Como cada mes de diciembre, las calles de Horcajo de Santiago comienzan a transformarse. El frío, la pólvora y las voces del pueblo anuncian la llegada de una tradición única, una celebración que desborda devoción y que convierte a este rincón de la provincia en un lugar distinto a cualquier otro.
Se trata de El Vítor, fiesta declarada de Interés Turístico Regional, una ceremonia que no solo se vive sino que se siente, se hereda y se respira pasión por los cuatro costados. En ella se funden fe, memoria y pertenencia, hasta formar un solo latido colectivo que recorre el pueblo de noche entera.
El nombre propio de esta ocasión es el de José Manuel Arquero, vecino del pueblo e inspector de la Policía Nacional en Madrid, quien será el encargado de portar el estandarte de la Inmaculada en una de las procesiones más largas, intensas y queridas de la cristiandad. Lo hará movido por una promesa que arrastra desde la adolescencia.
Una promesa hecha de adolescente
A José Manuel nadie lo inscribió siendo niño, como suele ocurrir en tantas familias de Horcajo de Santiago que tienen apuntados a sus hijos desde la cuna arrastrados por esa devoción que se transmite de generación en generación. Incluso reconoce que “a lo mejor no soy el prototipo de persona que saca el estandarte en el aspecto” por este motivo.
Él mismo se apuntó con apenas 14 o 15 años, en un momento complicado de su vida.
“Mi madre estaba enferma y pensé que pedirle a la Virgen sacando el estandarte era lo más bonito que podía hacer por ella”, recuerda a El Digital de Cuenca. Su madre, Rosario, muy devota, aceptó la promesa. Desgraciadamente, poco después falleció, un 20 de noviembre como el día en el que conversamos con él, justo 30 años después. A pesar de que ese ofrecimiento “no se cumplió” explica que en “ese interrogatorio interno entre mí mismo” llegó a la conclusión de que “tenía que sacar el estandarte” en agradecimiento a todo lo que se ha cumplido, lo que siguen pidiendo y por cualquiera de sus vecinos señalando que le tendrán ese día como “portador de sus anhelos y de sus peticiones”.
“A mí el Vítor siempre me ha apasionado”, confiesa José Manuel. Aunque en los últimos años su participación ha sido más discreta: tras la muerte de su padre hace ocho años, y al no contar con ese apoyo fundamental, se ha sentido menos acompañado y no ha podido vivir la festividad con la misma intensidad ni pasar tantas horas en el pueblo como antes. “He ido todos los años con la misma devoción, pero no tanto como antes”, añade.
La expectativa por este Vítor para José Manuel es enorme. “Se juntan muchas emociones”, reconoce. La memoria de sus padres está muy presente: “Lo que más me gustaría sería que estuvieran aquí y me vieran llevando el estandarte porque tiene que ser increíble poder portar el estandarte y darle a tus padres para que vitoreen. En este caso no lo voy a poder tener, pero eso no quiere decir que no lo vaya a sentir también. Que aunque no estén presentes físicamente, yo los voy a llevar en cada minuto del recorrido”. A esto se suma la conexión con su abuelo, que hace 80 años portó el estandarte por primera vez: “Pensar que voy a hacer lo mismo que él hizo, cómo él quería a la Virgen y cómo vivía el Vítor, es un orgullo enorme”.
Un inspector que nunca ha faltado al Vítor
Mientras habla, José Manuel mantiene la serenidad de quien está acostumbrado a manejar la presión —lleva 26 años en la Policía Nacional y actualmente trabaja en la Brigada Provincial de Información de Madrid, unidad antiterrorista—, pero su voz cambia cuando habla del pueblo.

“He estado destinado tres años en Sudán, en la Embajada de España, con muchísimo trabajo, pero ni así me perdí un Vítor. Cambiaba turnos, hacía encaje de bolillos… para mí era más importante que la Navidad”, confiesa. Esa fidelidad resume bien lo que significa la fiesta para muchos horcajeños.
La pasión por el Vítor no es solo una cuestión de tradición o de pueblo; para José Manuel es una parte esencial de su vida. “Cuando conocí a mi mujer, una de las primeras cosas que le dije fue que el Vítor es para mí. Incluso después de 14 años juntos, sigo diciendo que ese día es mi única ‘independencia’ en el Vítor”, confiesa. Reconoce que, para quienes no son de Horcajo, la intensidad de la celebración puede resultar abrumadora: “A veces nos ven como vándalos o bárbaros, pero no entienden esta devoción que llevamos hasta el límite”.
La procesión del Vítor en Horcajo de Santiago, que se extiende desde la tarde del 7 de diciembre hasta bien avanzado el día 8, no tiene una hora de finalización fija: la marca, de algún modo, el propio pueblo. Durante más de 24 horas, los vecinos claman al unísono: “¡Vítor la purísima concepción de maría santísima concebida sin mancha de pecado original, ¡Vítor, Vítor, Vítor!”. Para quienes nunca lo han vivido, la repetición puede resultar impresionante y hasta desconcertante.
Como explica José Manuel, portador del estandarte este año, “todo hay que remontarse a cuando el dogma de la Inmaculada Concepción no estaba aún asumido por la Iglesia ni por la sociedad. Era una reivindicación, el pueblo en ese aspecto fue pionero e insistió para que ese dogma se pudiera realizar. Hoy se sigue repitiendo para que nadie lo olvide”. En ese grito colectivo se mezclan memoria, devoción y emoción: es un momento para recordar a los abuelos, los padres y los seres queridos que ya no están, abrazados y vitoreando juntos. “La Virgen nos une y nos hace olvidar las cosas malas. Para muchos, Horcajo no empieza ni termina el año el 31 de diciembre, el pistoletazo de salida o cierre del año es el Vítor”, concluye.
Un legado familiar que regresa 80 años después
La historia familiar añade ahora una capa más de emoción. En 1945, su abuelo materno, el padre de Rosario, portó también el estandarte. Ocho décadas después, José Manuel repetirá aquel gesto.

“Mi abuelo me contaba cómo era el Vítor en la posguerra: había mucha necesidad, que los caballos los dejaban gente del pueblo. Los preparativos estaban menos trabajados, porque no había dinero, porque España era otra, el pueblo era otro. España ha cambiado mucho”, poniendo como ejemplo que el estandarte se utilizaba hasta que prácticamente no se podía sacar más por el uso, hoy en día se dona casi cada año.
Artesanía, afecto y manos anónimas detrás del estandarte
A pocas semanas de convertirse en el portador del estandarte, José Manuel confiesa sentirse nervioso, aunque también emocionado por todo lo que implica la celebración. “Este año he descubierto que el Vítor no se reduce solo a los días 7 y 8 ni a los tres portadores. Detrás de la procesión hay muchísima gente trabajando de manera anónima, haciendo posible que todo salga adelante. No te puedes hacer una idea del esfuerzo y la dedicación que hay detrás”, explica. Para él, la fiesta no es solo un acto de devoción personal, sino un verdadero trabajo colectivo en el que participan amigos, familiares y vecinos, muchas veces sin reconocimiento público.
Hay un trabajo silencioso, artesanal y profundamente afectivo detrás de cada detalle de personas que lo hacen de manera desinteresada.
La mantilla del caballo —que lleva bordados los nombres de sus padres, Rosario y Nino— la ha realizado su hermano Julio al que está “muy agradecido” porque también señala que lo ha vivido como si fuera una prolongación de “las manos de mi madre”.
El pecho petral está elaborado por Ana, la mujer de Luis, quien portó el estandarte dos años atrás. “Lo hizo sin pedirme nada, con total desinterés” lo que reconoce que es “emocionante que haya alguien con el que tampoco tienes mucha relación” se ofrezca de esta manera.
El cabezón del caballo, uno de los elementos más icónicos del Vítor, recayó en las manos de Angelita, una artesana cuya dedicación ha marcado décadas de la festividad. Al principio, dudó por el desgaste de sus manos y la vista, pero al recordar a Rosario, la madre de José Manuel, decidió aceptar el desafío: “Como no voy a hacérselo al hijo de Rosario, si viviera su madre no me necesitaría a mí, lo haría ella y lo haría el más bonito del mundo, aunque me duelan las manos, yo al hijo de Rosario le tengo que hacer el cabezón”, le confesó.
La entrega y el tiempo invertido por Angelita son solo un ejemplo del esfuerzo de quienes trabajan tras bambalinas: José Manuel los considera verdaderos artesanos, personas a las que no habría dinero que pudiera compensar su talento y generosidad.
Truhán, “una persona dentro de un caballo”
También Truhán, el caballo con el que recorrerá las calles la noche del 7 al 8 de diciembre, tiene su historia.
“Cuando Diego me dijo que iría con Truhán me aseguró que es ‘una persona dentro de un caballo’: un caballo blanco muy bonito, noble, tranquilo y acostumbrado al estruendo del Vítor”.
El próximo 6 de diciembre será el tradicional “fogueo”, cuando los animales se familiarizan con los cohetes y la pólvora que marcan la identidad sonora de esta celebración.
El peso emocional de una noche única
José Manuel admite que, por trabajo, no ha podido prepararse físicamente tanto como le habría gustado, pero confía en la fuerza emocional que envuelve la procesión.
Para él “El Vítor es familia, unión y amistad” y señala que “es de todo el pueblo y siempre sale bien”.
Para quien nunca lo ha vivido, recurre a una imagen rotunda: “Es algo así como el Rocío cuando sale la Virgen, refleja muy bien lo que es el pueblo en esos dos días”.
Un mensaje de agradecimiento y unidad
De fondo está siempre el mismo mensaje: agradecimiento. A quienes han trabajado con él, a su familia, a los amigos y al pueblo entero.
El mensaje de José Manuel, a escasos días de vivir El Vítor, es sobre todo de agradecimiento. Agradecimiento a su familia, a sus amigos, a Angelita, a Ana, a Luis, a sus hermanos y a su mujer, quienes lo han acompañado y apoyado en la preparación de esta festividad.
También extiende su gratitud al pueblo en general, recordando que detrás de cada detalle hay manos anónimas que hacen posible la magia de esta fiesta. Su deseo final es que todos disfruten de la fiesta, que sea un momento de alegría compartida y que la unión que se siente frente a la Virgen se prolongue más allá de estos días, acompañando al pueblo durante todo el año.
Un Vítor que se recordará durante generaciones
El 7 de diciembre, cuando caiga la noche y el pueblo vuelva a gritar “¡Vítor!” una y otra vez, José Manuel cerrará una promesa hecha hace tres décadas y abrirá un nuevo capítulo de una tradición que atraviesa generaciones.
Será un Vítor especial. De los que dejan huella. Y de los que se recuerdan toda la vida.