En el corazón de Cuenca, dos hermanos andaluces han labrado un pequeño imperio de harina y aceite. Mariano y Juan Carlos Martínez Rebollo, con el acento inconfundible de Jaén y el ingenio de quien sabe levantarse tras cada caída, han convertido unas simples roscas en un fenómeno gastronómico. Su historia, que huele a superación, es el relato de cómo la dedicación y una materia prima excepcional pueden conquistar el paladar de toda una ciudad.
El despertar de una vocación entre el humo y las cenizas
Su viaje comenzó lejos de los fogones, entre el rugido de los motores y las largas rutas en camión. Un camino que Mariano y Juan Carlos, procedentes de Burunchel, un pequeño pueblo de la Sierra de Cazorla, decidieron abandonar en busca de un horizonte diferente. La llamada de Cuenca llegó a través de la pareja de Juan Carlos, y con ella, la promesa de un nuevo inicio en esta ciudad, a más de 300 kilómetros de la suya.
Sin embargo, el destino les tenía reservada una prueba de fuego, literal y metafóricamente. Lo que empezó como un intento de negocio fallido en un área de servicio se convirtió, gracias al consejo de un amigo experto de Linares, en el referente de la masa frita en Cuenca.

«Empezamos en 2019 y bueno, esa primera churrería que empezamos en Villaluz, al año se nos pegó fuego y vino la pandemia y en fin, no ha sido todo fácil», relata Mariano. De las cenizas de aquel primer local en Villaluz resurgió la determinación. En 2021 abrieron en la Plaza del Espliego y dos años después, en la Estación de Autobuses.
El éxito ha sido tan rotundo que, a pesar de contar con dos establecimientos, la demanda desborda las expectativas. «Esta se nos ha quedado pequeña también. Los fines de semana ya no hay quien entre aquí,» afirma Martínez con una mezcla de orgullo y asombro.
La alquimia de la rosca perfecta: un secreto bien guardado
¿Cuál es el hechizo que envuelve sus churros? La respuesta, según los hermanos Martínez, reside en la simplicidad y la excelencia. Han desechado las porras y los lazos para centrarse en la rosca individual, servida directamente de la sartén al plato, al gusto del cliente. Es esta personalización, esta atención al detalle, lo que ha cautivado a Cuenca.
«Hacemos los churros de rosca porque nosotros hacemos la rosca individual y sale directamente de la sartén al cliente, recién hecha y a su gusto. El churro es como una carne. El cliente te dice: ‘Oye, hazme una rosca, la quiero muy hecha, o menos hecha’. La recibe al segundo y a su gusto», explica Mariano Martínez.

Pero el verdadero milagro ocurre en la masa, elaborada a diario con una harina «muy muy especial de la zona de Jaén», y frita en aceite de primera categoría. «El secreto está primero en la materia prima, sobre todo la materia prima. La dedicación, el cariño que se le pone al trabajo, eso cuenta mucho,» confiesa. Este compromiso les ha permitido alcanzar cifras asombrosas, vendiendo «2.000 roscas en días fuertes», un testimonio irrefutable de la calidad de su oferta.
Un Solete Repsol y el dulce sabor de la Cuenca adoptiva

El clímax de su viaje llegó en diciembre, con la inesperada concesión de un Solete Repsol. Un reconocimiento que, en sus propias palabras, fue una «sorpresa muy grata» y que les llegó sin haberlo buscado. «Yo, si os digo la verdad, no lo sabía lo que era», confiesa Mariano con la gracia andaluza que le caracteriza. Pero el galardón, fruto de la visita de inspectores anónimos que valoran la limpieza, el producto y el trato, ha refrendado su buen hacer.
Cuenca, con su «tranquilidad» y su «gastronomía espectacular», se ha convertido en su hogar. La ciudad ha abrazado a estos andaluces, que se sienten «genial» y disfrutan de un entorno que les recuerda a su amada Sierra de Cazorla. Es un idilio mutuo: la ciudad les ha brindado una oportunidad, y ellos, a cambio, le han regalado el mejor de los desayunos.
