A nadie se le escapa la telaraña de satisfacciones rápidas en la que permanece atrapada la sociedad actual para entretener el día y pasar al siguiente. Uno de los filósofos más leídos en el mundo, el coreano Byung-Chul Han, ha escrito sobre las quiebras del mundo de hoy en su libro «No-cosas» para referirse a que el orden de las cosas duraderas que dan un sostén a la vida se ha sustituido por el orden digital de Google Earth y la nube, generando un entorno inestable donde habitar: «Nos encontramos en la transición de la era de las cosas a la era de las no-cosas… El mundo se torna cada vez más intangible, nublado y espectral. Nada es sólido».
No hace falta irse a Corea para encontrar buenas fuentes. La conquense Ana Mombiedro, que ha sido finalista a mejor docente de España en 2024, explicó a El Digital de Cuenca en qué consisten «las rutas buenas» de los neurotransmisores cerebrales, las que producen una satisfacción a largo plazo para evitar ser esclavos de la inmediatez y la ansiedad por el minuto que viene después.

Como neuropsicóloga, además de arquitecta y docente desde hace más de 15 años, especializada en percepción y aprendizaje, transmitió que el consumo urgente de contenidos digitales quizá no sea más que la punta de un iceberg, porque «el problema de fondo es que se rompe el sistema de recompensa del cerebro». Recomienda a sus lectores el libro «Dopamina» de Daniel Lieberman y Michael Long para entender que este neurotransmisor está constantemente siendo secretado por el Sistema Nervioso Central (SNC) y funciona por todo el cuerpo como el impulsor de las acciones trabajando con otros neurotransmisores como la serotonina, la oxitocina, etc. «Todo tiene que estar en equilibrio, debe haber una cantidad determinada de estos neurotransmisores por el cuerpo y sobre todo por el Sistema Nervioso Central», aclaró como base para entender su teoría de las rutas buenas.
EL MÓVIL EN LA ENTRADA DE CASA
En la actualidad se habla mucho de la dopamina, pero «no es tanto el neurotransmisor lo que interesa, sino por dónde viaja, es decir, si toma una ruta larga o una ruta corta». De forma que al acostumbrar al cuerpo a la ruta corta se generan muchas más conductas de adicción porque se consume muy rápido y el efecto también desaparece muy rápido: «Necesitas secretar más para que esté más tiempo en el cuerpo». Volverá sobre este argumento después.
Sin embargo, recalcó que la ruta larga es la más conveniente. Y puso un ejemplo: quien hace una dieta para dejar de comer tarta de chocolate cuando dice ‘este trozo no me lo voy a comer’ cumple una acción reforzándose a sí mismo. «Eso segrega dopamina y el hecho de aguantarse las ganas de comer la tarta (o de fumar un cigarro) está reforzando el camino largo de la dopamina produciendo mucha satisfacción», diferenció.
Por eso, animó a conseguir que el cuerpo funcione cada vez más tiempo así gracias a pequeños retos: «¡Esta noche no voy a usar el móvil y lo voy a dejar en la entrada de casa!». Se mostró convencida de que al día siguiente toca sentirse bien «porque haber tenido control sobre las propias acciones hace que todavía dure el efecto del bienestar». Y en el extremo contrario, no tener control sobre las propias acciones produce malestar. «Es una especie de resaca dopaminérgica», como se puede ver en el gráfico de las rutas de neuronas que transmiten dopamina de una región del cerebro a otra.

EL RIESGO DE QUERERLO TODO ¡YA!
También hay otra opción para cultivar la espera y domar el instinto. Tiene que ver con hacer deporte. En este caso, el conquense lo tiene fácil para disfrutar de la naturaleza relativamente cerca de su domicilio. «El esfuerzo que se hace con la actividad deportiva provoca que la satisfacción dure mucho más tiempo en el cuerpo», constató Mombiedro, quien resumió lo obvio: «Si lo queremos todo ya estamos malacostumbrando el cuerpo, y luego lo que pasa es que cada vez cuesta más encontrar satisfacción en aquellas cosas que nos conllevan una inversión mayor de esfuerzo».
El cerebro funciona anticipándose, o sea, sabe que va a recibir una recompensa y ya está buscando la siguiente. En términos anatómicos, Ana Mombriedo sostuvo que deja de funcionar la ínsula (por donde pasa la ruta larga de la dopamina, por el córtex prefrontal, la parte delantera del cerebro) y se activa la ruta corta que queda dentro del sistema límbico. «La diferencia es que cuando hacemos actividades cortas que nos dan una recompensa inmediata, el placer de esa recompensa cada vez nos dura menos. Mientras que si hacemos actividades que la recompensa tarde más tiempo en venir, la felicidad de haber obtenido esta recompensa nos dura más tiempo», insistió.


LAS MINI RECOMPENSAS DE LAS NOTIFICACIONES
Volviendo a la tesis de Han, compartida por Mombiedro, el smartphone hace que el otro esté cada vez menos presente y por eso animó a alejarse del teléfono e irse a dar un paseo por el bosque: «Estamos en un nivel de desesperación alto, me preocupa mucho». Precisamente comentó en la entrevista que acababa de llegar de un viaje de 10 días a Nueva York donde se ha dado cuenta de que no se mira tanto el móvil mientras se mantiene una conversación en grupo: «Aquí veo una dependencia más grande, la gente está mirando el teléfono constantemente, yo creo que es para recibir esa recompensa de si hay alguna notificación, porque las notificaciones son como mini recompensas, hay mini recompensas por todos lados».
A la larga, el peligro de vivir en esta esfera narcisista es que cuesta tomar buenas decisiones porque se merma la capacidad de reflexión: «No nos da tiempo a reflexionar realmente, porque es todo tan rápido que la información no llega a ser procesada. No tomas ninguna decisión».

LA NO-EDUCACIÓN
Aplicando la tesis del filósofo se podría calificar de no-educación la cultura de la inmediatez en el ámbito de los más pequeños. De hecho, la especialista Mombiedro señaló el grave problema al que se enfrenta la sociedad cuando este asunto se traslada a cómo se educa a los niños.
«Si haces esto, te doy lo otro. Si te vistes, te doy no sé qué», sería la frase que resume el drama.
A su juicio, es «horroroso» que se pase al sistema social el hecho de hacer algo por la recompensa que va a venir después. «¡No puede ser ese el motor que dirija nuestras acciones, tiene que ser otro!», exclamó. Y ese otro motor sería una motivación intrínseca en aras de una conciencia plena que lleva a disfrutar del aquí y ahora. En este sentido, Mombriedo destacó la posibilidad de invertir el dinero en experiencias, a ser posible con otras personas, antes de arrojarse sin frenos a los brazos del consumismo de comprar objetos: «Hay que pasar tiempo con otras personas, practicar la escucha activa y, por supuesto, alejarse del teléfono y la tecnología».
Esta es la fórmula de Ana Mombiedro cuando el mundo se vacía de cosas y se llena de información inquietante que no dura mucho. Su fórmula para no sentir la necesidad imperiosa de nuevos estímulos es utilizar el cuerpo, moverse más, prestar atención a las cosas silenciosas y discretas, habituales y comunes. Y así es como no tiene la enfermedad del corazón, porque sabe amar.
