La Vaquilla de San Mateo: cuando Cuenca late al ritmo de la maroma

Días más que importantes en Cuenca

El eco de las charangas, los pañuelos de colores de las peñas, las risas que se mezclan con los sustos y la ancestral vaca… Cuenca se transforma cada mes de septiembre para vivir la Vaquilla de San Mateo, una de esas fiestas que no se entienden con palabras, sino con sensaciones.

Basta subir al Casco Antiguo para comprobarlo: las calles se convierten en improvisadas plazas, la madera de los vallados recuerda a las antiguas maderadas del Júcar y el bullicio lo envuelve todo. Entre música, vino y viandas, las peñas marcan el ritmo de una fiesta que, más que vivirse, se contagia.

San Mateo

El pulso de la tradición

La devolución del Pendón, ese gesto cargado de historia que rememora la entrega de la ciudad a Alfonso VIII en 1177. Pero pronto el ambiente se enciende. Suena la música, se abre paso la maroma y la vaquilla aparece entre gritos, adrenalina y carreras improvisadas. La Plaza Mayor y las calles adyacentes se convierten en un improvisado coso taurino en el que la emoción se comparte sin distinción de edades.

El corazón de las peñas

Si algo define hoy a San Mateo son las peñas mateas. En cada local se cocinan calderetas, se improvisan bailes y se reparten abrazos como si fueran parte del menú. El espíritu es sencillo: compartir mesa, vaso y fiesta. Esa convivencia ha hecho crecer la celebración en las últimas décadas, hasta convertirla en una experiencia colectiva que cada conquense siente como propia.

San Mateo

Una fiesta que no se rinde

La Vaquilla ha sobrevivido a guerras, prohibiciones y hasta a un traslado forzoso a la plaza de toros en 1968. Y siempre ha vuelto, porque como ya advertía la prensa a finales del XIX, suspender San Mateo sería tanto como alterar la vida de la ciudad. En 2001 llegó el reconocimiento oficial como Fiesta de Interés Turístico Regional, pero para los conquenses el mayor título siempre ha sido el cariño y la participación de su gente.

San Mateo

Cuenca en estado puro

San Mateo es olor a pólvora y a guiso, es la música de una charanga a deshora, es correr junto a una maroma entre empujones y carcajadas. Es una fiesta que mezcla historia y presente, tradición y bullicio. Una cita que no se cuenta: se vive.

Y cada septiembre, cuando el sol cae sobre las hoces y la vaquilla pisa la Plaza Mayor, Cuenca vuelve a recordar que la historia también se celebra corriendo, cantando y, sobre todo, compartiendo.

Rafael Torres

Nacido en Cuenca. Estudiante del Grado de Periodismo en 4 ° curso en la Facultad de Comunicación de Cuenca
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