Había motivos para pensar que el cansancio haría mella. Veníamos de un Viernes Santo interminable, intensísimo, de esos que dejan a Cuenca suspendida entre la devoción y el agotamiento. Desde las 5:30 de la mañana, con Las Turbas, y después En El Calvario, la ciudad no había dejado de procesionar. Hora tras hora. Emoción tras emoción. Sin descanso. Y, sin embargo, cuando a las 21:00 horas se abrieron las puertas de la Catedral para la salida del Entierro, la Plaza Mayor seguía llena. Llena de gente. Llena de espera. Llena de ese fervor sereno que solo se entiende en Cuenca.

A pesar de llegar después de dos procesiones seguidas, de una jornada larguísima, de un día entero entregado a la Pasión, la presencia del público no disminuyó del todo. Al contrario: la salida volvió a reunir a muchísima gente en una Plaza Mayor abarrotada, como si nadie quisiera marcharse antes de asistir al último gran estremecimiento del Viernes Santo. Como si Cuenca supiera que el día no quedaba completo hasta acompañar al yacente y a su madre.
La ciudad, de negro, para acompañar el duelo
La Procesión del Entierro tiene algo que ninguna otra posee con la misma intensidad: el peso del luto. No solo se ve. Se siente. Se escucha en el silencio. Se adivina en la manera en que avanza la procesión, en la gravedad de los rostros, en la emoción contenida de un pueblo que ya no contempla la Pasión, sino que acompaña el entierro de Jesús.
Las mantillas de las mujeres volvieron a poner negro visible al sentimiento de la noche. Unas veinte mujeres de mantilla desfilaron como señal de duelo y de respeto, sumando a la procesión una estampa de hondísima raigambre, sobria, elegante y desgarradora. No eran un mero acompañamiento estético: eran la expresión viva del luto de la ciudad, el reflejo de una Cuenca que se vistió para acompañar a la Madre en la hora definitiva.

Ese negro de las mantillas, unido al recogimiento de la noche, dio a la procesión una profundidad especial. El Entierro no necesita ruido para conmover. Le basta con el silencio. Le basta con el paso lento.
Todas las hermandades, volcadas con el Entierro
Hay algo profundamente emocionante en la manera en que el resto de hermandades se vuelcan en esta procesión. Como si todas supieran que el final está cerca. Como si después de tantos días, después de tantos desfiles y tanta emoción acumulada, la Semana Santa de Cuenca entera quisiera comparecer junta para acompañar el entierro del Señor.

Las cabeceras de todas las hermandades que han desfilado a lo largo de estos días, con sus banderas, cetros y estandartes, imprimieron a la noche una solemnidad inmensa. No acompañaban solo unas imágenes: acompañaban un momento culminante: el cierre del Viernes Santo. El umbral de la madrugada. La última gran lección de duelo de esta Semana Santa.
También el Ilustre Cabildo de Caballeros se formó para acompañar el entierro de Jesús, mientras el Cristo Yacente avanzaba custodiado por los Caballeros del Santo Sepulcro, reforzando así esa atmósfera de reverencia total que rodea al paso central de esta noche.

Todo parecía decir lo mismo: que Cuenca entera se había conjurado para no dejar solo a Cristo en su entierro.
La Soledad, restaurada para volver a doler con toda su verdad
La Soledad de la Cruz volvió a mostrar su fuerza dolorosa y artística. Y conviene recordarlo: es el único paso de toda la Semana Santa de Cuenca realizado por una mujer, María Alonso López, singularidad que lo convierte en una obra todavía más valiosa y excepcional dentro del patrimonio nazareno conquense.

Además, la imagen llegaba este año tras una restauración completa llevada a cabo por Mar Brox, una intervención necesaria y respetuosa que ha devuelto todo su esplendor a la talla. Nunca se le había hecho una restauración completa. Las articulaciones dejaron de funcionar, así que hubo que modificarlas respetando siempre la talla original. También han limpiado carnaciones, reemplazado pestañas muy deterioradas y los ojos de vidrio estaban oscurecidos. Así, este Viernes Santo, ha lucido como merecía.
Había en su rostro una limpieza nueva, una verdad recobrada, una intensidad más nítida en la expresión del dolor. La restauración no le ha restado ni un ápice de emoción; al contrario, ha permitido reencontrarse con toda la delicadeza y toda la hondura de una imagen que anoche volvió a clavarse en la mirada de Cuenca.

Novedades que hablan el lenguaje del duelo
La Congregación de la Soledad de la Cruz presentó además varias novedades cargadas de simbolismo. La principal fue el estreno del guion de la Congregación, elaborado en tela de damasco negra y bordado en oro, diseñado por Adrián López y ejecutado por el taller Bordados La Esperanza, ambos oriundos de Cuenca. El guión iba atado al varal, como símbolo histórico de atar el estandarte ante la muerte del Rey, gesto de una expresividad perfecta para una noche como esta.

Como cambio en el desfile se incorporaron también dos cirios de respeto tras la cabecera: dos cirios negros apagados en recuerdo de los congregantes y caballeros fallecidos. Difícil imaginar una novedad más sobria y elocuente. En una procesión hecha de duelo, dos luces apagadas dicen más que cualquier palabra.
Y por primera vez el paso de la Soledad contó con un pequeño exorno floral a los pies. Nunca antes había desfilado con flores. Quizá por eso el detalle resultó todavía más delicado, más íntimo, más sentido: como si la ciudad hubiera querido depositar junto a la Virgen una caricia mínima en medio de tanto dolor.
La Cruz Desnuda, el desamparo hecho símbolo
La Cruz Desnuda volvió a sobrecoger por su radical sencillez. En su desnudez está toda la desolación del Viernes Santo. No necesita más. Su sola presencia, severa y silenciosa, basta para estremecer.

Este año presentaba como novedad el estreno del sudario, donado por la hermana mayor de este año, Pilar Barbero de la Fuente. La pieza ha sido confeccionada por las monjas Concepcionistas de la Puerta de Valencia, utilizando una tela procedente de herencia familiar de la propia hermana mayor. Hay en ello una hermosa continuidad, entre la memoria de una casa y la memoria de una hermandad.
La Cruz Desnuda posee además uno de los finales más simbólicos de esta noche. Mientras el resto de la emoción se concentra en El Salvador, ha seguido su camino hasta San Andrés, donde culmina, sobre las 00:30, el Entierro. Cierra sola. Como empezó todo: con el signo desnudo del sacrificio.
El Huécar no llevaba tanta gente, pero sí mucha verdad
Uno de los lugares más singulares del recorrido volvió a ser la calle de los Tintes. El paso de esta procesión por ese punto sigue siendo casi único y conserva una belleza que no necesita del gentío para imponerse. Esta vez no congregó tanto público como en otras ocasiones, pero precisamente esa menor presencia acentuó aún más el recogimiento de la escena.

Porque la imagen que dejó fue preciosa: el Entierro discurriendo por la ribera del Huécar, por esa calle estrecha, casi recogida sobre sí misma, entre piedra, noche y agua. Una estampa menos multitudinaria, sí, pero también más íntima. Más callada. Más de dentro.
Allí parecía que la procesión no avanzaba entre espectadores, sino entre silencios. Y el eco del Huécar, acompañando el discurrir de la Cruz Desnuda, del Yacente y de la Soledad, daba a la escena una profundidad especial. Como si el río entendiera lo que estaba pasando. Como si Cuenca callara y el Huécar llorase. Como si por su orilla no pasara solo una procesión, sino el peso entero del duelo.
El Yacente, belleza que no se detiene
El cuerpo Yacente de Jesús volvió a ser una de las visiones más sobrecogedoras de la noche. Su belleza serena, su imponente dignidad, esa paz conmovedora que desprende la talla, hacen de este paso uno de los más intensos del Entierro. No hay estridencia en él. Solo verdad. Solo la belleza terrible de Dios muerto.

Y en su entrada final en El Salvador se ha producido uno de los gestos más singulares y conmovedores de la procesión. El Cristo Yacente no se detiene antes de entrar en el templo. No hace pausa en el umbral. No espera. Desde la calle entra directamente en la iglesia, al compás de la música, en una escena que deja siempre sobrecogido al público por su limpieza, por su solemnidad y por su fuerza visual.
Ese avanzar sin detenerse parece decirlo todo. Como si el Señor, ya amortajado y entregado, fuera conducido con decisión hacia su descanso. Como si ya no hubiera lugar para otra cosa que no fuera el recogimiento final.
El Salvador, la emoción de la última espera
Otro de los momentos de mayor expectación se ha vivido en El Salvador. Hacia las 00:00 horas llegaba la cabecera de la procesión, donde aguardaba ya muchísimo público expectante. Allí se concentraba el final del Viernes Santo, y la ciudad lo sabe. Por eso aguarda.
Quince minutos después llegaba uno de esos instantes que se quedan prendidos para siempre en la memoria nazarena: la Cruz Desnuda quedaba como mirando mientras introducían al Yacente y a la Virgen. Al Cristo se le interpretaba el Himno de España; a la Soledad, la Marcha de Infantes; y el coro dedicaba su canto a cada paso. Todo sucedía con una solemnidad estremecedora, en ese equilibrio tan conquense entre ceremonia, sentimiento y belleza.

Las cabeceras de todas las hermandades hacían pasillo a las imágenes en señal de respeto, como si toda la Semana Santa quisiera rendir su último homenaje antes del silencio definitivo. Era un recorrido más corto, sí, diferente también, pero profundamente emblemático. Uno de esos itinerarios que, precisamente por su singularidad, por su sobriedad y por su final, quedan grabados de una forma especial.
El final de un día de largas emociones
Sobre las 00:30 culminaba el Entierro, cerrando la Cruz Desnuda en San Andrés. Y con ella se cerraba también el larguísimo Viernes Santo conquense. Un día entero de procesiones, de esfuerzo, de pasión, de fe desbordada, que encontró en esta noche negra y solemne su remate perfecto.

Cuenca no se vació. Cuenca no se rindió. Cuenca siguió ahí hasta el final, acompañando el duelo, llenando la salida, aguardando en El Salvador, abrazando con su silencio el discurrir de la procesión y dejando junto al Huécar una de las estampas más recogidas de esta Semana Santa.
El luto de las mantillas, las banderas y estandartes de todas las hermandades, la belleza restaurada de la Soledad, la imponente serenidad del Yacente, la desnudez radical de la Cruz, el rumor del río, la emoción del final.
Y cuando parecía que ya no quedaban fuerzas, Cuenca todavía tuvo alma para enterrar a Cristo.
/Fotos de Néstor Robayna/





































































































































































































































































