El Banco de Alimentos de Cuenca ha cerrado su última campaña de recogida de alimentos no perecederos con 57.000 kilos reunidos, una cifra que su presidente, Antonio Villaseñor, califica para El Digital de Cuenca de «muy positiva», aunque reconoce que no ha sido uno de los mejores años. «Todavía nos falta recoger lo correspondiente a los supermercados que colaboran con aportaciones económicas en la caja. Ese dinero después lo convertimos en productos que necesitamos, y aún no está sumado», explica.

Pese al esfuerzo de voluntarios y ciudadanos, Villaseñor no oculta su preocupación: «Ha subido todo muchísimo, hasta el punto de que con 50 euros ya no haces nada«. Y detrás de esa subida se esconde un fenómeno que considera determinante: «La clase media va desapareciendo, y era la que sostenía todo esto. Cuenca siempre ha sido muy solidaria, pero ya no llegamos a cubrir toda la necesidad que hay«.
Emergencia permanente: 22 familias atendidas cada día
Desde la pandemia, el Banco de Alimentos mantiene activa una ayuda de emergencia destinada a cubrir casos urgentes. La organización trabaja con 47 asociaciones, muchas vinculadas a población migrante, además de atender directamente en la nave del polígono a 22 familias diarias.
A ello se suman los que llegan sin cita, con hambre inmediata: «Los que vienen porque no tienen nada para comer ese día«.

Las cifras anuales muestran el alcance real de esta labor: unas 3.000 familias atendidas directamente y otras 5.000 personas derivadas por asociaciones, lo que sitúa en torno a 8.000 los beneficiarios anuales.
El perfil, además, ha cambiado: «Cada vez viene más gente y el número ha aumentado muchísimo en los últimos años«, destaca Villaseñor. «Muchas son personas migrantes, pero también trabajadores con empleos precarios que no pueden asumir todos los gastos de un hogar». Y añade una reflexión que resume la magnitud del problema:
«En Cuenca hay mucha más necesidad de la que nos creemos. En los despachos se hacen las cosas muy bien, pero hay que pisar la calle«.
Los casos de pensionistas son especialmente delicados: «Si cobras una pensión mínima y tienes que pagar alquiler y los gastos propios de la casa, no te llega para comer«.

«Es mejor recoger alimentos que dinero: la gente confía más»
Villaseñor defiende que las campañas presenciales, con voluntarios en los supermercados, son más eficaces:
«Para nosotros es mejor recoger los alimentos directamente. En algunos supermercados se hace donativo en la caja, pero la gente desconfía más de adónde va ese dinero«. Esa desconfianza, asegura, ha reducido la cantidad total que entra en el almacén.
El Banco de Alimentos mantiene campañas en primavera, junio y noviembre, tanto en la capital como en varios municipios de la provincia. Villaseñor conoce esta dinámica como pocos: «Soy voluntario desde 2009. Después me eligieron presidente en Madrid, en la Federación del Banco de Alimentos, y luego en Cuenca«.
Una de sus prioridades ahora es garantizar el relevo: «Estamos metiendo gente joven para que esto continúe«.
Una realidad que golpea: «No hay picaresca, hay necesidad»
El presidente no rehúye la parte emocional de su labor: «Es muy duro cuando vienen a pedir. No hay picaresca, hay mucha necesidad«.
Relata casos de migrantes que llegan con sus hijos tras haber dejado atrás su país y su vida entera: «Vienen sin nada y hay que ayudarles. Tienes que ponerte en su lugar. Es muy duro pedir«.
Confiesa que ha vivido situaciones que le han «partido el corazón» y que lleva marcadas desde hace años.

El reparto se realiza con criterios estrictos: se pide documentación, se exige estar empadronado y un equipo que actúa como asistente social estudia cada caso antes de conceder la ayuda. «Con la documentación familiar analizamos la situación y decidimos si podemos ayudar«, indica.
Voluntarios que sostienen el día a día
Junto a Villaseñor trabaja un equipo de voluntarios que se han convertido en indispensables.
Uno de ellos es Alejandro Checa, que lleva 15 años colaborando con la entidad. «Cada vez viene más gente a solicitar ayuda«, afirma. Su implicación nació casi por casualidad: «Me hice voluntario en una recogida de alimentos y desde entonces no lo he dejado. Me gusta ayudar porque la situación de quienes vienen puede ser la mía mañana«.

También está José García, natural de República Dominicana. «A mí también me ayudaron en su momento, por eso me hice voluntario», recuerda. Desde que se jubiló, hace 15 años, participa en las campañas y en cualquier tarea necesaria: «Ayudo porque un día estuve al otro lado«.

Un futuro incierto con una demanda creciente
El Banco de Alimentos afronta los próximos meses con la satisfacción de haber cerrado una campaña sólida, pero también con la inquietud de una demanda social que no deja de crecer.
Villaseñor resume la situación en una frase que atraviesa todo el reportaje:
«Es muy duro pedir… y cada día hay más personas obligadas a hacerlo«.
