Con el regreso del otoño, Cuenca vuelve a vestirse de frío y de nostalgia. En plena calle Carretería, un pequeño puesto se ha convertido en cita obligada para conquenses y visitantes: el de Irene de la Torre Martínez, la castañera de la ciudad. Cuatro años atrás, Irene tomó el relevo de su madre, Ana María, y hoy representa la cuarta generación de una tradición que lleva abierta más de 20 años.
“Con nosotros empieza el otoño”, explica Irene a El Digital de Cuenca al mismo tiempo que trabaja pendiente de las castañas en el horno ataviada con el gorro tan característico que la identifica para la ocasión. El olor característico se esparce por la calle y recuerda a muchos al invierno que se aproxima.

Desde el 6 de octubre hasta mediados de febrero, la castañera abre cada tarde, de lunes a viernes de 16:30 a 21:30 y fines de semana hasta las 22:00, ofreciendo castañas asadas y frescas, así como productos derivados como mermeladas, miel, licor, crema, marron glacé y las famosas pilongas, las más solicitadas por los clientes: “la gente es verlas y se las lleva” admite de la Torre quien estima que duran como mucho unos tres días hasta que se agotan.

El puesto mantiene precios que van desde los vasitos pequeños con una docena de castañas que cuestan 2,50 euros, los medianos 3,50 con docena y media; hasta los grandes de 6 euros que contiene dos docenas. Pero más allá del precio, Irene destaca la fidelidad y la alegría de sus clientes. “Nos sentimos muy queridos. Hay niños que mi madre vio crecer desde la tripa, han ido creciendo y aún vienen cada año”.

Lejos de perderse la costumbre, la tradición de las castañas asadas ha encontrado relevo entre los más jóvenes. Muchos descubren el sabor por primera vez y quedan enganchados: “vienen a preguntarme, les doy a probar y les gusta y vienen casi todos los días a comprarme”, cuenta de la Torre.
El trabajo requiere técnica: cada castaña tarda entre 7 y 10 minutos según su tamaño.

Cuando se le pregunta qué tiene este producto que lo hace tan querido por todos, Irene no duda en responder entre risas: “¡La mano que yo tengo!”. Y, tras la broma, añade que: “Es un fruto típico del invierno” dejando claro que es una de las mejores formas de combatir el frío.
Irene reconoce que ha aprendido todo de su madre, quien fue un referente durante 13 años y cuya presencia aún se nota entre los clientes. “Al principio la gente se sorprendía porque decía ¿y tú madre?”, muestra de la huella que ha dejado en varias generaciones conquenses.
A de la Torre le emociona ese cariño que los clientes siguen mostrando hacia su madre. Lo dice con humildad, recordando que al fin y al cabo solo se dedican a vender castañas, pero admite que ver cuánto la quieren y cómo la recuerdan “le alegra”.

Cuenta que su madre ya no puede seguir al frente del puesto, aunque confiesa que lo añora profundamente. “Hay que dejar paso a las nuevas generaciones”, explica. “Pero cuando se acerca y me ve asando, me pide que la deje un poco. Solo con ponerse el gorro se le ilumina la cara”, señala.
Aunque la ciudad ha cambiado y muchas tradiciones se pierden, el puesto de Irene sigue intacto. Es el único en la capital, un símbolo casi intangible de Cuenca que representa memoria, infancia y comunidad. “Esperemos que no lo quiten porque si no, la ciudad se quedaría sin castañas. Sería lo peor”, asegura.

Más que un negocio, para Irene el puesto es una forma de vivir el otoño y compartirlo con todos los que pasan por Carretería. “Es todo para mí —dice—. Espero estar aquí muchos años más, hasta que ya no pueda más, o hasta que me echen” bromea. Destaca que una de las cosas que más le gusta es ver la felicidad de sus clientes, especialmente la de los niños que, desde pequeños, se aficionan a las castañas y vuelven cada año.
En cada palabra de Irene se adivina el cariño que siente por su oficio. Cuando se apaga el horno, dice, le invade la tristeza: le cuesta separarse del aroma a castaña y del murmullo de la calle Carretería. Pero llega octubre, y con él, la ilusión de empezar de nuevo. “Ay, madre mía, ya está aquí otra vez mi puesto”, cuenta con ganas.

Con cada castaña que sale del horno, Irene mantiene viva una tradición que huele a infancia, a frío, a invierno y a Cuenca, y que convierte un simple fruto en un ritual colectivo que da la bienvenida a la estación más esperada del año.
De la Torre anima a todos los conquenses y visitantes a acercarse a su puesto para degustar las castañas y disfrutar del sabor típico del otoño.