necesidad de exteriorizarlo. Volvió, en definitiva, una parte muy profunda de la ciudad.

La emoción de El Salvador y la luz de San Andrés

El Salvador volvió a ser uno de los corazones de la tarde. Desde allí comenzó a dibujarse una parte esencial de la procesión, con San Juan Bautista y María Magdalena ganando la calle en medio del recogimiento y la expectación. En ambos volvió a sentirse esa mezcla de arte, devoción y personalidad que los convierte en dos presencias inconfundibles dentro del Martes Santo conquense.

San Juan, con la fuerza impresionante de su anatomía, volvió a dejar constancia de la grandeza de la talla de Luis Marco Pérez. Hay imágenes que se contemplan y otras que imponen. El Precursor pertenece a esas que se quedan en la retina por su vigor, por su verdad, por la sensación de vida detenida que transmite. María Magdalena, por su parte, aportó de nuevo su delicadeza tan característica, esa belleza herida y elegante que siempre despierta una emoción muy particular entre los nazarenos.

Y desde San Andrés llegó una de las escenas más hermosas y más sentidas de toda la tarde. La salida de María Santísima de la Esperanza volvió a conmover a la ciudad en un marco de enorme belleza. La plaza lucía radiante, llena de hermanos y de espectadores, llena también de esa ilusión acumulada durante dos años de espera. Los rayos de sol todavía bañaban el entorno y la Virgen salió acompañada por el motete del Coro de la Capilla de Música de la Catedral, en un instante que tuvo mucho de símbolo: la Esperanza abriéndose paso, por fin, hacia la luz.

Foto: Salida de la Esperanza de la Iglesia de San Andrés

Había en aquella escena algo más que una salida procesional. Había una emoción colectiva, una sensación de alivio íntimo, de reconciliación con el tiempo perdido. Como si Cuenca entera quisiera decir, sin decirlo, que ya tocaba volver a ver a la Esperanza en la calle.

Una procesión de imágenes y sentimientos reconocibles

La Procesión del Perdón posee una de esas identidades que la hacen reconocible desde muy lejos dentro de la Semana Santa de Cuenca. En ella conviven la fuerza plástica de San Juan, la delicadeza de la Magdalena, la devoción multitudinaria del Medinaceli, la ternura dolorida de la Esperanza y la riqueza simbólica del Bautismo. Son imágenes muy distintas entre sí, y precisamente por eso la procesión alcanza una riqueza tan especial.

Foto: Expectación en el inicio de la procesión con el Medinaceli en San Felipe Neri / Néstor Robayna

El Medinaceli volvió a arrastrar tras de sí ese poso de fervor que siempre lo acompaña. Es una imagen con un peso propio inmenso en la ciudad, capaz de congregar a muchísimos fieles y de despertar una emoción muy concreta, muy reconocible, muy de Martes Santo. A su alrededor se percibe siempre algo más que acompañamiento: se percibe verdadera devoción.

El Bautismo, por su parte, volvió a completar esa geografía sentimental del Perdón con su presencia en la parte alta, dando a la noche uno de sus perfiles más característicos. Su incorporación al desfile, aunque sin pétalos, reafirmó el equilibrio y la riqueza de una procesión que no se entiende por momentos aislados, sino por el modo en que todas sus hermandades acaban componiendo una sola narración de fe, belleza y ciudad.

Foto: Bautismo / Néstor Robayna

La Plaza Mayor, corazón de la noche

Si hay un lugar donde Cuenca se mira especialmente a sí misma durante el Martes Santo, ese es la Plaza Mayor. Allí la procesión crece. Allí las imágenes parecen agrandarse. Allí el público se multiplica y el aire se vuelve todavía más denso de emoción y de espera. Una vez más, la plaza volvió a convertirse en uno de los grandes escenarios de la noche, abarrotada de gente y entregada a ese paso solemne de las hermandades.

Bajo los arcos, entre la piedra y la luz del anochecer, la procesión dejó algunas de sus estampas más poderosas. En ese marco incomparable se percibe de una manera muy especial todo lo que hace única a la Semana Santa de Cuenca: la estrecha relación entre arquitectura y desfile, entre música y movimiento, entre pueblo e imagen. La Plaza Mayor no es solo un tramo del recorrido. Es un lugar donde la procesión se convierte casi en una revelación pública de lo que la ciudad siente por dentro.

Foto: San Juan Bautista / Néstor Robayna

Allí, la Banda de la Junta de Cofradías recibió a San Juan con la marcha El Bautista, de Fernando Ugeda. Y el Precursor, imponente en su presencia, no dejó indiferente a nadie. Bailó al compás de la marcha con ese mecer tan característico de los banceros, en una escena que mezcló fuerza, compás y emoción. Fue uno de esos instantes en los que la procesión parece latir con más fuerza, en los que la música y el movimiento convierten la devoción en algo visible.

La música que sostiene el alma de la procesión

Y si la noche tuvo un pulso tan hondo fue también por la música. Porque las procesiones de Cuenca no se entienden sin sus marchas. No como simple acompañamiento, sino como lenguaje esencial. La música no adorna: construye la emoción, la sostiene y la eleva. En este Martes Santo volvió a sentirse con toda su fuerza ese valor de las bandas y de los coros en los momentos precisos, en las llegadas, en las salidas, en los encuentros, en las curvas y en los silencios.

Foto: María Magdalena Cuenca / Néstor Robayna

Hubo compases que engrandecieron el paso de las imágenes y momentos en los que la música se convirtió casi en oración. Y junto a ella, el sonido de las horquillas, siempre tan nuestro, volvió a marcar el ritmo verdadero de la procesión. Ese golpear seco, medido y exacto que acompaña a los banceros forma parte inseparable de la experiencia nazarena de Cuenca. Es el sonido de la ciudad cuando lleva a sus imágenes.

La bajada, la Audiencia y el centro de Cuenca

Con el avance de la noche, la procesión fue derramándose por los tramos más reconocibles de su recorrido. La bajada volvió a dejar la belleza de siempre, esa que parece imposible de gastar por muchas veces que se contemple. Y las curvas de la Audiencia aparecieron, una vez más, como uno de los escenarios más impresionantes de toda la Semana Santa conquense.

Foto: Procesión en Calderón de la Barca / Néstor Robayna

Repletas de gente, las curvas ofrecieron esa imagen tan difícil de explicar a quien no la ha vivido: la ciudad vieja abriéndose al paso de las hermandades, la cera iluminando la piedra, la música doblando las esquinas, las imágenes descendiendo con solemnidad por ese trazado tan hermoso como exigente. Allí se juntan la técnica de los banceros, la belleza de la noche y la emoción del público en un equilibrio que convierte ese tramo en uno de los más queridos de toda la procesión.

También el centro de Cuenca recibió al desfile con esa mezcla de cercanía y respeto que hace tan especial el paso de una procesión por el corazón de la ciudad. Allí, junto al Monumento al Nazareno, la Banda de Cornetas y Tambores de la Junta de Cofradías dejó uno de los momentos más conmovedores de la noche al interpretar La muerte no es el final en homenaje a las víctimas de la DANA, un tributo que el pasado año no pudo llevarse a cabo por culpa del tiempo.

La música se convirtió entonces en memoria, en oración y en abrazo colectivo. Y la noche siguió avanzando entre emoción compartida, entre miradas al paso y entre esa sensación de estar viviendo algo que, más que repetirse cada año, se renueva cada vez de una forma distinta.

Frío en la calle, calor de hermandad

ue una noche fría. El viento, por momentos, endureció el recorrido y deslució parcialmente la estampa de algunos pasos, especialmente la de aquellos que procesionan solo con iluminación natural, cuyas velas sufrieron los envites del aire y dejaron por instantes una imagen más austera, más sombría, incluso más severa de lo habitual.

Foto: Nuestra Señora de la Esperanza a su paso por Carretería, sin la luz de las velas / Néstor Robayna

Y frente al frío, el calor nazareno. El de los hermanos que llevaban dos años esperando. El de los espectadores que llenaron plazas y calles. El de los banceros sosteniendo el peso y el pulso de la noche. El de las bandas, los nazarenos, los fieles, todos sabiendo que este año la procesión tenía un significado especial. No era solo una salida más. Era una recuperación. Una vuelta. Una conquista sentimental.

El Perdón volvió y con él volvió una parte de Cuenca

La Procesión del Perdón regresó este Martes Santo devolviendo a Cuenca una parte de sí misma. No fue solamente un desfile hermoso, ni una suma de escenas memorables, ni una noche de gran respuesta en la calle. Fue algo más hondo. Fue la comprobación de que ciertas procesiones no ocupan solo un lugar en el calendario, sino en la identidad misma de la ciudad.

Foto: Hermano encendiendo las velas del paso / Néstor Robayna

Volvió el silencio. Volvió la cera. Volvieron las marchas. Volvió la emoción de mirar a las imágenes en sus sitios de siempre. Volvió esa forma tan nuestra de vivir la fe desde la belleza, desde el respeto y desde una intimidad compartida que no necesita grandes gestos para resultar conmovedora.

Después de dos años de espera, Cuenca recuperó su Martes Santo más íntimo y esperado. Y al hacerlo, volvió a sentir que hay procesiones que no solo pasan por la calle: pasan también, muy despacio, por el corazón de toda una ciudad.

/Fotos: Néstor Robayna/

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
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