Cuenca abrazó las cruces del Viernes Santo en un Calvario de emoción, esplendor y belleza infinita

La procesión En El Calvario ha salido con más de media hora de retraso tras el encierro tardío de Camino del Calvario y ha dejado una tarde de emoción desbordada, calor, silencio, cruces y una multitud rendida a sus pasos

Con algo más de media hora de retraso, por el encierro tardío de Camino del Calvario, terminó de ponerse en la calle una de las procesiones más esperadas, más queridas y más hondas de la Semana Santa conquense.

Mucho antes de que los pasos comenzaran a ganar la calle, Cuenca ya estaba dentro del Calvario. La ciudad venía de una madrugada intensa, de una jornada sin descanso, de una Semana Santa vivida con la verdad de quien no interpreta una tradición, sino que la lleva en el pulso. Y bajo un cielo limpio, enteramente azul, sin una sola nube que se atreviera a romper la claridad del día, el Calvario ha ganado todavía más verdad.

Foto: Mirada de futuro nazareno / Kataixa Torres

La procesión de las cruces

Hay en Cuenca una fidelidad antigua, casi sagrada, a la hora de contar la Pasión. Por eso En El Calvario es la procesión de las cruces, la tarde en que la ciudad contempla los crucificados, justo cuando el Evangelio sitúa la muerte del Señor. Todo ha conducido hasta aquí. Todo ha empujado hasta este momento exacto del relato. Hasta esta hora en la que el dolor deja de anunciarse para consumarse.

Foto: Descendido / Kataixa Torres

Y por eso esta procesión tiene una gravedad distinta. No es solo su belleza, ni solo su antigüedad, ni solo la extraordinaria disposición de sus pasos. Es que en ella se palpa el corazón mismo del Viernes Santo. Las cruces, altas y severas, levantan la mirada del público y la obligan a ascender. Son columna, son guía, son herida vertical sobre el cielo de Cuenca. A su alrededor se ordena todo lo demás: el silencio, las túnicas, el esfuerzo de los banceros, la penitencia y la emoción.

A las 12.30 horas echaba a andar desde San Esteban la procesión con la salida de la Exaltación y el Descendimiento. Poco después fueron incorporándose el resto de pasos: el Cristo de Marfil, el Cristo de la Agonía, el Cristo de la Luz o de los Espejos y la Lanzada, desde la Puerta de Valencia. Ya avanzada la salida, a las 13.40 horas se ponía en la calle el Cirsto Descendido y, diez minutos más tarde, a las 13.50, lo hacía Nuestra Señora de las Angustia, terminando así de tomar cuerpo una procesión de profundísimo calado nazareno.

La Exaltación volvió a dejar una de esas estampas que sostienen por sí solas el peso sentimental de la tarde. No solo por el simbolismo añadido de este año, en el que la hermandad conmemora el 75 aniversario de la llegada a Cuenca del paso del Santísimo Cristo del Perdón, realizado por Luis Marco Pérez en 1951, sino también por la fuerza con la que esta escena sigue abriendo el Calvario desde San Esteban, en una salida siempre espectacular y muy esperada por los conquenses.

Foto: Banceros de la Exaltación / Kataixa Torres

Hay en la Exaltación una solemnidad muy propia, una forma de mostrarse que mezcla empaque, historia y hondura, como si cada Viernes Santo volviera a recordarle a Cuenca que el perdón también se alza sobre el madero con la misma majestad con la que su paso se abre camino entre la emoción de la ciudad.

Nazarenos entre basura, enfado y decepción

La subida hacia la Plaza Mayor ha dejado, sin embargo, una imagen amarga, impropia de una jornada así y de una ciudad que presume con razón de su Semana Santa. Hermandades, nazarenos y especialmente los penitentes tuvieron que lidiar con calles que no habían sido limpiadas, sorteando a su paso suciedad y restos de basura en pleno recorrido procesional.

Foto: Operarios limpiando tras la subida a la Plaza Mayor de la Procesión En El Calvario / Kataixa Torres

El enfado fue evidente. También la decepción. Muchos nazarenos no recordaban una situación semejante en ningún otro año. Y no era para menos. Porque no se trataba solo de la mala imagen ofrecida a quienes llenaban las calles llegados de dentro y fuera de Cuenca, sino del peligro añadido para tantos penitentes que realizan la estación descalzos, exponiendo sus pies al estado de la calzada en una de las subidas más delicadas del recorrido.

En una tarde de tanta verdad y de tanta entrega, esa falta de cuidado dolió especialmente. Dolió por lo que supone para las hermandades, para quienes hacen penitencia y para la propia imagen de una ciudad que hoy se sabe mirada por miles de personas.

La Plaza Mayor, lágrimas bajo los Arcos

A las 15.30 horas llegaba la Virgen de las Angustias a la Plaza Mayor, y allí la emoción terminó de desbordarse. Bajo los Arcos, donde la procesión adquiere una solemnidad irrepetible, a la Virgen le tocaron la Marcha de Infantes, después La muerte no es el final y Sacramento para entrar en el Palacio Episcopal. Fue uno de esos momentos en que la música deja de ser acompañamiento para convertirse en un temblor compartido.

Foto: Virgen de las Angustias / Kataixa Torres

Había muchas personas llorando. Llorando sin esconderse, como se llora cuando la emoción vence al pudor y la fe se hace agua en los ojos. Porque hay imágenes que no se contemplan solo con la vista. Se contemplan con todo lo vivido, con todo lo heredado, con todo lo que uno lleva dentro. Y la de las Angustias fue una de ellas. Se notaba en la gente, en el silencio entre marcha y marcha, en ese modo tan nuestro de quedarse quietos cuando el corazón ya no sabe muy bien si está rezando o recordando.

Foto: Emoción nazarena / Kataixa Torres

El Cristo de los Espejos, donde hasta la luz parece arrodillarse

Si hay un instante en que Cuenca aprende a callar del todo, es al paso del Cristo de la Luz, el venerado Cristo de los Espejos. Entonces sucede algo que solo puede explicarse desde la fe o desde la emoción más limpia: el mundo parece quedarse quieto. El silencio se hace tan absoluto que llega a oírse el menor roce. No es un silencio impuesto. Es un silencio que nace solo. Un silencio que Cuenca ofrece como oración.

Foto: Cristo de los Espejos / Kataixa Torres

Y este año, bajo la plenitud de un sol inmenso, el Cristo de los Espejos resplandeció más que nunca. La claridad de la tarde se quebraba en su figura y regresaba convertida en otra cosa: en fulgor grave, en reflejo de muerte vencida por la belleza, en una quietud tan honda que dolía mirarla. Porque en esa imagen no hay agonía: hay ya consumación.

Se siente que Cristo está muerto. Se sabe en el peso del cuerpo, en la serenidad definitiva del rostro, en esa verdad estremecedora que convierte el paso en una catequesis sin palabras. Hasta el viento, detenido por completo durante toda la jornada, parecía haberse quedado sin respiración ante su presencia.

El descender de En El Calvario

Entre todos los pasos, también volvió a conmover de manera especial El Descendimiento, uno de los más bellos de toda la Semana Santa conquense, una composición de una fuerza estética y espiritual extraordinaria.

El calor caía a plomo, con especial crudeza en las míticas curvas de la Audiencia, donde la procesión asomaba en torno a las 17.20 horas entre un público completamente entregado. En los nazarenos se adivinaba el peso de la tarde, y todavía más en hermandades como la del Descendimiento, cuyas túnicas y capuces negros absorbían sin tregua todo el fuego del sol. El esfuerzo se iba escribiendo en los rostros, en el compás más corto de los pasos, en esa forma de sostener la marcha sin quebrar ni un instante el recogimiento.

Foto: Cristo de la Agonía / Kataixa Torres

Y aun así, ahí seguían los pasos, majestuosos, hermosos, con ese peso notorio en muchos de ellos que se hacían todavía más visible cuando el cuerpo eempezaba a rendirse. Se comentaba durante el recorrido que uno de los banceros de El Descendimiento había sufrido daño en un hombro y había tenido que retirarse, prueba silenciosa del sacrificio con que se levanta y se lleva a hombros una escena así.

También ha llamado la atención la presencia de muchísimos niños acompañando al Descendimiento, una imagen preciosa y esperanzadora. Porque la Semana Santa de Cuenca no solo conserva: también siembra. Y ver a tantos pequeños creciendo al pie de un paso.

Foto: Participación infantil en la procesión / Kataixa Torres

Cuenca enamora incluso a quien llega de lejos

Entre el público se mezclaban los de siempre y los que venían por primera vez. Y ahí volvió a ocurrir una de las cosas más hermosas que tiene la Semana Santa de Cuenca: enamora. Turistas llegadas desde La Rioja, que habían venido porque alguien se la recomendó, comentaban con asombro que esto era “una pasada”, que no esperaban ni de lejos una Semana Santa así, que estaban absolutamente cautivadas por lo que estaban viendo.

Foto: Turistas de La Rioja / Kataixa Torres

Eso tiene Cuenca. Que no necesita estridencias para quedarse dentro. Que conquista desde la verdad, desde el silencio, desde el modo en que sus pasos se abren camino entre calles imposibles y emociones antiguas. Quien viene por primera vez suele marcharse cautivado y quien ya la conoce, vuelve a hacerlo como si fuera la primera vez.

Las Angustias, madre de Cuenca

Si hay una imagen capaz de reunir a un pueblo entero detrás de su dolor, esa es Nuestra Señora de las Angustias. Su descenso estuvo acompañado por La Quinta Angustia, y tras ella avanzaba una auténtica marea de devoción: muchísimos hermanos en fila doble, muchísimos niños, muchísimos penitentes. La participación fue llamativa a lo largo de toda la procesión, pero especialmente en torno a una Virgen que en Cuenca no necesita presentación. Basta nombrarla para que se entienda todo.

Porque las Angustias significa mucho más que una advocación. Es desconsuelo, es casa, es fe heredada. Es esa Madre que los conquenses reconocen como propia, a la que se vuelve una y otra vez para pedir, agradecer, llorar o simplemente estar.

La cantidad de hermanos, de nazarenos y de penitentes que la acompañaron volvió a dar buena cuenta de lo que representa en la ciudad: una devoción profunda, transversal, popular y a la vez íntima. Una de esas devociones que no se explican, porque se llevan en la sangre.

Procesión de las cruces

Tampoco ha faltado en la tarde el pulso propio del resto de pasos que componen este Calvario conquense, cada uno con su acento y su forma de decir la Pasión. El delicado Cristo de Marfil, siempre capaz de detener miradas por la finura de su hechura; el Cristo de la Agonía, atravesando la tarde con esa hondura dramática que anuncia el último aliento; La Lanzada, que volvió a dejar la elegancia de su conjunto y el mimo puesto este año en el nuevo tocado de su Virgen; y el Cristo Descendido, con esa presencia serena y dolorosa que prepara el ánimo para el duelo final de la jornada.

Foto: Descendimiento / Kataixa Torres

Todos ellos han ido cosiendo, paso a paso, una procesión de enorme riqueza plástica y espiritual, donde no hay escenas secundarias, porque cada imagen aporta un matiz imprescindible al gran retablo de fe que Cuenca levanta cada Viernes Santo en la calle.

Foto: Cristo de Marfil / Kataixa Torres

San Esteban se volcó con la Exaltación en sus 75 años

La Exaltación llegaba a las 19.00 horas a San Esteban, y allí vivió uno de los momentos más cálidos y emocionantes de la tarde. Con motivo de sus 75 años de historia, la Banda de la Junta de Cofradías le dedicó una despedida muy especial, interpretando Caridad del Guadalquivir mientras los banceros mecían el paso con un cariño visible, de esos que convierten una maniobra en una caricia.

Foto: La Banda de la Junta de Cofradías rinde homenaje a la Exaltación en su 75 aniversario

Fue un homenaje de los que se sienten de verdad. Sin estridencias, pero con toda la emoción de un aniversario grande, de una hermandad que cumple tres cuartos de siglo formando parte del latido nazareno de Cuenca. En el mecer del paso, en la música, en la forma de detenerse el tiempo en ese rincón, hubo algo más que protocolo: hubo gratitud en forma de banderín por parte de la hermandad a la banda en conmemoración de este aniversario, memoria y amor nazareno.

La Puerta de Valencia, abarrotada para abrazar a la Madre

Ya a las 20.30 horas llegaba el Descendido a la Puerta de Valencia, esperando a las Angustias, esperando el dolor de una madre que se encuentra con el cuerpo sin vida de su hijo y lo sostiene entre sus brazos. Allí la emoción volvió a hacer acto de presencia en una de las escenas más intensas de toda la jornada. La Puerta de Valencia estaba sumamente abarrotada, como lo estuvieron casi todos los puntos de la procesión. Ni la madrugada con las Turbas, ni el cansancio, ni el calor han impedido que Cuenca haya vuleto a echarse a la calle para vivir otro de sus momentos grandes.

Porque hoy Cuenca no duerme. Hoy Cuenca sigue latiendo a golpe de tambor lejano, de cera derretida, de música y de lágrimas que no terminan de secarse. Hoy la ciudad sabe que está viviendo una de esas jornadas que la definen.

El canto final, una ciudad entera sostenida por la esperanza

Y cuando la Virgen llegó, el final volvió a ser de esos que no se olvidan. El coro de la Catedral y las voces delicadas, tiernas, profundamente emocionantes de las monjas concepcionistas abrazaron a la Madre de Cuenca con el himno “Virgen de las Angustias, Madre querida”, esa sentida composición dedicada a la patrona de la Cofradía de las Angustias y escrita por el reverendo padre José Antonio Fernández Moreno, director de la Capilla de Música de la Catedral de Cuenca.

Foto: Descendido / Kataixa Torres

Después llegaron La Muerte no es el final y el Himno Nacional y, de nuevo, una forma luminosa de cerrar el capítulo de En El Calvario. Y quizá no había mejor manera de hacerlo. Porque si algo deja esta procesión, más allá del cansancio, del calor, de las cruces, del silencio y de las lágrimas, es precisamente eso: esperanza. La misma que reza esa última marcha. La misma que sostiene a Cuenca cada Viernes Santo. La misma que convierte el dolor en oración y la muerte en promesa.

En El Calvario no se acaba cuando se cierran las puertas ni cuando el último paso se pierde en la penumbra del templo. Se queda en los ojos de quien lo ha contemplado y en el corazón cansado, pero lleno de una ciudad entera. Termina cuando uno comprende que no ha asistido solo a una procesión, sino a un acto de fe pura; que ha visto belleza, sí, pero también verdad; que ha visto dolor, sí, pero también consuelo. Y que ha vuelto a ver a Cuenca, una vez más, rendida ante sus cruces y abrazada a la certeza íntima de que, incluso en la muerte, siempre queda esperanza.

/Fotos: Kataixa Torres/

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
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