Hay un taller en el municipio conquense de Chillarón donde el Sol no entra de cualquier manera; entra pidiendo permiso para ser transformado. Allí, entre el silencio de la Alcarria conquense y el aroma a metal y pigmento, Conrado Córdoba de Julián desliza su ruleta sobre el vidrio con la precisión de quien lleva 36 años manteniendo un idilio con la luz. Es el último de su estirpe, un artesano que no solo realiza vidrieras, sino que domestica el arcoíris para que las iglesias de España, entre otros elementos, sigan teniendo alma y luz propia.
Del aprendizaje al cielo de la Catedral
La historia de Conrado es la de un descubrimiento fortuito que se convirtió en destino. Todo comenzó en la primera Escuela de Vidrieras de Cuenca, un espacio donde la juventud de la época se citaba con oficios casi olvidados. Bajo la tutela del maestro francés vidriero y pintor Henry Dechanet, Conrado descubrió que el vidrio no era un material frío, sino un lienzo transparente.
Aquel aprendizaje tuvo su bautismo de fuego en las alturas: la creación de las vidrieras de la Catedral de Cuenca. Participó en un proyecto histórico junto a figuras como Gustavo Torner y Gerardo Rueda, sustituyendo a las destruidas en la Guerra Civil por las explosiones de abstracción y color que hoy coronan el templo gótico. «Es un orgullo», confiesa con la humildad del que sabe que su obra sobrevivirá a los siglos.

El ritual del fuego y la grisalla
Crear una vidriera es un proceso que desafía las prisas del siglo XXI. «Es muy complejo», advierte el artesano. Todo nace de un diseño a escala que crece hasta ser tamaño natural. Luego viene el baile de piezas: recortar el manto de una virgen, el rostro de un santo o la geometría de una lámpara, usando vidrios que trae especialmente desde Alemania.
El secreto, sin embargo, reside en la grisalla, esa pintura especial que se funde con el vidrio dentro de un horno a 680 grados. Son dos meses de trabajo para una sola obra, un tiempo de cocción lenta que contrasta con la inmediatez de las lámparas de serie que inundan el mercado.

Un legado sin herederos
A pesar de estar incluido en la prestigiosa guía mundial Homo Faber (una plataforma digital internacional, creada por la Fundación Michelangelo, que funciona como la mayor guía europea de artesanía de excelencia) y ser el único referente de vidriería artística en el catálogo de Legado Artesano de Castilla-La Mancha, el futuro es una sombra alargada.

A Conrado le quedan tres años para jubilarse , y la pregunta sobre quién seguirá sus pasos recibe una respuesta cargada de melancolía: «Pues yo lo intenté , pero ya desisto. Creo que nadie lo va a seguir». El oficio está en «riesgo de extinción». La subida de los materiales, la presión fiscal y la dureza técnica de la pintura sobre vidrio han levantado un muro que las nuevas generaciones no parecen querer escalar.
La luz que no se apaga
Aunque el taller, ubicado en el sótano de su casa, cierre sus puertas en tres años, el rastro de Conrado está esparcido por toda la geografía: desde Bilbao hasta Portugal , pasando por las iglesias de San José o las monjas carmelitas en Cuenca. Sus lámparas, que vende en ferias de toda España, son pequeños fragmentos de esa maestría que los clientes buscan para huir de lo prefabricado.

Conrado echará de menos el dibujo y el placer de ver una pieza terminada, pero se irá con la satisfacción de haber sido el guardián de una técnica milenaria. Mientras tanto, en su taller de Chillarón, sigue trabajando en una Virgen del Rosario para Carboneras de Guadazaón, aprovechando cada rayo de sol antes de que, finalmente, el horno se enfríe para siempre.
