El viaje de Petra comenzó mucho antes de que las ondas telefónicas cruzaran la provincia de Cuenca. Nació en 1914 en un escenario que hoy parece de otra época: un molino de agua para moler trigo situado a unos cuatro kilómetros de Belmontejo, en dirección a Albadalejo, justo donde confluyen el río Marimota y el Júcar, a las puertas de lo que hoy es la cola del pantano de Alarcón. Allí, entre los baños estivales al terminar la siega y jornadas de pesca en un río que entonces «era de los de verdad», transcurrió una infancia feliz pero breve.
La realidad golpeó pronto. En 1925, cuando Petra apenas tenía 11 años, falleció su padre, el bisabuelo Mateo. Mariano Moya, su nieto, relata con emoción en conversación con El Digital de Cuenca cómo su abuela retendría para siempre una impactante escena de su niñez: «Recordaba cómo el ataúd lo habían trasladado desde el propio molino al pueblo, al cementerio, en un burro». Ante la pérdida del molinero, la viuda y sus hijos —entre ellos los hermanos de Petra: Cremencio, Valeriano y Eugenia— tuvieron que abandonar el aislamiento del río y trasladarse al casco urbano de Belmontejo. Tuvieron que buscarse la vida en el pueblo y, como medio de subsistencia, la familia se dedicó a «cocer pan para ganarse la vida».
El éxodo de los sesenta y el cordón umbilical del teléfono
Para entender la importancia de la labor que Petra desempeñaría años después, es necesario radiografiar el Belmontejo de mediados del siglo XX. Entre 1900 y 1960, el municipio gozaba de una intensa actividad agrícola, manteniendo una población estable de entre 700 y 800 habitantes. Sin embargo, la llegada de la industrialización, la mecanización del campo y la posterior concentración parcelaria de los años 70 desencadenaron un éxodo rural masivo.
«Toda la gente joven del pueblo se fue», explica Mariano. Las grandes capitales como Madrid, Barcelona o Valencia fueron destinos habituales, pero hubo uno especialmente significativo para los vecinos de esta localidad: Mondragón, en Guipúzcoa. La expansión de cooperativas como Fagor demandaba una ingente cantidad de mano de obra en la metalurgia vasca. La propia familia de Petra se fracturó por esta migración; dos de sus cuatro hijos se marcharon al norte.
Aquel fenómeno transformó los veranos en una fiesta nostálgica. «La llegada de los tíos y primos en agosto se asemejaba mucho a los flujos migratorios actuales del Paso del Estrecho; llegaban uno o dos autobuses llenos de gente que venía del norte». Las vacaciones eran un oasis de alegría que se tornaba en «una tristeza tremenda el 31 de agosto», cuando los emigrantes debían partir y dejaban al pueblo sumido en el silencio invernal. La población cayó en picado: de 800 habitantes en los sesenta pasó a 500 en los setenta, a 300 en los ochenta, hasta llegar a la actualidad, donde «no estarán ni 100 personas allí».
Fue precisamente en esa horquilla crítica de vaciamiento, entre los años 60 y 80, cuando Petra asumió un papel fundamental para la supervivencia emocional de la comunidad.
La llegada del teléfono rural
Aunque la memoria digital o la inteligencia artificial suelan fechar la llegada de las redes telefónicas a estos entornos rurales bien entrados los años 70, la memoria viva de la familia de Petra corrige los datos oficiales. Con motivo de este reportaje, Mariano contrastó recuerdos con su padre Arsenio —nacido en 1940— y con sus tíos, logrando fijar con precisión el origen del servicio.
Su padre cumplió el servicio militar entre 1961 y 1962, y para entonces «ya podía hablar con mis abuelos, que tenían el teléfono del pueblo ya en casa». De este modo, queda constatado que a principios de la década de los sesenta, la tecnología de manivela ya se había instalado en el pasillo de los abuelos. Otra fecha clave en el registro familiar nos lleva a 1972: ese año nació la hermana pequeña de Mariano, y su tío, que se encontraba trabajando en Barcelona, se enteró del nacimiento de su sobrina a través de una llamada que Petra atendió y transmitió en el hogar.
‘La habitación del teléfono’ y el misterio del encargo
¿Cómo llegó aquel aparato de madera y metal a una vivienda particular de Belmontejo? Sigue siendo un misterio dinástico. En aquellos tiempos de franquismo, «quien partía el bacalao en las provincias eran los gobernadores civiles», apunta Mariano. Los gobernadores poseían una autoridad gubernativa total, poniendo y quitando alcaldes a su antojo. Aunque el abuelo de Mariano llegó a ser alcalde en su época, y su tío Ángel en tiempos más recientes, la familia desconoce si hubo un proceso de selección o si las autoridades simplemente «fueron al pueblo, preguntaron y decidieron ponerlo ahí mismo».
El centro neurálgico de las comunicaciones se ubicó en una vivienda notable, con acceso por dos calles (Penosa y Horno) y que albergaba el trasiego habitual de la vida ganadera de la época, con ovejas, corral de gallinas y cerdos. Al trasponer la puerta de la calle Horno, un pasillo ancho recibía al visitante. Allí, en un espacio expuesto de apenas un metro cuadrado delimitado por un tabique, se instaló el teléfono auxiliar para el público, una suerte de cabina abierta sin intimidad alguna.
A la izquierda de ese pasillo se habilitó un habitáculo diminuto que a día de hoy conserva de manera inamovible el nombre de ‘la habitación del teléfono’ (aunque hoy albergue literas para los niños de la familia). Era el despacho de Petra. Allí reposaba el teléfono principal de manivela, un cajoncito cerrado para recaudar el importe de las llamadas y una clavija de distribución que permitía desviar la línea exterior hacia el aparato del pasillo cuando el usuario iba a realizar su “conferencia”.
El engranaje técnico: de la dinamo a la centralita
El funcionamiento del sistema requería una coreografía de paciencia y esfuerzo físico. Cuando un vecino de Belmontejo quería realizar una llamada, Petra tomaba los mandos del aparato principal y hacía girar la manivela de forma enérgica. “La manivela accionaba una especie de dínamo que producía un poco de electricidad y eso daba señal a la centralita de San Lorenzo de la Parrilla”.
Al otro lado de la línea, en San Lorenzo de la Parrilla, operaban las verdaderas ‘chicas del cable’ de la comarca: dos hermanas, una de las cuales se llamaba Leonor, y su empleada, Leonor Quirán, una mujer que todavía vive. Del mismo modo, en la localidad de La Almarcha, existía otra centralita que estaba controlada por las hermanas Luis Moya (Esther, Gloria y Carmen), primas de la familia.

Una vez que Petra lograba el contacto con la centralita de La Parrilla, solicitaba el número exterior. Los operarios de la centralita gestionaban la conexión y, tras unos minutos de espera, “devolvían la llamada” a Belmontejo. En ese instante, Petra movía la clavija de su habitación, pasaba la señal al pasillo y el vecino podía hablar.
Portadora de marrones y alegrías
El servicio inverso, el de recibir llamadas, era el que más movilizaba al pueblo mediante los denominados “avisos de conferencia”. Si un pariente desde el exterior deseaba contactar con alguien de Belmontejo, llamaba a la centralita de La Parrilla: “Oye, di a la tía Petra en Belmontejo que a tal hora esté allí mi madre, que quiero hablar con ella”.
A partir de ahí se activaba el reparto de los formularios de aviso, unas hojas de un característico color amarillento donde Petra anotaba a mano el nombre del destinatario y la hora fijada para la cita telefónica. Si los nietos andaban cerca de la casa, eran los encargados de salir corriendo por las empedradas calles para entregar el papel. Mariano rememora con nostalgia a sus seis o siete años, recorriendo el pueblo para dar los recados a cambio de “alguna propinilla de la época”. El vecino notificado acudía puntual a la casa de Petra a la hora convenida y aguardaba a que el teléfono sonara.

Esta mecánica convirtió a Petra en el pulmón informativo, sufriendo en primera persona el impacto de las noticias. “Para bien o para mal, mi abuela se comía todos los marrones de noticias malas que pasaban, y también las buenas”. El suceso más dramático grabado en el seno familiar fue un pavoroso accidente de tráfico en el que perdieron la vida los padres y los dos hijos pequeños de una familia muy querida y emparentada con ellos. Un amigo telefoneó desde el exterior para dar la alarma. Mariano evoca el testimonio de su hermano, que presenció cómo la abuela llegó a la casa familiar “llorando a lágrima viva: ¡Ay, madre mía, que se han matado Salvador y Carmen y los críos! Hay que decírselo a las familias”. Aquella jornada, Petra asumió el dolor de notificar la tragedia a una de las ramas familiares, mientras que su hijo Arsenio se encargaba de la otra.
Pero no todo eran lágrimas. Por el auricular de Petra entraban también los primeros llantos de los nietos nacidos en la distancia, los anuncios de bodas y los éxitos de los hijos que habían prosperado en la emigración. Ella era el altavoz que conectaba los modestos pisos obreros de los barrios industriales del norte con la Castilla profunda. Su tía Delfina, a sus 84 años, recordaba cómo al llegar a Mondragón no había teléfonos en las casas humildes y debían recurrir al “barecillo” de enfrente de su colonia, cuyo dueño salía a la calle al grito de “¡Delfina, que llama tu madre!”, permitiendo que madre e hija conversaran a cientos de kilómetros de distancia gracias al puente tendido por Petra.
Un ramo de flores y «hasta luego Lucas»
A pesar de la enorme responsabilidad y la esclavitud horaria que suponía gestionar la comunicación de un pueblo entero durante más de dos décadas, las instituciones y las grandes compañías trataron aquel esfuerzo con una llamativa indiferencia. El tío de Mariano insiste de forma tajante en que se destaque este hecho: “Jamás, nunca, mi abuela recibió nada en absoluto, ni del Ayuntamiento ni de la entonces Telefónica”.
En una época de monopolio absoluto de la Compañía Telefónica Nacional de España, el servicio se prestaba por puro altruismo y vocación comunitaria. “Cero remuneración y cero indemnización”, recalca Mariano. El único privilegio que disfrutó la tía Petra a lo largo de su carrera fue una pequeña concesión de vecindad y compañerismo con las telefonistas de la centralita de La Parrilla: cuando era ella la que necesitaba realizar una llamada familiar, le decía a la operadora: “Oye, que es una llamada que voy a hacer yo”, y no se la cobraban. Ese fue todo su salario.

La jubilación del oficio llegó con el desembarco de los teléfonos individuales en las casas, allá por los años 80. Inicialmente se instaló un listado exiguo de apenas 20 o 30 abonados debido a los elevados costes que suponía pagar la cuota de alta. Con el tiempo, los vecinos descubrieron las ventajas de la autonomía y el servicio domiciliario se generalizó.
En ese instante histórico, la figura de la telefonista de manivela se volvió obsoleta. La compañía Telefónica dio por concluido el servicio en la casa de la calle Horno con un frío protocolo. “La despidieron con un ramo de flores y hasta luego Lucas, así quedó la cosa”. Los operarios ni siquiera se molestaron en retirar los viejos aparatos de pared, que quedaron en propiedad de la familia como reliquias de un tiempo donde la voz de una mujer de luto riguroso —que guardó la ausencia de su marido desde que este falleciera en 1978— era el único hilo invisible que mantenía unido al pueblo con el resto del mundo.
El cajoncito de las pesetas y el viaje a La Parrilla
El aspecto financiero de aquel servicio público domiciliario se gestionaba con una contabilidad tan rudimentaria como transparente, basada en la confianza absoluta entre Petra y las operadoras de la comarca. “Una vez terminada la llamada, manivela otra vez a San Lorenzo de la Parrilla. ¿Cuánto hay que cobrar? Y entonces a mi abuela le decían tantas pesetas”, explica Mariano, desvelando que la tecnología de la vivienda carecía de contadores o tasadores integrados. El importe exacto del servicio descansaba en el criterio de las telefonistas de la centralita.
Aquel dinero recaudado en metálico se depositaba religiosamente en un rincón específico de la vivienda: “Le pagaban a mi abuela y eso se quedaba ahí en el cajoncito”. Cada cierto tiempo, sin una periodicidad fija calculada en la memoria familiar, Petra se veía obligada a realizar un desplazamiento físico para liquidar las cuentas del Estado. “Mi abuela subía a La Parrilla con la recaudación, pues este es el dinero que hay del teléfono. Se lo daba ahí a las hermanas y me imagino que las hermanas, pues a la Telefónica o yo qué sé”.
El misterio de la facturación y el contraste con Madrid
Mariano matiza de forma rigurosa la mecánica del gasto en una época donde los conceptos de consumo telefónico resultaban abstractos para la población rural: “Cuando recibían llamadas, quien pagaba era el que llamaba. Entonces ahí no se cobraba nada. Pero cuando se hacían llamadas por alguien de Belmontejo, pues una madre o un padre que querían hablar con su hijo que se había ido a Mondragón, entonces llamaba, conferencia con Mondragón, tal número”. Al concluir la comunicación, se repetía el ritual de la manivela para pedir la tarifa a la centralita.
A sus 57 años —nacido en 1969—, Mariano aclara las diferencias históricas en la tarificación de la compañía: “Anteriormente a la facturación por euros, había lo que se llamaba facturación por pasos y se medían las llamadas por pasos, que eran como unidades de medida que no eran de tiempo, sino otro misterio”. Posteriormente, Telefónica se vio obligada por vía judicial a tarificar por la duración exacta en minutos. Pero en los tiempos de Petra, el sistema era todavía más primitivo y dependía enteramente de los parámetros manuales que aplicaran las operadoras del nodo central. “Mi abuela ni sabía cuánto, ni cómo, ni por qué”.
A pesar de esa falta de control técnico, los precios que dictaba la centralita causaban sorpresa entre quienes regresaban temporalmente al municipio. Mariano conserva nítidos recuerdos de su infancia presenciando aquellas transacciones: “Venía gente a llamar por teléfono ya que había salido fuera y que venía ya con posibles, por así decir, y cuando mi abuela daba el precio, recuerdo algún comentario de decir: ‘Jolín, pues sí que es el teléfono barato’”. Para aquellos emigrantes acostumbrados a los costes de la vida urbana en Madrid o Barcelona, las conferencias gestionadas por Petra resultaban extraordinariamente económicas. “Es como hoy en día si te tomas una cerveza o un café por Madrid o te lo tomas en Belmontejo; la sensación que tienes es que es muy barata porque la tarificación allí parecía menor”.
El pasillo de la calle Horno: un zaguán de tertulias y esperas
Lejos de ser una oficina pública o una cabina aislada en mitad de la vía, el punto de conexión de Belmontejo formaba parte de la intimidad del hogar familiar. La gente no accedía a un espacio municipal, sino que llamaba directamente a la puerta de la vivienda. “Era la casa nuestra, la casa de mi abuela. Le abría la puerta y ya está, sin más ni más”.
El zaguán se transformaba diariamente en una sala de espera comunitaria donde se mitigaban los nervios previos a la comunicación. Cuando los nietos entregaban en mano los característicos impresos amarillos por el pueblo, los vecinos acudían con antelación a la cita. “Tía Petra, que me han llevado los chicos un aviso para esta tarde. Pues sí, de una a siete. Mi abuela tenía ahí una silla o dos en el pasillo y allí esperaban”.
Mientras Petra permanecía en su pequeña habitación aguardando a que el aparato de manivela recibiera la confirmación de San Lorenzo de la Parrilla, en el pasillo ancho de la entrada se generaba un espacio de socialización espontánea. “La persona se sentaba, hablaban allí tal y cual, esperando la llamada, y cuando ya sonaba el teléfono, pues: ‘Ya está aquí’. La gente siempre iba un poquillo antes, no iba a ir a ajustar, ajustar, y bueno, pues allí, tertulia, ya sabes, a charlar”.
Aquel trasiego constante obligaba a la telefonista a compartimentar su vida doméstica y sus obligaciones laborales sin recibir un solo céntimo a cambio: “Mi abuela, mientras tanto, pues dejaba sus animales, o su costura, o su comida, y a atender al teléfono porque era lo que tocaba. Gratis total”.
Urgencias sin horas y un cajón de madera en la pared
El servicio telefónico de Belmontejo no disponía de un servicio ininterrumpido de veinticuatro horas para asuntos ordinarios, sino que se regía por el sentido común y las rutinas del campo. “Había horarios. Los avisos de conferencia y eso pues eran a media mañana o a media tarde, no había horas intempestivas”.
No obstante, el aislamiento del municipio y la inexistencia de cualquier otra vía de comunicación obligaban a romper cualquier norma horaria cuando la situación revistía gravedad. “Las urgencias, pues supongo que cuando fuera, claro. Como no había más teléfono que aquel, pues si había que avisar a alguien de algo gordo, pues venga”. En esos instantes nocturnos o de madrugada, la casa de la calle Horno se abría de inmediato para canalizar las necesidades de los vecinos.

Al ser preguntado por la naturaleza física del mítico aparato que gobernaba la estancia, Mariano corrobora la estampa clásica del teléfono rural que aún custodian con celo: “Era como un rectángulo, más o menos. Era como un cajón de madera” fijado firmemente a la pared, la herramienta principal con la que Petra cosió las distancias de su pueblo durante décadas.
Postales, propinas y el «ecosistema de recados»
El reparto de los avisos de conferencia durante los meses de invierno recaía directamente sobre los hombros de Mariano y su hermano Jesús, mientras que en la temporada estival se sumaban a la tarea sus primos procedentes de Mondragón. “Si no sabían alguna casa o algún nombre porque no conocían, pues ya venían con nosotros”, relata Mariano. Las dimensiones del pueblo y la cercanía familiar facilitaban la distribución: “Mis abuelos y nosotros vivíamos, vivimos, muy, muy cerca. Mi tío Ángel también, y mi tío Eusebio, que ya murió, pues también. Si vivimos todos allí muy cerquita. Entonces la abuela nos daba una voz: ‘Mariano, o Jesús, vete a dar un aviso’, y nos daba el papelote”.
Para los niños, aquella obligación diaria albergaba sus pequeñas recompensas materiales y estratégicas: “¡Ya sabíamos nosotros las casas buenas para que nos dieran alguna propina! Íbamos de mejor agrado porque sabíamos que allí iba a caer algo. Y la gente, pues si era época de huerto, te daba algún pepino, algún tomate, alguna cosa… siempre había por allí algo para los chicos”.
Aquel sistema manual constituía el único puente inmediato con el exterior en una época donde el correo postal mostraba una lentitud exasperante. “En aquel momento las comunicaciones eran correo postal, que tardaba. Yo, por ejemplo, estudié en Uclés en los 80 y le escribía prácticamente todas las semanas a mis padres porque era la única manera que tenían de saber de mí y yo de ellos. Nos carteábamos, pero tardaba mucho tiempo en llegar y en volver la correspondencia. La otra alternativa era el teléfono de la abuela Petra”.
Por ello, salvo en las ocasiones en que se presentía una desgracia, la llegada de los niños con el papel amarillento era motivo de alegría: “Era una forma de tener noticias. Si se estaban esperando malas noticias, pues con preocupación, pero en general los avisos eran un momento de poder hablar con un familiar tuyo que a lo mejor llevaban un mes sin saber”.
La dureza del campo y la llegada del IRYDA
La gestión desinteresada del teléfono rural convivía con unas rutinas domésticas y agrícolas de extrema dureza. El Belmontejo de los años 60 y principios de los 70 carecía de comodidades básicas y comercios estables. “Allí no había tienda; había horno y tienda. Había que ir a Valverde o a San Lorenzo de la Parrilla para comprar las cuatro cosas. A última hora, había un hombre allí, Victorio Calleja, que se encargaba de ir a La Parrilla por pescado que venía una vez a la semana, a lo mejor sardinas y cuatro cosillas. Todo lo demás eran animales del corral, se hacían las matanzas y se guardaba todo en aceite para pasar el invierno”.
En ese contexto, el reparto de tareas estaba rígidamente estipulado: “Un mundo en el que no había agua en las casas; íbamos a por agua a la fuente. Los hombres estaban todo el día en el campo y las mujeres se hinchaban a trabajar sin agua en las casas, sin más gas que la lumbre para guisar y para todo. Era el juego al que había que jugar y cada uno sabía lo que tenía que hacer”.

A finales de los sesenta y principios de los setenta, la fisonomía del municipio experimentó una sacudida histórica con las expropiaciones para el trasvase Tajo-Segura —documentadas en boletines oficiales de 1972— y la posterior concentración parcelaria capitaneada por el IRYDA (Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario).
“Antes de la concentración eran todo minifundios, pequeñas parcelas pensadas para trabajarlas con mulas y segarlas a mano; mis padres se han hecho a segar a mano desde los siete años”, apunta Mariano. Los ingenieros agrónomos del IRYDA tuvieron que desplegar encajes de bolillos para unificar las tierras en parcelas eficientes de 5 o 10 hectáreas, respetando únicamente los preciados huertos familiares. Aquella reforma trajo los primeros caminos de grava, ordenó las ramblas y permitió el acceso de tractores y cosechadoras. El campo se mecanizó y la carga física disminuyó, pero el goteo migratorio ya era irreversible y la población se había reducido a menos de la mitad. A medida que el pueblo se vaciaba de residentes fijos, la dependencia del teléfono de Petra para comunicarse con la diáspora no hizo más que aumentar.
El mandil de la posguerra y el final silencioso del servicio
La autoridad afectiva de Petra en el municipio se había fraguado mucho antes de la instalación del aparato de manivela, hundiéndose en las privaciones de la posguerra española. “Tengo referencias de buenas acciones de mi abuela al terminar la guerra. A ellos les tocó vivirlo en primera persona y en el pueblo hubo muchas familias que pasaron situaciones muy duras de hambre”.
Aprovechando que en la casa del molino y la posterior vivienda urbana disponían de cierta estabilidad gracias al ganado y al pan, Petra practicó una solidaridad silenciosa con los más desfavorecidos. “Venía gente a la casa simplemente a ver lo que podía ella dar, y daba lo que podía la mujer. Me consta que los hijos de aquellas personas, coetáneos de mi abuela, saben que algunos días mi abuela les salvó de una situación seria. Parece que iban y la tía Petra siempre tenía por ahí alguna cosilla escondida en el mandil”.

Por esa razón, cuando la modernización tecnológica de los años 80 extinguió el servicio de telefonía rural compartida, la transición se asumió con la naturalidad propia de la gente del campo. El pasillo recuperó su anchura original al derribarse el tabique del locutorio improvisado, y la «habitación del teléfono» pasó a albergar literas para las nuevas generaciones.
“Mi abuela lo vivió con normalidad. Supongo que le pondrían, como a los demás abonados del pueblo, el teléfono ya particular y diría: ‘Bueno, un menudo descanso, que ahora cada uno se apañe como pueda’. Era una función que le producía faena gratuita, pero que siempre prestó de buen agrado. Como antes nacían las cosas y se morían, sin más, con esa naturalidad y sin dar más explicaciones”. Telefónica se desentendió por completo de la infraestructura obsoleta. “Ni siquiera vinieron a recoger los aparatos, aquello se quedó allí. En nuestro caso, ahí murió la cosa”.
Del cajón de madera al pregón de la plaza
Hoy en día, el viejo teléfono de manivela —un terminal rectangular de madera oscura, del tamaño aproximado de una caja de zapatos, coronado por dos timbres metálicos y provisto de una manivela lateral— permanece guardado por el tío de Mariano como una reliquia histórica. “Yo llevo sin verlo 40 años”, confiesa Mariano con nostalgia, “lo tengo grabado con los ojos de un niño, que claro, me parecería todo más grande de lo que realmente es”.
El valor histórico de esta experiencia comunitaria está a punto de recibir su primer reconocimiento público. Felipe Melero, encargado de ofrecer el pregón de las fiestas de Belmontejo en septiembre de este año, se encuentra recabando imágenes de archivo para rescatar del olvido la crónica del municipio. Melero, que acostumbra a proyectar documentales de una hora de duración en la plaza del pueblo durante las noches de verano, rescatará la figura de la telefonista ante sus paisanos.
A nivel digital, el recuerdo de Petra ha vuelto a encenderse recientemente. Una vecina de unos 60 años, que se crió puerta con puerta con la telefonista, contactó con Mariano tras ver una imagen del viejo teléfono en redes sociales: “Mira qué imagen ha visto mi hija por ahí en Facebook, qué bonito recuerdo”.
Mariano también reflexiona sobre el abismo generacional que separa aquella época de la hiperconectividad del año 2026: “El cambio exponencial fue pasar de su situación a tener teléfono todo el mundo en casa. Mi abuela se perdió el salto a los móviles inteligentes, pero si pensamos en la perspectiva de mi padre, que tiene 85 años y ha labrado con mulas y segado con la hoz, y ahora tiene móvil… o mi suegro, que ya mira las redes y usa WhatsApp… esas personas sí que han experimentado un cambio extraordinario”.
A través de las páginas que ahora se escriben, la memoria de la tía Petra abandona el ámbito estrictamente familiar para dejar constancia de una época donde la comunicación no dependía de satélites ni de cables de fibra óptica, sino de la voluntad indomable, el mandil y la voz de una vecina de Belmontejo.
Sin buscar protagonismo, sin cobrar por ello y sin imaginar que décadas después su historia serviría para recordar cómo un pequeño teléfono de madera consiguió mantener unido a todo un pueblo.
Quizá por eso la historia de Petra Ruiz trasciende la anécdota tecnológica.
No habla solo de un aparato de madera o de una centralita manual. Habla de una mujer que, sin uniforme, sin salario y sin reconocimiento, se convirtió en el puente entre un pequeño pueblo de la Serranía conquense y un país que empezaba a cambiar. Fue, probablemente, la primera telefonista de Belmontejo y, durante muchos años, la voz que mantuvo unidas a decenas de familias cuando la emigración comenzó a separarlas.
Hoy cualquiera puede llamar a Australia desde un teléfono móvil en cuestión de segundos. Entonces, para escuchar la voz de un hijo, primero había que llamar a casa de la tía Petra.