Paula Usero está de actualidad por Esa noche, la nueva miniserie de Netflix en la que forma parte del trío protagonista en la que interpreta a Cris, pero en esta entrevista concedida a El Digital de Cuenca no habla primero de cámaras ni de rodajes, sino de raíces.
La actriz valenciana, conocida también por títulos como Amar es para siempre, #Luimelia, La boda de Rosa, La cocinera de Castamar, Las abogadas o Manual para señoritas, sitúa su mirada en Las Majadas, el pueblo de la familia de su padre, en plena Serranía conquense. “Nosotras siempre hemos tenido muchísima conexión con el pueblo”, afirma.

La actriz cuenta que sus abuelos se marcharon hace muchos años a Valencia, aunque ese desplazamiento no rompió el vínculo con la localidad. Al contrario: los veranos, la Semana Santa y las estancias familiares han mantenido viva una relación que hoy sigue sintiendo como propia. En su caso, Cuenca no aparece como un decorado ocasional ni como una referencia lejana, sino como una parte de su historia, de sus recuerdos y de su presente.
El pueblo al que siempre vuelve
Usero sitúa Las Majadas como uno de esos lugares que se quedan dentro. No habla de una visita esporádica ni de una vuelta puntual, sino de una presencia sostenida. “Voy casi todas las semanas”, asegura ahora, aunque en esta etapa esas idas al pueblo están muy ligadas al proyecto de ayuda a las colonias felinas en el que se ha implicado personalmente.

No deja de resultar llamativo que esa querencia por los animales dialogue también, en cierto modo, con Esa noche, la miniserie de Netflix que la ha devuelto a la primera línea y en la que, como se apunta en la entrevista, esa sensibilidad encuentra también un reflejo.
Aun así, su relación con Las Majadas va mucho más allá de esa causa concreta. En sus palabras hay memoria familiar, cariño por el entorno y una mirada muy consciente sobre la vida en los pueblos. “Yo adoro Las Majadas. Creo que es un lugar absolutamente precioso para vivir”, afirma.
Un enclave de naturaleza y memoria
La actriz reivindica el valor del municipio no solo desde lo sentimental, sino también desde lo que representa como espacio natural y humano dentro de la provincia. Habla de senderismo, de excursiones, de fuentes, de camping, de los Callejones y de esa forma de contacto con el paisaje que todavía conservan algunos pueblos de la Serranía.
“Creo que el pueblo permite tener un contacto con la naturaleza tan genuino, tan bonito…”, relata. En esa mirada aparece una idea de Cuenca muy alejada del tópico: no solo la postal de la provincia monumental o turística, sino también la de los pueblos pequeños que conservan una relación directa con la naturaleza, el silencio y el tiempo lento.
La herida de la despoblación
Pero en el relato de Paula Usero sobre Las Majadas no hay solo belleza. También hay preocupación. La actriz reconoce que, en los últimos años, ha percibido con claridad el avance de la despoblación, una realidad que golpea a buena parte del medio rural conquense.
“Se empieza a ver un poco la despoblación. Hay muchas personas mayores”, lamenta. Su reflexión conecta con una sensación compartida en muchos municipios de la provincia: la de pueblos con un enorme potencial paisajístico y vital que, sin embargo, van perdiendo actividad, servicios y relevo generacional.

En esa misma línea, Usero apunta a una de las barreras que, a su juicio, dificultan que más gente joven pueda asentarse en el medio rural: el acceso a la vivienda. “Me gustaría mucho que se facilitase el acceso a esas casas abandonadas para poderlas comprar. Creo que mucha gente joven estaría dispuesta a comprarlas pues por un dinero simbólico”, sostiene.
En su discurso aparece una idea clara: la de que la supervivencia de muchos municipios pasa también por facilitar que vuelvan a habitarse. No se trata solo de conservarlos como lugar de paso o destino de fines de semana, sino de hacer posible que recuperen vida cotidiana, vecinos y futuro. En esa reflexión late una voluntad de permanencia, no solo de recuerdo. La actriz no mira a Las Majadas desde la nostalgia inmóvil, sino desde el deseo de que siga siendo un pueblo vivo.
“Da tanta rabia sentir la despoblación”, admite. La frase, sencilla y directa, resume en buena medida el tono de su testimonio: afecto por el lugar, orgullo de pertenencia y tristeza por el desgaste que impone el paso de los años cuando faltan relevo, servicios y habitantes.
Cuenca como raíz
En mitad de la exposición pública que acompaña a cualquier actriz con presencia en la pequeña pantalla, Paula Usero devuelve el foco a un lugar mucho más pequeño, pero también mucho más personal. Lo hace hablando de Las Majadas como quien habla de una raíz, no de un eslogan.
Ahí reside buena parte del interés de su testimonio: en que sitúa a Cuenca en un plano de pertenencia real. No como reclamo, sino como vínculo. No como escenario, sino como herencia familiar, paisaje emocional y lugar al que sigue regresando.
Porque, mientras otros vínculos se diluyen con el tiempo, el suyo con Las Majadas permanece. Y lo hace, además, con la constancia de quien no solo recuerda de dónde viene, sino que sigue volviendo. Casi todas las semanas.
