Hay trayectos que se hacen en automático. El de ir al trabajo. El de volver a casa después de comer con la familia. Kilómetros conocidos, curvas repetidas mil veces y la plena confianza de que vas a volver como otro día cualquiera. Es precisamente ahí, cuando la confianza sustituye a la atención, donde la carretera se vuelve más peligrosa.
El volante no avisa. No da segundas oportunidades. Un banco de niebla, una distracción mínima, un golpe por detrás o una curva mal tomada pueden cambiar una vida entera en apenas un segundo. No solo la del conductor, también la de quienes le rodean.
En Cuenca, dos hombres saben bien de qué hablamos. Luis Saiz y David Culebras no comparten fecha ni circunstancias, pero sí un punto de inflexión común: un accidente de tráfico que los dejó en silla de ruedas y les obligó a reconstruirse desde cero. Hoy, sus voces sirven para que otros frenen a tiempo y no acaben como ellos.
Luis Saiz: “Estaba en el mejor momento de mi vida”
El 11 de enero de 2013, Luis Saiz salió de casa como cualquier otro día. Vivía en Arcas y se dirigía a su trabajo en Cuenca. Acababa de dejar a su hijo pequeño en la guardería y se adentró en la carretera con la tranquilidad de quien repite el trayecto a diario.
Tenía 39 años y, como él mismo dice, “estaba en mi mejor momento”. Casado, con dos hijos pequeños, estabilidad laboral y económica. Trabajaba como bombero forestal, compaginándolo con un taller mecánico que había montado para asegurar el futuro de su familia.
A pocos kilómetros de Almodóvar del Pinar, un banco de niebla espesa lo envolvió todo. Redujo la velocidad, encendió las luces antiniebla y trató de adaptarse a la visibilidad casi nula. No recuerda nada más. Según el atestado de la Guardia Civil, otro vehículo lo golpeó por detrás. El resultado fue devastador.
Dos meses en coma y un diagnóstico que lo cambió todo
Luis pasó más de dos meses en coma en la UCI. Fractura de pelvis, costillas rotas, afectación medular, respiración asistida, varias intervenciones quirúrgicas. Los médicos hablaban de una posible tetraplejia. Tras el accidente, el primer diagnóstico llegó en Albacete: “Te vas a quedar toda tu puta vida en una silla de ruedas”.
Sus palabras aún resuenan en su memoria: él y su mujer se quedaron paralizados, y comenzaron a llorar al comprender la magnitud de lo que les esperaba.

El golpe no fue solo físico. También fue emocional y familiar. El accidente cambió todo en la vida de Luis de la noche a la mañana. Lo que antes podía hacer con normalidad desapareció de golpe, y pronto comprendió que solo tenía dos opciones: reinventarse o sucumbir.
Cada paso del proceso, desde la pérdida de autonomía hasta la incertidumbre sobre su trabajo y su relación de pareja, se convirtió en un duelo constante. Luis reconoce que incluso su vida familiar se vio afectada: “Estás en un duelo que no sabes dónde estás, qué quieres, qué no sabes… y ahora lo pienso y digo: qué puto egoísta fui en ese momento”.
Entre la confusión, el dolor y la adaptación, perdió casi el norte, pero también descubrió la necesidad de reconstruirse, enfrentando cada consecuencia, por dura que fuese, con fuerza y determinación.
A eso se sumaron años de batallas legales con las aseguradoras. “Dí con un abogado muy profesional, estuvo animando porque lo veía todo muy oscuro ”, afirma con rotundidad.
Reinventarse desde la silla
En el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo empezó una lucha diaria contra los pronósticos. A base de rehabilitación y cabezonería, Luis logró sentarse en una silla por primera vez el día después de su cumpleaños. A partir de ahí, comenzó a reconstruir su vida.

Hoy es entrenador y fundador del club de fútbol sala VivoCuenca con el que en verano del año 2025 ascendieron a segunda B. “Empezó como un hobby y se ha convertido en un sentimiento”, asegura con emoción. Sus hijos crecieron viendo a su padre reinventarse, y eso, asegura, fue clave.
El mensaje que lanza es directo y sin rodeos: “Cuando conduces llevas una máquina de matar. Puedes hacerte daño tú, pero hacerle daño a otro es lo más duro”.
David Culebras: 22 años, una curva y un destino irreversible
El 9 de enero del año 2000, David Culebras tenía 22 años y una vida por delante. Jugaba al fútbol en el equipo San José Obrero de la capital, trabajaba como carpintero y acababa de pasar la mañana en el campo con su equipo. Nadie imaginaba que un día así terminaría en tragedia.
Tras comer con la familia en un pueblo de la provincia, regresaba a Cuenca junto a su hermano por la carretera de Guadalajara. A la altura de una curva —donde hoy se encuentra el museo dedicado a la Villa Romana de Noheda— ocurrió el accidente. Cuatro vehículos implicados. David no recuerda el impacto. Solo sabe que su hermano murió en el acto.

Él sobrevivió por una mezcla de azar, ayuda inmediata y, como recalca, por llevar el cinturón de seguridad. “Si no lo hubiera llevado, no estaría aquí”.
Entre la vida y la muerte
David fue trasladado de urgencia con múltiples lesiones: costillas rotas, graves daños internos y una lesión medular irreversible. Tardaron semanas en comunicarle la muerte de su hermano para no agravar su estado. “Llegué al hospital más en el otro mundo que en este”, recuerda.
Pasó por varios centros hasta iniciar la rehabilitación. Allí aprendió a manejar la silla, a rehacer las actividades básicas y, sobre todo, a aceptar una realidad nueva. “Lo primero que tienes que aceptar eres tú mismo. Que la vida te ha cambiado, pero estás aquí”.
Para David, el accidente fue un golpe brutal que cambió su vida de un día para otro. De ser un joven deportista y carpintero activo, se encontró de repente sentado en una silla de ruedas. Afortunadamente, su lesión le permitió mover los brazos, pero incluso así la vida diaria se volvió un desafío que dependía de la accesibilidad del entorno. “Para salir a la calle necesitamos que las cosas estén para nosotros”, explica, refiriéndose a rampas, ascensores y adaptaciones que permitan desenvolverse con autonomía.

La consecuencia más dura fue no poder continuar con su trabajo de carpintero y enfrentarse a la necesidad de reconstruir una vida normal, algo que, reconoce, se vuelve mucho más costoso y complicado cuando dependes de una silla de ruedas.
Culebras también denuncia los obstáculos que todavía enfrentan las personas con discapacidad en la vida cotidiana. “La sociedad poco a poco se va concienciando y nos permite poder hacer una vida normal, pero la gente no nos puede impedir movernos por la ciudad”, explica.
Lamenta cómo algunas personas se aprovechan de los aparcamientos reservados, usando tarjetas de familiares o amigos que no tienen derecho a ellas. “Yo muchas veces les digo: si quieres usar la plaza, te la dejo… pero con todos los problemas que supone”, señala. Para él, estas actitudes reflejan la necesidad de más empatía y conciencia social, porque la verdadera igualdad no solo se trata de leyes o rampas, sino de respetar el derecho de todos a moverse libremente.
Concienciar para que no vuelva a pasar
Hoy, con 48 años, Culebras es vicepresidente de Aspaym en Cuenca. Da charlas en institutos, participa en campañas con la Guardia Civil y colabora en controles de tráfico. “Cuando nos ven, impacta. No somos un anuncio. Somos la realidad”.

Habla de cinturón, de casco, de distracciones, de alcohol, pero también de zambullidas mal hechas, accidentes domésticos y deportivos. “Las lesiones medulares ya no vienen solo del tráfico”, advierte.
Su labor no busca pena, sino prevención. “Con que haya un chaval que baje por las escaleras, ya ha merecido la pena”, refiriéndose al medio acuático que también afecta a las lesiones medulares.
Nadie está exento
Luis y David no piden compasión. Piden atención. Recuerdan que un segundo basta para romper una vida y muchas más alrededor. Que la juventud, la experiencia o la prudencia no blindan frente al accidente. Y que, cuando ocurre, las consecuencias alcanzan a familias enteras.
Ambos coinciden en la misma idea: la vida continúa, pero nunca vuelve a ser la misma. “No sabes lo fuerte que eres hasta que te obligan a serlo”, resume Luis. “Yo estoy aquí y lo puedo contar”, añade David.
En la carretera, ese segundo sigue existiendo. La diferencia está en si se afronta con responsabilidad… o con las consecuencias que ellos ya conocen demasiado bien.