Hay triunfos que se explican en un instante, en un nombre anunciado o en un aplauso final. Y otros que solo se entienden si se mira todo lo que hay detrás: años de esfuerzo silencioso, intentos fallidos y la determinación de volver a intentarlo cuando parecía que ya no quedaban fuerzas.
Ese es el caso de Diego Ortega Guijarro, natural de Santa María de los Llanos, en plena Mancha conquense, Ortega se ha proclamado mejor sumiller de Castilla-La Mancha en el XI Concurso Mejor Sumiller de Castilla-La Mancha celebrado en Manzanares. Un logro que llega después de años de trabajo, constancia… y también dudas.
“Este año estuve sopesando hasta última hora si presentarme o no”, reconoce. No era una frase hecha: detrás hay cinco intentos anteriores, varios segundos puestos y la sensación, cada vez más presente, de quedarse siempre a las puertas. Pero esta vez decidió volver a intentarlo. Y esta vez fue la vencida.
Una historia que empieza entre viñas
El vino, en realidad, siempre ha estado ahí. No como una vocación temprana, pero sí como un paisaje cotidiano.
“Mi padre siempre ha tenido viñas, y también bares. Al final, el mundo del vino y la hostelería ha estado muy cerca desde pequeño”, explica. Como tantos otros en la comarca, creció entre vendimias y mesas, en un entorno donde el vino forma parte de la vida más que de un discurso técnico.
Sin embargo, hubo un momento que cambió su relación con este mundo. Un punto de inflexión claro.
“Recuerdo un momento que probé una vez un vino que me cambió totalmente el chip y a partir de ahí tenía claro que me quería dedicar de una manera u otra al mundo del vino. Hasta entonces todos eran uno más”.
Era un vino de Almansa. No uno cualquiera, sino uno que, en el contexto adecuado —la compañía, el momento— despertó una curiosidad que ya no se apagaría.
Desde entonces, todo giró en torno a ese descubrimiento. Formación, viajes, catas, experiencias. “Cuando te pica este mundo, ya no hay quien lo pare”, resume.
Formación, constancia… y miles de horas
A partir de ese momento, Ortega comenzó un proceso de aprendizaje constante. Se formó en la Escuela Española de Cata de Madrid, donde entró en contacto con vinos de todo el mundo y con una base técnica sólida en sumillería.
Pero el aprendizaje no se quedó ahí. “Son cientos de horas… o miles, si sumas todos estos años”, reconoce. Horas de estudio, de cata, de entrenamiento sensorial. Incluso llegó a grabarse temario para escucharlo mientras viajaba o hacía deporte.
“Me escuchaba a mí mismo una y otra vez. Acabas un poco cansado, pero al final todo suma”, explica.
Ese trabajo constante se fue reflejando también en los concursos. Año tras año, mejoraba resultados, afinaba errores y se acercaba cada vez más al primer puesto.
Cinco intentos… y una decisión clave
El camino, sin embargo, no fue lineal. Quedarse cerca tantas veces pasa factura.
“Este año dudé mucho si presentarme. Verlo tan cerca y no conseguirlo desgasta”, admite. La decisión no fue sencilla, pero finalmente optó por intentarlo una vez más.
Y no fue solo insistir porque también hubo cambios de cara a esta prueba. Una de las claves estuvo en reforzar su punto débil que era el servicio en sala. Aunque actualmente trabaja vinculado al mundo del vino —en la Denominación de Origen Protegida Cebreros, en Ávila—, no ejerce como sumiller en restaurante, lo que le situaba en desventaja frente a otros competidores.
Para solucionarlo, pasó varias semanas formándose en un restaurante junto a un sumiller profesional en Quintanar de la Orden en la provincia de Toledo.
“Ahí pude trabajar con clientes, practicar el servicio real y creo que eso marcó la diferencia entre volver a quedar segundo o ganar”.
Un concurso al límite
El concurso regional no deja margen al error. Combina una fase teórica —con preguntas sobre variedades, regiones vinícolas o suelos de cualquier parte del mundo— con pruebas prácticas de alto nivel.
Desde catas a ciegas hasta servicio de vinos, maridajes o detección de errores en cartas. Incluso pruebas como identificar un vino en una copa negra, sin poder ver su color.
“Para mí, la parte más difícil es la final”, reconoce. “Al no trabajar en un restaurante, servir al jurado me pone nervioso y me tiembla la mano». Sin embargo, la cata a ciegas asegura ser uno de sus fuertes por su amplia experiencia probando diferentes caldos así como también la parte teórica de identificar la procedencia de los vinos.
Un triunfo compartido
Cuando finalmente escuchó su nombre como ganador, la sensación fue clara: alivio, alegría… y también recompensa. “Es una alegría tremenda. Cuando las cosas cuestan mucho trabajo, al final se valoran más”, explica.
Pero no fue una victoria solo suya. En su pueblo, Santa María de los Llanos, el logro se vivió casi como colectivo.
“Durante años era ‘otra vez segundo’. Ayer estuve por el pueblo y todo el mundo te para, te felicita y la verdad que yo creo que a todo a todo el mundo cercano le ha dado mucha alegría”.
El salto al campeonato nacional
El siguiente paso será el Campeonato Nacional de Sumilleres organizado por la Unión Española de Sumilleres (UES), que se celebrará en abril en Madrid. Un escenario que Ortega ya conoce bien: lleva cinco años participando y en los últimos tres ha logrado situarse entre los diez mejores.
Su objetivo es claro, pero realista. “Meterme en la final sería lo máximo. El nivel es altísimo, con gente de los mejores restaurantes de España”.
Orgullo de origen y reivindicación del vino manchego
Trabajar fuera de su tierra ha reforzado aún más ese sentimiento de pertenencia. “Cuando estás fuera, las raíces se sienten más”, afirma. Y lo traslada también a su visión del sector: el vino castellano-manchego, insiste, está a un nivel muy alto.
“Tenemos cooperativas punteras, bodegas históricas y proyectos pequeños muy interesantes en cada pueblo. No tenemos nada que envidiar a otras regiones”.
Especialmente, pone en valor esas pequeñas bodegas que apuestan por variedades locales y viñedos tradicionales. “Muchas veces no valoramos lo que tenemos cerca. Y es importante apoyarlo”.
El vino como aprendizaje continuo
Más allá de la competición, Ortega mantiene una visión abierta y pedagógica del vino.
Para quienes quieren iniciarse, no hay fórmulas mágicas: “Se aprende probando. Cuanto más variado, mejor. Hay que salir de la zona de confort”.
También desmonta uno de los tópicos más extendidos: “El vino caro no siempre es mejor. A partir de ciertos precios puedes encontrar vinos increíbles sin necesidad de gastar mucho más”.
Sin presión, pero con ambición
De cara al nacional, Ortega afronta el reto con serenidad. Competirá incluso en inglés —lo que otorga puntos extra—, pero sin perder de vista lo importante.
“Yo ya soy feliz con haber ganado en Castilla-La Mancha. Ya lo que venga en el nacional bien y sin ninguna presión y ya disfrutarlo”.
Porque si algo ha demostrado en este camino es que, a veces, lo más difícil no es ganar.