El dramaturgo y Premio Nobel de Literatura de 1922, Jacinto Benavente Martínez (Madrid, 1866 / 1954), tiene una calle en Cuenca, que comunica el Paseo de San Antonio con la calle Álvaro de Luna. Según recoge José Luis Muñoz en el recomendado libro “Diccionario de andar por casa”, el Ayuntamiento de Cuenca acordó dar el nombre de esa calle por acuerdo municipal del 29 de noviembre de 1950.
Pero Cuenca no solo recuerda a Jacinto Benavente desde hace 71 años con una calle junto al Paseo de San Antonio, sino que también supo darle el puntual homenaje en la distancia. Fue el 7 de enero de 1931 y lo organizó la revista “Magister”, en nombre de los maestros de la provincia de Cuenca. El acto resultó todo un éxito, pues se llenó el Teatro Cervantes, que se encontraba en el lugar donde hoy está situado el deteriorado edificio de los “sindicatos”; un edificio, el del viejo Teatro Cervantes, que fue derribado cuando alcanzaba solera, en esos años en los que la Corporación municipal de turno utilizó la piqueta para derruir en lugar de buscar la solución de la rehabilitación para edificios señeros. Y el Teatro Cervantes lo era con su historia de cine, comedia y arte de Talía.

Aunque el homenaje a Jacinto Benavente fue un éxito, la revista “Magister”, dirigida por Augusto Martínez de Castro, daba paso a la información de “La Opinión” y a un suelto en “Abc”, lanzando algún cañamón a quienes habían hecho mutis por el foro: “Lo que sí queremos subrayar, porque esto interesa a los maestros, es que el Teatro se vio muy concurrido; que personas ajenas por completo al campo de la enseñanza nos ayudaron material y moralmente con un desinterés digno de todo encomio, y, por qué no decirlo, que otras en cambio, obligadas a prestar su ayuda por el cargo que desempeñan y porque, aunque no lo quieran, son maestros como los demás, y nada más que eso, se comportaron de manera a nuestro entender poco digna; que seis pesetas, cuando se disfruta de un sueldo de diez u once mil, es bien poca cosa en la economía y mucho para juzgar el espíritu de clase en cada uno de nosotros”.

El periódico “La Opinión” recogía que “anoche, y con el Teatro Cervantes rebosante de público, tuvo lugar el acto de homenaje que los maestros de la provincia de Cuenca rindieron al insigne literato Jacinto Benavente, con la presencia del alcalde de Cuenca, Juan Ramón de Luz y personalidades de la vida cultural conquense. El director de la Compañía “Juan de Orduña” que con tanto éxito ha venido actuando en este coliseo, señor de Orduña, leyó las cuartillas en que el culto archivero municipal y profesor de la Sección de Letras de este Instituto Nacional, D. Cándido Pérez Gasión, hacía la ofrenda del homenaje”.
Las palabras de Pérez Gasión, en boca de Orduña, no tenían desperdicio: “El Magisterio Español, menguado de bolsa y ahito de hidalguía y nobles ideales como los Infanzones de Castilla, como el bueno de Alonso Quijano, como los fanfarrones y valientes soldados de los tercios flamencos, no podía olvidar que, al margen de las aulas escolares, un hombre, un compañero prodigioso, mago de la inteligencia y artífice de la pluma, cultivaba el alma de las multitudes con las bellezas de su escena y que, como ellos, guiaba en la cotidiana labor de las inteligencias a la verdad, las voluntades y los sentimientos del amor, poniendo en sus enseñanzas tal encanto, tan fuerte sugestión, que muy lerdo o muy necio el alumno tenía que rendir su conciencia a tan hondas sugerencias”.

Después, el “veterano” aficionado conquense, Desiderio Lozano, leyó “Los intereses creados”, tras lo cual se representó la comedia “El nido ajeno”, en la que las actrices Blanca Erbeya, Elena Montserrat y Felicidad Lázaro, lucieron sus dotes teatrales junto al primer actor, Juan de Orduña, y los actores aficionados conquenses Martínez y Martí, revelándose este último también como cantante. Otro actor, De la Riva, recitó el monólogo “Un cuento inmoral”.
Cuenca aún pondría su paisaje en 1954 para el rodaje de la película “Señora ama”, basada en el texto de Jacinto Benavente.
DON JUAN HABLÓ DE DON JACINTO
Los maestros pidieron también la colaboración del cronista de Cuenca, Juan Giménez de Aguilar, para el homenaje a Benavente, de quien destacamos estos párrafos: “Abandonemos el tinglado y los polichinelas de la antigua farsa y salgamos de este paso resbaladizo e inevitable para buscar los horizontes y meridianos en que don Jacinto suele situar sus admirables comedias; que es como buscar el camino que el hombre bueno, de exquisita sensibilidad y talento extraordinario sigue para tocar el corazón de los niños grandes y corregir imperfecciones de las sociedades humanas”.
“Para ello el Maestro –nunca más justificada esta palabra- convirtió en escuela aconfesional el escenario, y ofrece una admirable colección de textos de sana doctrina, para quien trate de seguir en el mundo una serie de imperfecciones”. (En la imagen de la revista “Magister”, los actuantes en el homenaje).
(Datos: www.elblogdecuencavila.com Facilitados por José Vicente Ávila)
RESUMEN BIOGRÁFICO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
Según los datos de la Real Academia de la Historia, Jacinto Benavente Martínez “nació en el seno de una familia de la clase media acomodada. Su padre, Mariano Benavente, fue un conocido médico pediatra, hombre culto y muy aficionado al teatro, lo que permitió al futuro dramaturgo conocer desde niño a los escritores y actores que pasaban por su casa. El propio dramaturgo contó en Recuerdos y olvidos, las memorias que cubren su trayectoria biográfica hasta 1901, cómo en la biblioteca familiar alternaba sin prohibiciones las lecturas de libros de medicina con las literarias, y cómo ya desde niño sus juegos se orientaban hacia la actividad teatral.

Tras terminar sus estudios en el Instituto de San Isidro, y forzado por su padre a estudiar una carrera universitaria —primero probó la Ingeniería y más tarde, en 1882, el Derecho, en la Universidad de Madrid—, a la muerte de éste (1885) abandonó los estudios y, con la comodidad que le permitía la economía familiar, se dedicó exclusivamente a la literatura: tertulias, bohemia, viajes por España y Europa, empresario de circo, lecturas de autores extranjeros que serían determinantes en su obra.
En enero de 1899, salió a la luz el primer número de su revista La Vida Literaria, que dirigió hasta el año siguiente, y su firma figuró desde entonces en revistas literarias como Electra, Alma Española, Helios, etc. Uno de los tempranos ejemplos de la permanente voluntad de independencia de Benavente, que significó una primera ruptura con algunos de sus amigos escritores, fue su negativa a firmar la protesta contra la concesión, en 1905, del Premio Nobel a José Echegaray, en la que participaron escritores como Miguel de Unamuno, Rubén Darío, Azorín, Ramiro de Maeztu, Pío Baroja, Ramón del Valle-Inclán o los hermanos Machado, y ello a pesar de que, desde el estreno de La comida de las fieras, Benavente había sido encumbrado por todos ellos, lo más representativos de la generación joven, como su portavoz en las tablas, como la alternativa nueva al anquilosado teatro del momento.
La importancia histórica de Jacinto Benavente reside, más que en una fecundidad —más de ciento setenta obras— alimentada por el éxito permanente, en una labor de modernización del teatro español que se prolongó durante las dos primeras décadas del siglo XX. En 1898, estrenó con éxito apoteósico La comida de las fieras, una brillante sátira de la aristocracia española. El vigor creativo de Benavente desplegó en los primeros años del siglo su originalidad renovadora en un buen número de piezas de muy diversos ambientes y géneros, que el autor nombró de varias formas: comedia dramática, de magia, de polichinelas, drama, juguete cómico, escenas de la vida moderna, poema escénico, novela escénica, etc.
Obras como La comida de las fieras, Lo cursi, Señora ama (1908) o La malquerida (1913) conforman la vertiente fantástica en la que tienen cabida dramas simbolistas como La noche del sábado, calificada de “novela escénica”; teatro infantil del tipo de El príncipe que todo lo aprendió en los libros (1909) o Y va de cuento (1919), recreaciones modernistas del teatro antiguo como Los intereses creados (1907), alegatos “patrióticos” como La ciudad alegre y confiada, teatro humorístico o teatro psicológico.
El ciclo de estos dramas, tal vez inspirados por las frecuentes estancias de Benavente en el pueblo toledano de Aldeancabo, lo completaría el autor muchos años más tarde con La infanzona (1945). Aunque en estas obras hay mucho más de abstracción convencional que de documento histórico, la perfecta construcción dramática y el penetrante sentido de la psicología de sus personajes se eleva por encima del lastre melodramático que contienen.

Tras su viaje a América en 1906 con la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, Benavente continuó estrenando sin parar sus nuevas obras. Estos años marcan el momento culminante de su producción, a partir de dos de sus piezas más destacadas, Los intereses creados y la ya citada Señora ama, que han seguido editándose como las más emblemáticas de su teatro. Propuesto por José Echegaray, Jacinto Octavio Picón y José Rodríguez Carracido, Benavente fue elegido académico en 1912 para ocupar el sillón L, vacante desde la muerte de Marcelino Menéndez y Pelayo, aunque nunca llegó a escribir su discurso de entrada a la Real Academia Española.
Durante los años siguientes Benavente continuó publicando artículos en la prensa, particularmente en Blanco y Negro, y gozando del favor de su público gracias a la continuidad de sus fórmulas dramáticas. En Argentina recibió la noticia de que le había sido concedido el Premio Nobel. Tras numerosos homenajes en su prolongado viaje por América —incluso fue nombrado hijo adoptivo de Nueva York—, regresó a España y recibió una calurosa acogida de su público, aunque, como sucedió en 1905 con la concesión del Nobel a Echegaray, el premio fue motivo de polémica.
A pesar de la edad —tenía setenta y tres años—, esta intensa actividad de Benavente en el último tramo de su vida se mantuvo gracias a un renovado reconocimiento colectivo que debió mucho a los homenajes oficiales pero también a lo explícito de algunas de sus nuevas obras. Aves y pájaros (1940), por ejemplo, es una pieza política en la que las dos Españas están representadas políticamente: a los pájaros les corresponde, en esta ocasión, representar a los vencidos. Abuelo y nieto (1941), La última carta (1914), La enlutada (1942), La ciudad doliente (1945) y otras recogen las reflexiones sociales y morales de un Benavente que plantea sobre las tablas un balance personal, coherente con su trayectoria ideológica, sobre la sociedad española de antes y después de la guerra civil. Murió en Madrid el 14 de julio de 1954 a los 87 años”.
