Cuenca es conocida por su patrimonio histórico, sus paisajes de impresionante belleza y sus pueblos que parecen detenidos en el tiempo. Sin embargo, pocos saben que en esta provincia existe un lugar que combina historia, arquitectura y misterio. Una villa medieval que perteneció al patrimonio de la Duquesa de Alba.
«Llegaron a vivir en él 1.200 habitantes y contaba con siete iglesias, dos conventos, hospitales, un castillo con torre del homenaje y un sistema de murallas», cuenta la revista National Geographic, que ha dedicado un amplio reportaje a Moya, una joya de Castilla-La Mancha.
Parece una isla desierta
Desde la carretera, parece «como si estuviéramos avistando una isla desierta, aunque en lugar de mar lo que la rodea es un vacío extraordinario, campos de secano y una geografía que parece haber olvidado que aquí sucedieron cosas importantes», señala la publicación.
La villa se asienta sobre una muela de roca caliza de 140.000 metros cuadrados, donde llegó a concentrarse toda una ciudad medieval con su complejo sistema de murallas, iglesias, conventos, castillo y ayuntamiento. El ascenso a la villa comienza en El Arrabal, el caserío a los pies de la muela que funciona como campamento base. «Aparcar el coche aquí y subir a pie es la mejor decisión», recomienda National Geographic.

La primera puerta que se atraviesa, La Puerta de la Vila, era el arco de control de entrada y cobro de impuestos. Las murallas impresionan por su magnitud -doble en muchos tramos, con ocho puertas que funcionaban como aduanas previas- y elementos defensivos como La Coracha y el Torreón de San Roque, con su bóveda de cañón intacta, que muestran que Moya estaba preparada para resistir en la frontera de Castilla, Aragón y Valencia.
La ‘llave de reinos’
National Geographic recuerda que Moya no era «un pueblo de pastores, era la ‘llave de reinos’, un puerto seco donde se cobraba peaje a las mercancías que cruzaban territorios», pero esta misma potencia también contribuyó a su despoblación, y en tiempos modernos quedó en tierra de nadie.
En el corazón de la villa, la Plaza Mayor permite contemplar las ruinas de las iglesias. Solo Santa María la Mayor conserva parte de su estructura y vuelve a celebrar culto de forma puntual, mientras que las otras seis «son apenas fantasmas de lo que fueron: ábsides sin altares, naves sin suelos, ventanas que son agujeros abiertos al cielo».

Patrimonio de la Casa de Alba
El castillo, con su torre del homenaje, domina un horizonte que permite ver tres provincias, campos cultivados y pueblos minúsculos. Moya fue centro del Marquesado de Moya, concedido por los Reyes Católicos a Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla, amiga de Isabel la Católica, y posteriormente integrado en el patrimonio de la Casa de Alba. La Duquesa de Alba se paseó por estas ruinas hasta en dos ocasiones, en 1969 y 1987, según la revista.
La despoblación acabó siendo su peor enemigo. Los últimos habitantes abandonaron el cerro a mediados de los años 50 del siglo XX. Hoy apenas 200 personas viven en El Arrabal, mientras que Moya permanece protegida como Conjunto Histórico.
Cada siete años, sin embargo, revive con el Septenario, la festividad más importante de la Serranía conquense. Surante unos días, centenares de personas llenan las calles vacías con danzas tradicionales, procesiones y liturgia, convirtiendo las ruinas nuevamente en un escenario vivo. La próxima edición será en 2032.
Moya sigue siendo, como concluye National Geographic, «un sitio histórico, un lugar que aspiró a ser ciudad y lo consiguió, y que ahora funciona como un mirador nostálgico de su propia grandeza».