Este domingo, 22 de marzo, las calles del barrio de Fuente del Oro se convirtieron en escenario de color, fe y alegría con la tradicional procesión infantil de la parroquia de San Julián. Numerosos vecinos se acercaron a contemplar el pequeño cortejo, que llenó de fantasía nazarena cada rincón del recorrido en un día primaveral, con un sol que calentaba y acompañaba la jornada.
Un desfile lleno de ilusión
El cortejo infantil, encabezado por la cruz parroquial, reunió a decenas de niños y niñas de la catequesis, que desfilaron con túnicas, recreando los distintos «pasetes»: Jesús de Medinaceli, Nuestro Padre Jesús Nazareno de El Salvador, Cristo de la Agonía, El Descendimiento, La Cruz Desnuda, Nuestra Señora de la Amargura con San Juan Apóstol y, cerrando el cortejo, Jesús Resucitado.Las calles de San Cosme, San Damián y el Paseo del Pinar se llenaron de espectadores que no quisieron perderse el emotivo espectáculo. Padres, familiares y vecinos ocuparon las aceras, aplaudiendo y disfrutando del pequeño pero entrañable desfile.

Música y tradición
Durante el recorrido, no faltó el canto del Miserere, del Stabat Mater y del Aleluya ante las imágenes, interpretado por el coro parroquial. Además, por primera vez, la Banda Infantil del Conservatorio Profesional de Música de Cuenca «Pedro Aranaz» se sumó al cortejo, aportando un matiz especial y festivo al ambiente de la procesión. Tampoco faltó el característico sonido de las Turbas de Cuenca, con un grupo de niños «turbos» que animó el desfile con su ritmo y energía.

Cerrando el cortejo infantil, la Asociación Musical «Suspiros Conquenses» puso el broche final, interpretando marchas procesionales tan reconocidas como Concha, El Evangelista y Jerusalén, que resonaron entre las calles del barrio y emocionaron a grandes y pequeños.
Una jornada para recordar
Previo a la procesión, se celebró la misa de catequesis en la iglesia de San Julián, desde donde partió el cortejo. La combinación de música, tradición, alegría infantil y participación del público convirtió la mañana en una cita entrañable para todo el barrio. Al caer la procesión, las calles recuperaron su calma, pero el eco de los tambores, los cánticos y las risas infantiles permaneció en la memoria de todos los que asistieron, recordando que la fe también puede ser un juego de alegría, fantasía y sol primaveral.