El Quiosco Cristina: conquistó a toda Cuenca más de 40 años

Desde juguetes que se pagaban a plazos hasta belenes de exportación, Gloria y Herminio hicieron del Quiosco Cristina un referente comercial y emocional para toda la ciudad

Durante más de cuatro décadas, el Quiosco Cristina fue mucho más que un comercio de barrio. Aunque nació en un entorno concreto, acabó convirtiéndose en un referente para toda Cuenca, un lugar de encuentro, un escaparate de ilusiones infantiles y una seña de identidad del comercio tradicional de la ciudad. Al frente estuvieron Gloria Jara Martínez (76 años) y Herminio Berenguer Ortega (82), un matrimonio que dedicó 43 años ininterrumpidos a un negocio que marcó a varias generaciones de conquenses. «Por el Quiosco Cristina pasó toda Cuenca: vecinos del barrio, escolares, padres y abuelos que lo convirtieron en un comercio conocido en toda la ciudad«.

«Yo venía de Barcelona», recuerda Herminio. Antes de convertirse en quiosquero, regentó una peluquería de caballeros y señoras en la calle Real. Más tarde, con la construcción de la barriada del Pozo de las Nieves, se trasladó al barrio de la calle Segóbriga, donde abrió otro local y trabajó como peluquero durante siete años. Una artrosis degenerativa truncó aquella etapa profesional. «Los médicos me dijeron que no podía seguir».

El cambio coincidió con el traslado de los colegios Aguirre y Cristo del Amparo al nuevo centro de Santa Teresa. Herminio cerró la peluquería y decidió emprender un nuevo camino: nacía el Quiosco Cristina. «Y ahí estuvimos 43 años seguidos», afirma con orgullo.

Gloria sonríe al recordar que muchos clientes lo llamaban «el pequeño Corte Inglés». «Aquí teníamos de todo, absolutamente de todo. Para que la gente subiera había que ofrecer más que los demás. Era invertir constantemente». Los escolares se convirtieron en la clientela más fiel, pero el quiosco fue creciendo hasta convertirse en un referente para toda la ciudad.

«Fuimos los primeros, antes que los chinos», recuerdan ambos. Comenzaron a vender juguetes, adornos de Navidad, artículos para el Día de los Santos Inocentes y todo tipo de productos. «Era trabajar a destajo, con horarios interminables, prácticamente todo el día», explican. El éxito los llevó incluso a abrir otro local de venta al por mayor, donde permanecieron doce años. «Era como un pequeño chino, con todos los respetos», señala Herminio. «Sin ánimo de vanidad, podemos decir que nos copiaron la idea».

No era raro escuchar entre la clientela una frase que se hizo popular en Cuenca: «Si no lo tiene Herminio, no lo tiene nadie». El quiosco vendía aquello que no se encontraba en ningún otro punto de la ciudad. Incluso los juguetes se ofrecían a plazos, «por letras», como se decía entonces. «Las madres nos pedían que guardáramos un juguete y lo iban pagando poco a poco», recuerda Gloria.

El día de Reyes, ellos mismos hacían de Reyes Magos, llevando los juguetes a las casas junto a sus hijos. «Por eso nuestros hijos no vieron la Cabalgata hasta los 17 años», cuentan entre risas. Durante las Navidades, el quiosco se convertía en un hervidero: desde las siete de la mañana hasta las tres de la madrugada, sin descanso, hasta pasada la semana de Reyes. «Era mucho trabajo, pero lo hacíamos con gusto».

Atención al público y humor

Gloria recuerda con cariño la forma en que siempre intentaron atender a todos con educación y cercanía. «Nosotros intentamos atender a todo el mundo con educación y cariño», comenta. Y no faltaban situaciones graciosas: «Una vez vino un señor y le dije: ‘Adiós, buenos días caballero’, y se volvió el hombre y me dijo: ‘Cómo se nota que están ustedes en la tierra de Don Quijote’«, recuerda entre risas.

Herminio también guarda su propio momento divertido. Una vez, al despedir a una clienta, le dijo: «Adiós, señorita», a lo que ella respondió: «Perdona… casada», y por tres veces. Herminio, con guasa, le contestó: «Pues menuda carrera llevas, hermana». Estas pequeñas anécdotas reflejan la cercanía y el sentido del humor que convirtieron al Quiosco Cristina en un lugar querido por toda Cuenca.

Hoy, Gloria evita pasar por delante del local. «Me pongo muy triste al verlo cerrado y sin relevo generacional. La gente ya no se implica». Reconoce que fue una vida muy sacrificada, sin vacaciones y con una dedicación absoluta al público. «Pero prefiero que mis hijos hayan encontrado su camino gracias a los estudios».

El Quiosco Cristina llegó a tener mercería y ropa, y Herminio destaca que fue él quien introdujo los disfraces de Carnaval en Cuenca, traídos desde Valencia y Barcelona. Los juguetes llegaban desde Murcia y también fueron pioneros en la venta de figuras y complementos para belenes. El reconocido belenista conquense Jesús, maestro de muchos otros, fue cliente habitual del quiosco. «Nuestras figuras eran de exportación, algo más caras, pero preciosas», apunta Gloria. Muchos de aquellos primeros belenes y dioramas aún se conservan en la calle Santa Coloma. «Nos conoce toda Cuenca, tanto los jóvenes como sus padres», afirma Herminio. «No tenemos carrera, pero siempre hemos sido muy abiertos y hemos atendido con cariño a todo el mundo». Emprendedores por naturaleza, Herminio pasó de peluquero a comerciante, y Gloria, modista de grandes manos, fue un pilar fundamental del negocio.

Ya jubilados, Gloria y Herminio siguen volcados en los demás. Llevan 21 años implicados en la Unión Democrática de Pensionistas de Cuenca, una asociación con unas 140 personas entre socios y voluntarios. Su labor consiste en acompañar a personas mayores, tanto en residencias como en sus domicilios, ayudarles a salir a la calle o acudir al médico. El Ayuntamiento de Cuenca les reconoció con una placa por su trabajo social. «Cuando nos ven, se les iluminan los ojos», concluyen emocionados. «Nos dan más cariño del que nosotros podemos darles a ellos».

Rafael Torres

Nacido en Cuenca. Estudiante del Grado de Periodismo en 4 ° curso en la Facultad de Comunicación de Cuenca
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