Aurora, la mano que cuida una de las imágenes más esperadas del Martes Santo en Cuenca

Cada año vuelven la emoción, la intriga y la admiración por sus trajes, sus joyas y su forma de presentarse ante la ciudad

En la Semana Santa de Cuenca hay imágenes que no solo se ven: se esperan. Y pocas despiertan tanta conversación, tanta curiosidad y tanto cariño como Santa María Magdalena. Cada Cuaresma vuelve la misma pregunta, casi como un rito compartido entre nazarenos y devotos: qué llevará este año la Magdalena. Cómo irá vestida. Qué joyas lucirá.

Detrás de esa expectación está Aurora Garrote Armero, camarera de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Luz, que resume su labor con sencillez, pero también con todo el peso de una responsabilidad enorme: “me encargo de preparar las imágenes para la procesión, tanto del Cristo de la Luz como de La Lanzada y de María Magdalena, y de mantener durante todo el año los enseres y las capillas preparadas”.

Foto: Aurora Garrote, camarera Hermandad Stmo. Cristo de la Luz / Néstor Robayna

No se trata solo de vestir una talla. Se trata de custodiar una emoción colectiva. De preparar las imágenes que son un símbolo inseparable de la Semana Santa. Una de esas estampas que regresan cada año con fuerza renovada y que siguen provocando el mismo asombro, la misma conversación y la misma ternura.

Un ajuar con historia, memoria y devoción

La historia del ajuar de la Magdalena también forma parte de la leyenda sentimental de la Semana Santa de Cuenca. Aurora la conoce al detalle. Recuerda que la imagen “llega a Cuenca en el año 54” y que, a partir de ahí, comienza una tradición de estrenos, adaptaciones y cuidados que han ido construyendo la personalidad tan singular de la imagen.

“Don Emilio Sáiz, una vez que llega a Cuenca, empieza a confeccionarle el ajuar y siempre se presumía, y se decía, que con él cada año María Magdalena estrenaba algo”, explica. Cabe destacar que Emilio fue vital en la construcción de la Semana Santa de Cuenca en la posguerra.

Foto: Emilio Sáiz / Néstor Robayna

Ese gusto por renovar, por sorprender y por seguir enriqueciendo la presencia de la imagen no se ha perdido. Al contrario: forma parte de su identidad y de esa intriga anual que hace que muchos conquenses quieran descubrir, casi con la ilusión de quien abre un regalo, cómo aparecerá la Magdalena en procesión.

Aurora cuenta que la Magdalena “tiene muchos trajes, lo que pasa es que no todos se los podemos poner”. De la época de don Emilio conservan cinco trajes tal y como él los hizo, aunque actualmente solo uno puede seguir luciéndose en procesión por las adaptaciones y restauraciones de la imagen. A ellos se suman otros vestidos incorporados en las últimas décadas, entre ellos varios trajes de novia donados por hermanas y familias vinculadas a la hermandad, transformados después para la imagen con bordados, capas y nuevas piezas.

De hecho, uno de los más recordados, el marrón, nació precisamente así: “es un traje de novia de una hermana”, arreglado y enriquecido por el taller de bordado de San Julián. También el último traje completo, estrenado en 2022, fue “donado íntegramente por una familia”, otro vestido de novia, blanco, que volvió a confirmar hasta qué punto la devoción también se cose, se guarda y se entrega.

Más de una decena de posibilidades para una imagen siempre distinta

Hablar de cuántos trajes tiene exactamente la Magdalena no es sencillo, porque su ajuar no se compone solo de vestidos cerrados, sino también de cuerpos, faldas, capas, mantillas y piezas sueltas que permiten combinar y transformar su aspecto de un año a otro. Aun así, de las palabras de su camarera se desprende que la imagen cuenta con al menos una decena larga de opciones entre trajes históricos, trajes de novia adaptados y conjuntos para capilla.

Foto: Aurora Garrote, camarera Hermandad Stmo. Cristo de la Luz con vestidos de María Magdalena / Néstor Robayna

A los cinco de Don Emilio hay que sumar dos trajes de novia incorporados en los últimos veinte años —el que estrenó en 2022 y el que llevará en la procesión de 2026—, además de otros modelos confeccionados para capilla, como el morado de Cuaresma, el blanco y azul, el adaptado en tono amarillo oro viejo y nuevas piezas que se han ido realizando para enriquecer el conjunto. Más que una cifra cerrada, lo importante es entender que la Magdalena posee un ajuar amplísimo, vivo y en constante diálogo con su historia.

Y esa abundancia no es un capricho: es parte del misterio que la rodea. La ciudad sabe que la Magdalena puede reaparecer cada año con un aire distinto y, aun así, seguir siendo ella. Ahí nace gran parte de la intriga.

No solo importa el vestido: también las joyas que la ciudad mira con lupa

La expectación que levanta la Magdalena en Cuenca no se explica solo por los trajes. También por los pendientes, los broches, la corona y todos esos elementos que terminan de construir una imagen bellísima y llena de personalidad. Aurora lo deja claro: “no nos preocupamos solo de la ropa, sino también de todo lo que puede colaborar un poco con enjoyarla”.

Foto: Aurora Garrote, camarera Hermandad Stmo. Cristo de la Luz vistiendo a María Magdalena / Néstor Robayna

Y ahí reside buena parte del hechizo. Porque la Magdalena no solo sale distinta cada año en la memoria colectiva por el vestido que luce, sino también por esas joyas que tantos ojos buscan en cuanto aparece. Los pendientes, los broches, la corona, incluso la manera de combinar una pieza con otra, forman parte de una conversación que en Cuenca se repite desde hace décadas.

Aurora explica que “el año pasado estrenó unos pendientes de oro y perlas” y que, en los últimos años, también ha recibido distintos pares de pendientes y varios broches. Son regalos, donaciones y gestos de cariño que amplían el patrimonio sentimental de la imagen y que alimentan todavía más ese interés que la rodea. Porque la Magdalena, en Cuenca, no es una talla más: es una imagen que se contempla también en lo pequeño, en lo delicado, en aquello que solo se descubre cuando uno mira con verdadero amor.

La fascinación de las más pequeñas

Si hay una mirada especialmente fiel a la Magdalena, es la de las niñas. Aurora matiza que quizá no sea solo cuestión de edad, sino también de sensibilidad, pero reconoce un fenómeno que cualquiera que haya vivido la Semana Santa de Cuenca conoce bien: la atención que despierta esta imagen entre el público femenino y, muy especialmente, entre las más pequeñas.

Foto: Parte del Ajuar de Santa María Magdalena / Néstor Robayna

“Yo creo que muchas veces nos hemos sentido muy identificadas las mujeres con María Magdalena y al final somos generalmente nosotras las que nos fijamos en los cambios”, explica. Y añade, con una observación que retrata perfectamente lo que ocurre cada Martes Santo, que “a los hombres, al no ser que sea muy llamativo el cambio, les cuesta más fijarse en los detalles”.

Esos detalles son precisamente los que atrapan a las niñas: el pelo, el brillo de un pendiente, la caída de una capa, la delicadeza de una mantilla, el efecto de una joya sobre el conjunto. La Magdalena tiene algo que despierta asombro y cercanía. Algo que invita a mirar despacio. Algo que convierte la devoción en una primera lección de belleza.

La propia hija de Aurora, Leonor, ya vive esa emoción desde dentro. Cuenta su madre que sube con ella y que “ahora sube para vestir a la Magdalena pequeña”. Y en esa escena íntima, casi doméstica y profundamente nazarena, late una de las verdades más hermosas de la Semana Santa: que la fe, el gusto y el amor por las imágenes también se heredan.

Aurora, una camarera nacida del amor a la Magdalena

La relación de Aurora con María Magdalena no comenzó con un nombramiento formal, sino mucho antes, desde la devoción y la vida compartida con la hermandad. Ella misma lo explica con una frase que resume toda una biografía nazarena: “yo tengo dos imágenes dentro de mi Semana Santa particular, una es la Soledad de San Agustín y la otra es María Magdalena”.

Foto: Aurora Garrote, camarera Hermandad Stmo. Cristo de la Luz vistiendo a María Magdalena / Néstor Robayna

Cuando se produjo la renovación de la Junta de Diputación, la hermandad pensó en ella para ayudar a vestir las imágenes. No fue casualidad. Ya era camarera de la Soledad de San Agustín, de modo que sabían que tenía experiencia, sensibilidad y oficio. “Ya era camarera de la Soledad de San Agustín, entonces ya sabían que sabía hacerlo”, recuerda.

Primero entró junto a su prima Paloma para encargarse de vestir las imágenes. Después, al dejarlo ella, Aurora continuó prácticamente sola, con ayuda durante unos años de otra de sus primas. Y aunque oficialmente fue nombrada camarera hace unos cuatro años, en realidad llevaba bastante más tiempo ejerciendo esas funciones.

Su llegada, por tanto, no nace solo de una habilidad técnica, sino de un vínculo profundo con la imagen. “Para mí fue un orgullo que pensaran en mí y a partir de ahí entré y no lo dejé”, dice. Esa frase explica mejor que ninguna otra por qué sigue ahí: porque en su caso no hay solo una tarea, sino una forma de vivir la Semana Santa desde dentro.

Entre la responsabilidad y el sentimiento

Aurora habla de su tarea con una mezcla de orgullo, exigencia y emoción contenida. No lo vive como un adorno ni como una rutina, sino como una implicación total. “Intento cambiar, obviamente, de año en año y que el cambio sea un poco radical, para que no parezca que va siempre igual”, señala. Su criterio pasa por rotar los trajes, recuperar algunos que llevan tiempo sin verse y conseguir que cada salida tenga una personalidad propia.

Foto: Aurora Garrote, camarera Hermandad Stmo. Cristo de la Luz vistiendo a María Magdalena / Néstor Robayna

Pero detrás de ese trabajo hay mucho más que gusto estético. Hay memoria, intuición, horas de preparación y una enorme responsabilidad. “Cada uno tiene su esencia, y tiene su significado y su sentimiento”, dice al hablar de los distintos trajes. Por eso le cuesta elegir uno favorito: “disfruto con todos».

En esa forma de vestir a la Magdalena hay también una manera de entender la Semana Santa de Cuenca: no como un escaparate, sino como una suma de pequeños gestos de cuidado que hacen posible una emoción mayor. Aurora sabe que los comentarios llegarán, que habrá quien aplauda y quien prefiera otra línea, pero también ha aprendido a quedarse con lo importante. “Me afectan los comentarios de la gente, pues sí, no lo voy a negar, pero últimamente me están afectando mucho más los buenos”, confiesa.

Un año, 2026, con sabor a regreso

Para esta Semana Santa, Aurora tiene muy clara la inspiración. “Este 2026 lo he planteado como una vuelta al año 2008”, explica. Su idea es recuperar aquella estética con la que salió por primera vez uno de los trajes más recordados, manteniendo ese aire que tanto significado personal tuvo para ella. “Mi intención es sacarla a la calle tal cual salió en ese año 2008”, afirma.

Ahí vuelve a aparecer una de las claves de la Magdalena: la mezcla entre memoria y renovación. Cada año hay algo esperado, algo que se comenta, algo que se mira con curiosidad. Pero también hay un relato detrás, una intención, un recuerdo, una decisión cargada de emoción. Nada está puesto al azar cuando se trata de una imagen tan querida.

Símbolo de la Semana Santa de Cuenca

Aurora también es camarera de la Soledad de San Agustín, una de sus grandes devociones personales. Ella misma lo explica así: “yo tengo dos imágenes dentro de mi Semana Santa particular, una es la Soledad de San Agustín y la otra es María Magdalena”. Esa doble vinculación ayuda a entender mejor la hondura con la que vive este servicio.

Porque ser camarera no es solo estar en los días grandes. Es una dedicación que atraviesa todo el año, entre funciones, cultos, limpieza, conservación, arreglos y decisiones que casi nunca se ven desde fuera. Aurora lo resume con una frase que revela todo lo que hay detrás del brillo de una procesión: “esto lleva un trabajo y luego la capilla tiene que estar todo el año preparada y limpia”.

Foto: Santa María Magdalena Hermandad Stmo. Cristo de la Luz / Néstor Robayna

Y, sin embargo, cuando llega el momento decisivo, todo ese esfuerzo cobra sentido. Cuenca vuelve a mirar a la Magdalena con la misma mezcla de emoción y curiosidad de siempre. Vuelven las conversaciones sobre el traje, las joyas, los pendientes, la manera de llevar un broche o una mantilla. Vuelve ese comentario tan de la ciudad, tan de su Semana Santa, tan propio de una imagen convertida en símbolo.

Porque hay imágenes que salen a la calle. Y hay otras, como la Magdalena, que además despiertan un murmullo especial antes incluso de aparecer. Un murmullo hecho de intriga, de admiración y de cariño. Y detrás de ese instante esperado, sosteniéndolo en silencio con manos de fe, está Aurora.

/Fotos: Néstor Robayna/

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
Botón volver arriba