Cuando Eduvigis Navarro García y Braulio llegaron a Las Cañadillas a finales de los años cincuenta, no encontraron un barrio. Encontraron un paraje apartado de Cuenca, sin agua corriente, sin electricidad y con escasas comunicaciones con la ciudad. Allí, donde apenas había nada, decidieron construir una casa, formar una familia y comenzar una vida que, con el paso del tiempo, acabaría formando parte de la propia historia de Las Cañadillas. Venían de Campillos Sierra, como tantos jóvenes de la Serranía de aquella época, empujados por el deseo de abrirse camino y buscar horizontes lejanos, en una especie de viaje íntimo que, salvando las distancias, recuerda al espíritu de los colonos que se adentran en tierras desconocidas para empezar de nuevo.
Aplausos para una vida
Ayer, durante el acto inaugural celebrado en Las Cañadillas, los vecinos dirigieron su mirada hacia quienes estuvieron aquí cuando todo estaba por hacer. El aplauso dedicado a Eduvigis Navarro García resonó como un homenaje a la memoria de un barrio y a la generación que levantó sus primeros cimientos. El reconocimiento recordó también la figura de Braulio, fallecido en 2021, compañero de vida de Eduvigis y protagonista junto a ella de una historia que comenzó mucho antes de que existieran estas calles, estos servicios o esta comunidad tal y como hoy la conocemos.

Más que un homenaje personal, el acto se convirtió en un agradecimiento colectivo a quienes, con esfuerzo, sacrificio y perseverancia, ayudaron a transformar un paraje aislado en el hogar de cientos de familias.
De Campillos Sierra a un futuro por construir
Los nombres de Eduvigis y Braulio parecen llegados de otro tiempo. Y, en cierto modo, lo son. Ambos nacieron en Campillos Sierra, en el corazón de la Serranía de Cuenca, donde aprendieron desde niños el valor del trabajo, el respeto por la tierra y la importancia de la familia.
Cuando contrajeron matrimonio en 1958, Eduvigis tenía 22 años y Braulio 25. Eran jóvenes y tenían por delante una vida entera. Con la ayuda económica de los padres de ella comenzaron a construir una vivienda de dos plantas que se convertiría en el hogar donde crecerían sus hijos y donde transcurrirían los momentos más importantes de su historia familiar.
Aquella decisión exigía valentía. Las Cañadillas estaba entonces muy lejos de parecerse al barrio actual. No existían muchos de los servicios que hoy se consideran imprescindibles y llegar hasta allí requería rodear San Antón o atravesar el antiguo puente de hierro que cruzaba las vías del tren. El actual puente de Recoletas todavía no formaba parte del paisaje urbano. Pero las dificultades nunca fueron un obstáculo para quienes estaban acostumbrados a abrirse camino con esfuerzo y determinación.
Una vida ligada a la tierra
Como tantas familias de la época, Eduvigis y Braulio construyeron su futuro alrededor del trabajo agrícola y ganadero. Junto a la vivienda fueron levantándose almacenes para el cereal y dependencias destinadas a la crianza de gallinas, cerdos y conejos. Cada espacio respondía a una necesidad y cada mejora era fruto de muchas jornadas de trabajo.

Los primeros años estuvieron marcados por el cultivo de la vid. El padre de Braulio elaboraba vino para consumo familiar y las antiguas tinajas conservaban el resultado de cada vendimia. La pila donde se pisaba la uva era entonces una herramienta tan habitual como indispensable. Con el paso de los años, aquellos terrenos se orientaron al cultivo de cereal para alimentar a los animales de la explotación familiar. Primero se trabajó con la ayuda de un macho de labor y más tarde llegó el tractor, símbolo de una modernización que transformó la agricultura y alivió parte de la dureza de las tareas cotidianas.
La siega se realizaba inicialmente a mano. Después llegaron las máquinas. El grano se almacenaba para alimentar a los animales y la paja se guardaba cuidadosamente para aprovecharla durante todo el año. Era una economía donde nada se desperdiciaba y donde cada recurso tenía un valor fundamental para la supervivencia familiar.
El huerto, la familia y los días compartidos
La vida en Las Cañadillas también transcurría alrededor del huerto familiar. Tomates, judías, patatas y pimientos proporcionaban alimento para la casa y permitían vender parte de la producción a un reducido círculo de amigos y conocidos.
Sin embargo, más allá de las cosechas y los animales, lo que Eduvigis conserva con mayor emoción son los recuerdos de una familia unida alrededor de las tareas cotidianas. Entre todos ellos destaca la matanza del cerdo, una tradición que cada diciembre reunía a sus hermanos, llegados desde Campillos Sierra para colaborar en unos trabajos que combinaban esfuerzo, convivencia y celebración.

Mientras unos despiezaban el animal, otros preparaban el adobo para los chorizos, salaban los jamones o elaboraban las morcillas con cebolla y arroz. Eran jornadas intensas en las que cada miembro de la familia tenía una función y donde el trabajo compartido reforzaba unos lazos que el tiempo nunca ha conseguido borrar. Cuando recuerda aquellos días, Eduvigis suele resumirlos con una imagen sencilla y profundamente evocadora: «El olor a humo aún permanece en mis recuerdos.» En esa frase caben los inviernos de la Serranía, las reuniones familiares, las conversaciones junto al fuego y una forma de vida que hoy pertenece ya a la memoria de varias generaciones.
Los primeros vecinos de una nueva comunidad
Con el paso de las décadas, Las Cañadillas fue creciendo. Llegaron nuevas familias, se abrieron calles y mejoraron las comunicaciones y los servicios. Lo que había sido un paraje prácticamente aislado terminó convirtiéndose en un barrio vivo y plenamente integrado en la ciudad.
Eduvigis y Braulio fueron testigos privilegiados de esa transformación. No solo construyeron una casa. Junto a otros vecinos pioneros ayudaron a levantar una comunidad. Compartieron esfuerzos, preocupaciones e ilusiones con quienes llegaron después y contribuyeron a crear el espíritu de convivencia que aún caracteriza al barrio. Por eso su historia trasciende el ámbito familiar. Forma parte de la memoria colectiva de Las Cañadillas y también de la propia historia reciente de Cuenca.
La memoria de quienes llegaron primero
Braulio falleció en 2021, dejando tras de sí una vida de trabajo y dedicación. Su recuerdo continúa unido para siempre a estas tierras donde construyó su hogar junto a Eduvigis.
Hoy, cuando el barrio rinde homenaje a una de sus vecinas más queridas, también está reconociendo a toda una generación de hombres y mujeres que hicieron posible el desarrollo de este lugar cuando aún no existían las comodidades actuales y cuando el futuro dependía, sobre todo, de la voluntad de quienes se atrevían a construirlo.

Porque la historia de Las Cañadillas no comenzó con sus calles ni con sus edificios. Comenzó con personas como Eduvigis y Braulio. Personas que llegaron cuando todo estaba por hacer y que, con su trabajo, su constancia y su amor por esta tierra, ayudaron a convertir un paraje aislado en el hogar de cientos de familias. Y esa es una huella que el tiempo nunca podrá borrar.
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