A las 12:00 del mediodía, cuatro viajeros llegaban a la parada de autobús de la calle Mariano Catalina, con un destino común: la estación del AVE Fernando Zóbel. Todos con billetes en la mano y una hora de margen. Suficiente, pensaron. Pero no contaban con el protagonista invisible de esta historia: un autobús lanzadera que nunca llegó.
A esa hora, Leonor, Marta, María José y Javier no se conocían. Cuatro vidas distintas, cuatro trayectos separados hacia Madrid, Albacete y Alicante, y un punto de conexión que pudo haber sido el inicio de una pequeña catástrofe logística. La marquesina, o lo que queda de ella tras un accidente ocurrido hace más de un mes, no ofrecía ni sombra ni garantías de seguridad. Apenas un refugio simbólico bajo el sol, que a esas horas ya comenzaba a apretar con fuerza.

El servicio lanzadera, que se anuncia como de frecuencia cada 15 minutos, brillaba por su ausencia. A las 12:35, cuando ya debían haber pasado al menos dos autobuses, no había pasado ninguno. Tampoco un panel informativo que indicara en tiempo real la prevision de llegada. Ni una señal de cuándo, o si, llegaría alguno. Las miradas entre los cuatro eran cada vez más elocuentes. No hacía falta hablar para compartir la angustia de una idea creciente: vamos a perder el tren.
Fue entonces cuando Javier tomó la iniciativa. Consultó la hora, valoró la distancia, y decidió hacer lo que, según él mismo confesaría después, debería haber hecho desde el principio: llamar a un taxi. Por fin se rompió el silencio entre ellos.
—¿Vais todos a la estación? —preguntó.
Tres afirmaciones casi al unísono, con la expresión de quien ha avistado tierra firme tras naufragar en alta mar. Compartieron taxi, compartieron la incertidumbre del reloj y, por unos minutos, compartieron destino. A las 12:49 el taxi llegaba a la estación.. Y, con el corazón acelerado, los cuatro alcanzaban la estación justo a tiempo para tomar sus trenes de las 13:00.
Esta vez, llegaron. Esta vez, el tren no se escapó. Y aunque el calor, la marquesina rota y la lanzadera ausente no ayudaron, se llevaron consigo una anécdota compartida entre desconocidos. Un pequeño milagro urbano bajo el sol de Cuenca. Eso sí, no gracias a ese transporte público.
