En la España de la fibra óptica, el 5G, las redes sociales y las videollamadas instantáneas, hay lugares donde hacer una simple llamada telefónica sigue siendo una misión casi imposible. Barbalimpia, una pequeña pedanía dependiente de Villar de Olalla, en la provincia de Cuenca y a menos de 30 kilómetros de la capital, es uno de ellos.
Sobre el papel, el núcleo cuenta con 25 personas empadronadas. En la práctica, durante el invierno apenas resisten cinco o seis vecinos. En verano, el pueblo revive: se llenan las casas, regresan las familias, las calles recuperan ruido. Pero hay algo que no cambia en ninguna estación: la falta de cobertura móvil, entre otros servicios.
“No tenemos cobertura telefónica. Si no te pones tú una parabólica y la pagas de tu bolsillo, por la calle no puedes llamar. Estamos incomunicados”, denuncia Amparo Cervera, vecina que pasa largas temporadas en la pedanía desde que se jubiló.
Enfermos y sin poder llamar al médico
La ausencia de señal no es una simple incomodidad tecnológica. Puede convertirse en un riesgo. Durante la pandemia Amparo, conocida en el municipio como Mari, y su marido enfermaron de COVID en Barbalimpia y fue todo un riesgo. “Estábamos los dos enfermos e incomunicados totalmente. Yo en el balcón, en una esquina, intentando coger un poco de cobertura para llamar al médico”, relata.

En un pueblo donde la población habitual es mayor y dispersa, la escena no es anecdótica: es estructural. “La cobertura es como el agua”, resume. “Luego hablamos de despoblación, pero si no hay servicios básicos, ¿quién va a venir a vivir aquí? Los jóvenes no pueden ni teletrabajar”. La falta de conectividad limita emergencias sanitarias, gestiones administrativas, comunicación con familiares y cualquier posibilidad real de atraer nuevos residentes.
Un repetidor de 24.000 euros como solución provisional
El alcalde de Villar de Olalla, Daniel Ayllón, reconoce el problema, pero subraya que la instalación de antenas de telefonía no depende directamente del Ayuntamiento, sino de la Junta. Asimismo señala que antes de la pandemia existía un proyecto para instalar una antena, similar al ejecutado en otra pedanía del término municipal. Sin embargo, la crisis sanitaria paralizó la iniciativa y nunca se retomó.

La alternativa municipal pasa ahora por instalar un repetidor que amplifique la escasa señal que llega a la zona. El proyecto está presupuestado en 24.000 euros e incluiría placas solares y baterías para funcionar de forma autónoma desde una zona elevada del pueblo. «Según los técnicos, podría ofrecer cobertura al 80-85% de los dispositivos», afirma Ayllón.
El principal obstáculo, explica el alcalde, es alcanzar un acuerdo con la propietaria de los terrenos donde debería ubicarse la instalación. Si se desbloquea, el repetidor podría estar operativo en unos meses. Mientras tanto, el pueblo sigue esperando y nunca mejor dicho, una señal.
Fibra óptica: cables instalados y preguntas sin respuesta
Si la cobertura móvil es el problema más urgente, la fibra óptica es la gran promesa que, de momento, no termina de materializarse en Barbalimpia. Los vecinos han visto movimientos. Zanjas abiertas, cableado nuevo, operarios trabajando en la zona. “El otro día estaban poniendo un cableado, pero el cableado ahí está. Nadie nos ha comunicado nada”, explica Mari.

La sensación, dice, es de desconcierto: no saben si podrán contratar el servicio, cuándo estará operativo ni en qué condiciones. “Ves que pasan cosas, pero no sabes para quién son ni cuándo van a funcionar”.
Para quienes pasan largas temporadas en el pueblo o se plantean vivir allí de forma estable, la conectividad fija sería una alternativa real a la ausencia de cobertura móvil. “Teletrabajaría más gente si hubiera cobertura. Eso seguro”, insiste Mari. En su opinión, la fibra podría marcar la diferencia entre un pueblo que resiste y uno que termina de vaciarse.
Desde el Ayuntamiento, el alcalde de Villar de Olalla, Daniel Ayllón, confirma que el despliegue forma parte de un proyecto impulsado por la Junta. Según explica, la instalación avanza por fases y de manera progresiva, como una canalización que debe ir conectándose de forma continua desde otros núcleos.

El alcalde sostiene que el Ayuntamiento ha mantenido reuniones informativas sobre el despliegue y que, según los planos presentados, la fibra llegará también a Barbalimpia. No obstante, recalca que la ejecución no depende directamente del Consistorio, sino de la administración autonómica y de la empresa adjudicataria.
La diferencia entre ambas versiones no está tanto en el fondo como en los tiempos y en la comunicación. Mientras la administración habla de un proceso en marcha, los vecinos reclaman certezas: fechas, condiciones y garantías de que el servicio será realmente accesible.
Entre cables instalados y contratos aún inexistentes, la fibra en Barbalimpia simboliza esa frontera habitual en muchas zonas rurales: la infraestructura puede estar físicamente cerca, pero el acceso efectivo sigue sin ser una realidad cotidiana.
Calles cortadas y ruinas: Tres años sin poder cruzar el pueblo

La falta de telefonía o internet no es el único «socavón» en el día a día de Barbalimpia. La calle principal del municipio lleva tres años cortada debido al derrumbe de una vivienda. «El pueblo está hecho un destrozo con solares abandonados y casas agrietadas que se pueden caer encima de otras. Además, estamos sin poder cruzar la calle principal del pueblo desde hace tres años», denuncia Mari. Esta situación se ha agravado tras el paso del tren de borrascas que ha terminado por hundir más uno de los inmuebles. Los vecinos critican que el Ayuntamiento no actúe de forma subsidiaria para evitar males mayores, limpiar los escombros y pasar la factura a los dueños.

El alcalde confirma que el problema se arrastra desde antes de su mandato y que los propietarios no ejecutaron las obras necesarias pese a los requerimientos municipales. Ayllón se defiende asegurando que se ha intentado evitar el conflicto judicial con los vecinos propietarios del inmueble derruido, pero admite que la situación tras el nuevo hundimiento ha llegado al límite. «Ya hemos tomado la determinación de hacer la ejecución urgente», afirma el alcalde, quien espera que esta misma semana entre la maquinaria para despejar la vía y garantizar la seguridad.
El mobiliario urbano tampoco pasa desapercibido. «Es imposible sentarse en los bancos sin destrozar la ropa», denuncia Mari. Por su parte, el alcalde sostiene que el año pasado se instalaron dos bancos nuevos junto al parque infantil y que las inversiones se hacen con previsión de uso, recordando que solo hay 20 personas empadronadas.
Sin transporte y sin reciclaje
La lista de carencias continúa: los vecinos denuncian la falta de transporte público regular, un «escollo» más en la comunicación del municipio y la ausencia de contenedores de reciclaje, lo que les obliga a desplazarse a otros pueblos para depositar residuos.
El Ayuntamiento responde que la gestión de contenedores depende de la Diputación y que existen solicitudes pendientes, no solo en Barbalimpia sino también en otras pedanías dependientes de Villar de Olalla.

En materia de transporte, Barbalimpia tampoco dispone de un servicio regular que conecte la pedanía con otros núcleos cercanos. Las alternativas a demanda, que en teoría deberían cubrir este tipo de zonas rurales, tampoco han funcionado en la práctica.
“Este verano los jovenzuelos intentaron ir en autobús a Cuenca para pasar el día. Había un teléfono que nos habían dado, llamaron y no les contestó nadie”, relata Mari, que describe la situación como un ejemplo más de la desconexión que sufre el pueblo.
Consultado sobre este asunto, el alcalde de Villar de Olalla, Daniel Ayllón, asegura que es conocedor de la problemática y que el Ayuntamiento ha trasladado la necesidad a las administraciones competentes. No obstante, sostiene que la viabilidad de estos servicios depende también de la población real del núcleo. “Son servicios por los que intentamos luchar, pero para eso también necesito más gente que esté viviendo allí”, afirma.

El dilema de invertir en un pueblo casi vacío
El fondo de la cuestión reside en si los derechos básicos deben depender de un censo. Mientras los vecinos exigen dignidad y servicios para Barbalimpia, el alcalde es tajante sobre la gestión de recursos: «No puedo hacer una inversión de 200.000 o 300.000 euros anuales en un sitio donde tengo a 20 personas empadronadas, eso lo tienen que entender ellos. Se intenta buscar soluciones”, defiende, recordando proyectos en marcha y gestiones abiertas con otras administraciones. Pero también admite que los recursos son limitados y que deben repartirse.

Y ahí, precisamente, se enquista el conflicto. Los vecinos sostienen que sin cobertura, sin transporte, sin certezas sobre la fibra o con una calle principal cortada durante años es imposible atraer a nuevas familias. La administración, por su parte, argumenta que sin población estable no puede justificar determinadas inversiones. Es el círculo perfecto de la despoblación: la falta de servicios vacía; el vacío frena los servicios.

Barbalimpia no es solo un punto diminuto en el mapa de la provincia de Cuenca. Es el retrato de una tensión que se repite en muchas aldeas y pedanías del interior: paisajes cuidados, casas que se llenan en verano, ganas de quedarse… y obstáculos cotidianos que pesan demasiado.
Aquí el silencio no es solo rural, también es digital. No siempre hay señal para pedir ayuda, ni transporte para salir, ni garantías de que una conexión a internet permita trabajar desde casa. Y mientras las administraciones hablan de cohesión territorial y reto demográfico, en Barbalimpia la realidad se mide en gestos pequeños: buscar cobertura en una esquina del balcón, recorrer kilómetros para reciclar o rodear escombros para cruzar la calle.
En pleno siglo XXI, la diferencia entre quedarse o marcharse puede depender de algo tan simple como que el móvil suene… y que al otro lado, esta vez sí, haya respuesta.
/Fotos: Néstor Robayna/

































