Cuenca ha despertado temprano este viernes para ser testigo del Amanecer Santo, una procesión que combina historia, arte y emoción. Desde la salida de Jesús del Salvador hasta el Miserere, la ciudad se ha llenado de sonidos, luces y sentimientos que han hecho vibrar a todos los presentes, incluyendo a quienes han sentido la Semana Santa a través de otros sentidos.
La salida y los primeros encuentros
Momentos de la procesión Camino del Calvario. La procesión del Amanecer Santo ha dejado en la memoria de la Semana Santa conquense una estampa imborrable: la salida de Jesús del Salvador ha sido sobrecogedora. Su primer encuentro con las Turbas de Cuenca, alzando clarines y retumbando tambores, ha estremecido las calles. El primer baile del San Juan Evangelista, en San Vicente y Alonso de Ojeda, ha desplegado la Palma al Viento al son vibrante de San Juan.

Descenso al llano de la Puerta Valencia
La procesión ha descendido al llano de la Puerta Valencia, junto al río Huécar, frontera donde lo viejo y lo nuevo se han mirado y se han confundido. Allí, entre el murmullo del agua y el eco de los pasos, cada instante se ha hecho suspendido, y la ciudad se ha convertido en un escenario donde tradición y amanecer se han entrelazado.
El Encuentro y la Virgen
Y ha llegado el Encuentro, ya en la calle: el paso ha avanzado con solemnidad, detenido por un instante en el tiempo. Luego ha aparecido la Virgen, como siempre bella, emergiendo entre sombras y los primeros rayos de madrugada. Su presencia ha suspendido la realidad; su mirada ha atravesado silencios y ha roto corazones con delicada fuerza. La ciudad, envuelta en ese halo de devoción y luz temprana, se ha detenido a contemplarla, cómplice de un milagro que se ha repetido año tras año.

La procesión y los sentidos compartidos
La procesión ha avanzado por Carretería, acompañada por una veintena de asociados de la ONCE. A pesar de las dificultades que la vida les ha impuesto, han caminado con paso firme, decididos a sentir la Semana Santa a través de otros sentidos. Sus manos han seguido el ritmo de los palillos y clarines, captando cada vibración, cada eco, cada matiz que ha llenado el aire de la madrugada. Ellos no han necesitado ver para vivir la emoción del Camino del Calvario; la procesión se ha hecho palpable en su piel, en su respiración, en el latido compartido de la ciudad que los ha rodeado. Allí, en el corazón de Cuenca, la devoción se ha convertido en un lenguaje universal, capaz de atravesar cualquier barrera.
Subida a la plaza y la Curva de los Clarines
La subida a la plaza ha sido un espectáculo para los sentidos. En la Curva de los Clarines, los sonidos han estallado en el aire, rompiendo la calma del amanecido Cuenca y llenando la ciudad de un estremecimiento vibrante. La procesión ha ascendido con elegancia, carrera arriba, trazando el zigzag de las curvas de la Audiencia y del Escardillo, como un río humano que ha serpenteado entre piedra y sombra. Cada nota, cada golpe de tambor, se ha colado por la Puerta de San Juan, viajando hasta el río Júcar, que ha recogido y devuelto el eco de la devoción, amplificando la emoción que ha recorrido las calles.

Momento Cumbre: Entrada a la Plaza Mayor
La procesión ha llegado finalmente a la Plaza Mayor, y la ciudad ha contenido la respiración. Los pasos han cruzado los Arcos del Ayuntamiento, y cada imagen ha avanzado entre un mar de expectación. La plaza se ha convertido en un escenario vivo: ha habido clarinas y toques de tambores acompañando a las imágenes, con la solemnidad que caracteriza a la Semana Santa conquense, excepto en el Encuentro y la Virgen de la Soledad de San Agustín, donde los instrumentos han guardado respetuoso silencio, permitiendo que la emoción y el recogimiento llenen el aire. El murmullo de la multitud se ha fundido con la solemnidad del instante, subrayando la grandeza de un momento único.
Ha sido allí donde Cuenca ha mostrado por qué su Semana Santa ha sido declarada de Interés Turístico Internacional: no solo por la belleza artística de sus imágenes o la precisión de sus procesiones, sino por la emoción colectiva, la devoción compartida y la capacidad de la ciudad para detener el tiempo, uniendo siglos de historia en un solo instante de luz, silencio y fe. La plaza, colmada de espectadores, ha vibrado con cada paso, con cada mirada, con cada gesto, recordando que la Semana Santa en Cuenca es mucho más que tradición: es experiencia viva, palpable y universal.
La Soledad y el Miserere
La luz de la mañana ha dejado ver el largo manto negro de la Soledad, sus manos cruzadas sobre el pecho y el corazón atravesado por una espada, mientras su rostro ha reflejado asombro y un dolor profundo, que ha parecido atravesar el tiempo. La elegante serenidad del apóstol que la ha acompañado ha contrastado con la intensidad de su pena, y juntos han avanzado por la calle como un suspiro suspendido entre sombras y luz, evocando la solemnidad y la eternidad de cada instante de la procesión.

Pero ha sido en el Miserere donde la mirada se ha detenido y se ha concentrado: la palidez de la agonía de Jesús del Salvador se ha hecho casi tangible, y cada gesto ha revelado el peso de la redención. Sus manos, aferradas con fuerza a la Cruz, han sostenido el destino de los hombres, mientras el silencio de la madrugada ha acentuado cada línea de sufrimiento y devoción. Una vez más, el Amanecer Santo de Cuenca se ha convertido en un museo sacro viviente, donde las obras de Marco Pérez, Coullaut Valera y Vicente Marín han cobrado vida entre luces y sombras, entre miradas y latidos contenidamente compartidos.
En los Oblatos, las Turbas se han emudecido disciplinadamente al oír el Miserere de Padras en su comienzo. El coro del conservatorio ha lanzado, con dulces voces, el único sonido de consuelo para el Nazareno de Jesús del Salvador, cuando todo lo que le ha rodeado ha sido un estallido abrupto y hiriente. Cada nota ha flotado en el mediodía de Muerte en Cuenca, suspendiendo la ciudad en un instante de asombro y recogimiento, mientras la devoción contenida se ha hecho palpable en el silencio reverente de quienes han contemplado la escena.
El último acto y el gran amanecer
Cuando la mañana ya ha crecido y todo se ha consumado, se ha acometido el último acto de la representación del Camino del Calvario, histórico para la ciudad. Han surgido momentos encontrados, con sonidos forzados, mientras todo se ha visto envuelto en un gran amanecer. La ciudad ha respirado junto a la procesión, y cada instante ha reflejado la solemnidad y el peso de una tradición que ha atravesado los siglos.
La despedida al Señor
Y el mejor momento ha sido decirle al Señor: «Hasta el año que viene, Señor, si Tú quieres«. Esa despedida se ha quedado suspendida en el aire, entre el eco de clarines y tambores, entre la luz dorada del amanecer y el murmullo de la ciudad, un instante de intimidad compartida donde la devoción se ha renovado, prometiendo regresar un año más a caminar junto a Él por el Camino del Calvario.
/Fotos de Néstor Robayna/

– PP

























































