La historia de la deportación española a los campos de concentración nazis suele asociarse a cifras globales y a nombres conocidos. Sin embargo, también tiene raíces profundas en provincias como Cuenca. Alrededor de un centenar de conquenses terminaron en el sistema concentracionario del Tercer Reich tras el final de la Guerra Civil española, atrapados en una cadena de acontecimientos que comenzó en 1939 y desembocó en algunos de los escenarios más duros de la Europa ocupada.
El historiador e investigador experto en los deportados españoles en los campos de concentración en el III Reich, Benito Bermejo, contextualiza aquellos hechos dentro del complejo panorama geopolítico del momento.
Del final de la Guerra Civil al colapso de Francia
“La mayor parte de los españoles que acabarán en campos nazis son personas que han salido de España al final de la Guerra Civil”, explica Bermejo en una entrevista con El Digital de Cuenca. Muchos habían combatido en el bando republicano; otros, aunque no empuñaron armas, temían represalias por su vinculación política o familiar.
Tras la caída de Cataluña en febrero de 1939, miles de personas cruzaron la frontera hacia Francia. Entre ellas había vecinos de la provincia de Cuenca. Algunos habían sido movilizados y se encontraban en unidades republicanas desplazadas hacia el noreste; otros ya no residían en sus pueblos de origen cuando estalló la guerra.
Francia permitió inicialmente su permanencia, pero bajo condiciones estrictas. “El Gobierno francés les dejó quedarse con la condición de que prestaran algún servicio útil para la defensa del país”, señala el historiador. Así surgieron las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unidades militarizadas dedicadas a tareas de apoyo: trabajos de infraestructura, transporte o almacenaje. No eran combatientes armados, pero estaban bajo disciplina militar.
La situación cambió radicalmente en la primavera de 1940, cuando la Alemania nazi invadió y derrotó a Francia. Miles de españoles integrados en esas compañías fueron capturados como prisioneros de guerra.
De prisioneros de guerra a deportados
En un primer momento, los españoles fueron tratados como el resto de prisioneros bajo las convenciones internacionales. “Podían escribir a sus familias, recibir cartas, incluso paquetes”, explica Bermejo.
Pero en el verano de 1940 llegó una orden decisiva. La Gestapo dispuso que los “combatientes de la España roja” fueran separados del resto y enviados a un campo de concentración en territorio del Tercer Reich.
“En ese momento se acabaron las convenciones de Ginebra” explica Bermejo quien además señala que “en el momento que ya llegan a Mauthausen, adiós. Se acabó, ya no existían para el mundo, ya sus familias muchas veces no volvieron a saber nada de ellos,”, resume.
La mayoría fueron trasladados al campo de Mauthausen, en Austria. En total, más de 7.200 españoles pasaron por ese complejo a lo largo de la guerra. Aproximadamente dos terceras partes murieron allí.
A partir de 1942, un segundo grupo de españoles —muchos vinculados a la Resistencia francesa— fue deportado directamente a otros campos como Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen o Neuengamme. “En estos casos la mortalidad fue menor, seguramente por debajo del 20%”, apunta el historiador.
El caso de Cuenca: alrededor de un centenar de deportados
En el caso de la provincia de Cuenca, las estimaciones apuntan a cerca de un centenar de deportados en el conjunto del sistema concentracionario nazi. Si se mantiene la proporción general, alrededor del 80% habrían sido enviados a Mauthausen y el resto a otros campos.
Las trayectorias vitales son diversas y, en muchos casos, complejas. No todos residían en Cuenca en el momento del exilio. Algunos habían emigrado años antes, incluso en la década de 1920.
Bermejo menciona el caso de Olegario Serrano Calero, natural de Buendía. Había emigrado a Argentina antes de la guerra, regresó a España en los años treinta, volvió a salir al exilio y terminó deportado a Mauthausen junto a su hijo. Ambos sobrevivieron. El padre murió en París décadas después; el hijo fue entrevistado por el propio historiador en 2002.
Otros no tuvieron la misma suerte. En los registros figuran vecinos de localidades como Alcázar del Rey, Fuente de Pedro Naharro o Mota del Cuervo. Algunos murieron en Gusen, subcampo situado a pocos kilómetros de Mauthausen; otros en el propio campo central o en instalaciones donde se practicaron gaseamientos.
“Exterminio mediante el trabajo”
El sistema aplicado en Mauthausen respondía a una lógica que los propios nazis definieron como “Vernichtung durch Arbeit”, exterminio mediante el trabajo.
“Las condiciones eran tan duras que normalmente no es un accidente sino que está previsto. No hacía falta ni pegarles un tiro”, explica Bermejo. La previsión era que aquella persona durara tres o cuatro meses, según señala el historiador.

Además del agotamiento, el hambre y las enfermedades, una parte de los deportados fue asesinada en cámaras de gas. “Entre los españoles que murieron en Mauthausen, alrededor de una décima parte fueron gaseados”, señala.
En muchos casos, las familias no supieron nunca lo que había ocurrido. “Cuando llegaron a Mauthausen dejaron de existir para el mundo exterior”, afirma el historiador. “Muchos familiares tardaron años en saber qué había pasado, y algunos se han enterado hace relativamente poco”.
Más allá de las cifras
En total, por el complejo de Mauthausen pasaron alrededor de 200.000 prisioneros de distintas nacionalidades, de los cuales aproximadamente 100.000 murieron.
La deportación española se produjo, además, antes de la puesta en marcha sistemática del Holocausto. “La mayor parte de los españoles son anteriores a lo que entendemos como el exterminio masivo de los judíos”, contextualiza Bermejo.
Para el historiador, estas historias no solo hablan de horror, sino también de resistencia. Destaca la figura de Francisco Boix, el fotógrafo español que logró esconder miles de imágenes tomadas en Mauthausen y que después sirvieron como prueba en los juicios de Núremberg donde estuvo presente como único testigo español.
La memoria como responsabilidad
Preguntado por la necesidad de recordar hoy en día estos hechos Bermejo responde que “es parte de la historia de Cuenca, de España, de Europa y del mundo”. “Son acontecimientos que afectan a circunstancias muy importantes, trascendentes, que tienen que ver con cómo es el mundo hoy, cómo vemos al mundo hoy también, porque yo creo que todo lo que pasó referido a esto, pues en fin, algo habremos aprendido, ¿no?”, se pregunta el historiador.
La reflexión, insiste, no es abstracta. Está vinculada a personas concretas, a pueblos concretos y a familias que durante décadas convivieron con el silencio o la incertidumbre.
Precisamente con ese objetivo se celebrará el próximo 11 de abril en Puebla de Almenara la jornada “Mauthausen para el mundo rural. Conquenses en el campo de Mauthausen”promovido por la Embajada de Austria y el Ayuntamiento de Puebla de Almenara a través del Foro Cultural Austriaco.
Junto a Bermejo, le acompañará en esta jornada prevista Christian Dürr, director del Archivo del Memorial de Mauthausen, investigador y divulgador de Mauthausen. En la cita se abordará tanto el contexto general del campo como la experiencia específica de los españoles y de los conquenses deportados.
Un acto que pretende reforzar el vínculo entre memoria, territorio y ciudadanía. Porque detrás de las grandes cifras de la historia europea también hubo vecinos de pequeños municipios de la provincia que nunca regresaron.