Hay heridas que no sangran, pero permanecen. En el techo del hemiciclo del Congreso de los Diputados, entre dorados, relieves y símbolos territoriales, uno de los disparos del 23-F fue a incrustarse de lleno en el escudo de Cuenca. No cayó sobre una pared cualquiera ni se perdió en la yesería anónima: quedó fijado en un emblema heráldico, como si la Historia, en su ironía feroz, hubiera querido dejar una marca exacta sobre uno de los signos que representan la pluralidad del país.
La escena remite inevitablemente al 23 de febrero de 1981, cuando la democracia española vivió una de sus tardes más sombrías. A las 18.23 horas, mientras se celebraba la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso al frente de alrededor de 200 guardias civiles armados. El asalto interrumpió la sesión parlamentaria y mantuvo secuestrados en el Palacio de las Cortes a diputados y miembros del Gobierno en uno de los episodios más graves de la España constitucional.

De aquel estruendo quedó una memoria visible: los tiros. Durante décadas se habló de los impactos como si fueran un puñado de cicatrices dispersas, pero los recuentos oficiales han ido afinando la cifra. El primer informe, elaborado en 1981, contabilizó 37 marcas; años después, nuevas inspecciones y varias reformas alteraron el mapa de esos agujeros. El informe técnico de 2013 localizó ocho impactos que no habían sido identificados hasta entonces, aunque también constató la desaparición de diez huellas por obras posteriores. El balance que dejó ese estudio elevó a 45 los impactos de bala localizados históricamente y señaló que en el hemiciclo se conservaban entonces 35 marcas visibles.
No todos esos disparos están a la vista del visitante apresurado. Algunos quedaron en plafones del techo, otros en la bóveda y otros sobre cornisas y zonas altas cuya localización resultó más compleja. Precisamente esa altura, ese lugar donde la arquitectura suele aspirar a la solemnidad y al orden, fue también alcanzada por la violencia. Allí arriba, donde el Congreso quiso representar a España con alegorías, molduras y escudos, subió la metralla del golpe. Y allí, en medio de ese silencio decorativo, uno de los proyectiles encontró el escudo de Cuenca.

La imagen tiene una potencia casi novelesca: la bala contra la heráldica, el plomo contra el símbolo, la furia de una tarde de cuartelazo estampada sobre una pieza que pretende durar siglos. El escudo de Cuenca, pintado en la bóveda como parte del lenguaje monumental de la Cámara, no estaba destinado a ser protagonista de la crónica nacional. Sin embargo, el 23-F lo convirtió en archivo involuntario. Desde entonces ya no es solo ornamento: es también testigo.
El Congreso ha preservado durante años esos impactos como una forma de memoria material. De hecho, cuando en 2013 se detectó que varias marcas habían desaparecido tras unas obras y que cinco de ellas habían sido sustituidas por una rejilla de ventilación en la tribuna de prensa, la Cámara reclamó explicaciones y reiteró que aquellas señales debían conservarse. El criterio no era estético, sino histórico: dejar a la vista la cicatriz para que nadie olvide de qué fue capaz la violencia cuando apuntó al corazón de la soberanía popular.

Hay en eso una lección sobria. El 23-F no solo fue una intentona golpista sofocada; fue también una demostración física de la fragilidad de las instituciones. Los disparos que aún se ven, 35, según el último recuento oficial difundido a partir del informe de 2013, no son restos de museo en sentido estricto. Son la caligrafía brutal de una jornada en la que la democracia española estuvo encañonada. Y entre todos ellos, ese tiro sobre el escudo de Cuenca añade un detalle casi literario: una provincia entera, convertida por azar en diana simbólica de una bala destinada a intimidar a un país completo.
Porque a veces la Historia no escribe: perfora. Y en la bóveda del Congreso, allí donde la vista suele levantarse buscando belleza o ceremonia, sigue latiendo esa verdad incómoda. En el escudo de Cuenca, un disparo del 23-F recuerda que la democracia también se sostiene sobre sus cicatrices.
