Tras más de 40 años al frente del kiosco de prensa de la Avenida Miguel de Cervantes, Riánsares Rodríguez se ha jubilado, cerrando un capítulo histórico para Tarancón. Con su marcha, desaparece el último kiosco de la localidad, un lugar que durante décadas fue punto de encuentro y conversación para los vecinos.
Rian comenzó en 1985, con 25 años, sin experiencia previa, pero con ganas de trabajar y servir a la comunidad. “No creía que la gente me iba a apreciar tanto”, recuerda, pero con el tiempo su amabilidad y cercanía hicieron que el kiosco se convirtiera en un referente del barrio. Durante estas cuatro décadas, ha visto la evolución de la prensa, desde los grandes periódicos en papel hasta la era digital, y ha sentido cómo la pandemia y los cambios tecnológicos afectaron la venta diaria.
“Antes llevaba periódicos a los bares, a las peluquerías… pero cuando llegó el COVID y se decía que el papel podía contagiar, muchos dejaron de pedirlos”, cuenta en una entrevista con El Digital de Cuenca.
Lo que antes eran pedidos de varios ejemplares diarios, ahora se reducen a uno o ninguno. En los mejores tiempos, Rian llegó a vender entre 30 y 50 ejemplares de El País al día, y los fines de semana aún más; ahora entre diario vendía uno. “Este verano ha sido fatal, se nota mucho la crisis, la gente prefiere irse de vacaciones antes que comprar el periódico”, admite.
La clientela habitual que ha recibido es sobre todo personas mayores de entre 60 y 90 años que siguen fieles al papel, aunque cada vez son menos. “Muchos de mis clientes mayores han fallecido o están en residencias, y los jóvenes ya no compran prensa, tan solo a lo mejor si les piden realizar un trabajo de prensa la profesora”, reconoce.
El kiosco de Rian fue siempre un lugar de compañía. Vecinos que llegaban solo por un momento de charla, personas mayores que apreciaban su trato atento, e incluso visitantes que viajaban desde otros municipios solo para comprar el periódico, la recuerdan con cariño. Rian ha recibido flores, regalos y reconocimientos por su labor, incluyendo un homenaje del Ayuntamiento de Tarancón.
La despedida de Rian estuvo llena de emoción y gestos de cariño inesperados. Uno de los detalles que más la ha llamado la atención ha sido el de un cliente habitual de El País, un hombre que trabajaba en Hacienda y que también se jubila este mes que le mandó un ramo de rosas.
Aunque no fue el único detalle, durante todo el día recibió visitas constantes de vecinos que querían despedirse. “Yo decía que no me merecía tanto, que solo soy una persona trabajadora, como cualquiera”. Incluso el Ayuntamiento de Tarancón le rindió homenaje con una cesta de flores y un reconocimiento por sus 40 años prestando servicio a la ciudadanía. “Muchos me decían que se les iba su psicóloga, porque venían a desahogarse conmigo en el kiosco”.
Rian reconoce que, aunque muchos le han sugerido que dejara el kiosco en manos de alguien, eso no ha sido posible. “¿A quién dejo?. Mis hijos no quieren, y lo entiendo. Ellos trabajan en empresas donde ganan más y tienen tiempo libre. Esto es una esclavitud, y ya nadie quiere ese sacrificio”. Después de tantos años abriendo cada día sin descanso, sabe bien lo que supone mantener un negocio así. “El kiosco está en venta, quien quiera que se arriesgue y lo coja”, dice con serenidad, consciente de que los tiempos han cambiado y que este tipo de oficios requieren una dedicación que pocos están dispuestos a asumir hoy.
Entre las muchas anécdotas que Rian guarda de su kiosco, hay una especialmente curiosa, la visita inesperada del cantante Francisco, el intérprete valenciano que ganó el Festival de la OTI en los años 80. “Venía a Tarancón de vez en cuando porque tenía amistad con una clienta mía, y un día me dijeron que iba a pasar por el kiosco. Yo lo veía en la tele y estuvo comprando el periódico normal y corriente”, recuerda. “Llevaba gafas de sol, barba, vestido de paisano para que la gente no lo reconociera hasta que cuando supe que venía le dije: ‘Gracias por comprarme el periódico Francisco’ y me contestó: ‘si he venido varias veces lo que pasa es que no lo has sabido’”.
Además, hace apenas un mes, Rian vivió una de esas sorpresas que no se olvidan. Un matrimonio llegó hasta su kiosco desde Rivas, en Madrid, solo para comprar el periódico del domingo porque les gustaba leerlo en papel y claro, no encontraron nada cercano abierto un domingo.

La decisión de jubilarse comenta que le llegó casi sola. “Cumplía los 65 y me mandaron la carta de la Seguridad Social”, cuenta Rian. “Podía seguir trabajando y me daban un 20% más, pero mi hija cogió la carta y la rompió: ‘¡Mamá, ya!’.” El 1 de octubre, el mismo día de su cumpleaños, bajó la persiana del kiosco por última vez. “Por un lado me dio pena, pero por otro… ya venía el invierno, y he pasado mucho frío”, reconoce.
Ahora se encuentra inmersa en el proceso de ir recogiendo las cosas poco a poco en aquel espacio donde ha estado practicamente toda su vida.
Detrás de estos años de dedicación, también hubo sacrificios: muchos momentos familiares se perdieron por el trabajo, pero ahora la jubilación le permitirá disfrutar de su familia, viajar y tomarse la vida con calma. En sus más de cuatro décadas, asegura que “no ha faltado en el kiosco más que cuando he tenido a mis hijos” de la misma manera que apenas ha podido disfrutar de unas vacaciones. Admite que el sacrificio en su negocio le ha llevado a perder “muchos de mis hijos” asegura que ha sido de priorizar su trabajo y luego el resto lamentando que han crecido prácticamente sus tres hijos casi solos o gracias a la ayuda de su hermana.
Sus hijos, especialmente su hija menor, celebran poder compartir más tiempo con ella después de tantos años de entrega al kiosco.
Por ahora, afronta su jubilación con calma y una sonrisa. “Ahora quiero disfrutar de la tranquilidad, sin prisas, sin tener que levantarme temprano ni correr para preparar la comida”, confiesa. Piensa tomarse el invierno tranquila, disfrutar de su casa “que casi no la he pisado en 40 años” y pasar más tiempo con su familia. Aun así, sabe que no podrá estar quieta: “Algo me buscaré, ir al gimnasio o apuntarme a algún viaje del Imserso”.
Rian no solo deja un kiosco cerrado, sino un legado de cercanía y humanidad. Para muchos, será recordada por su sonrisa, su disposición a escuchar y ayudar, y por ser un verdadero corazón del barrio durante décadas. Aunque la prensa en papel decaiga, la huella de Rian en Tarancón seguirá viva en quienes la conocieron y la apreciaron.