No son imaginaciones de los vecinos a la fresca, ni el clásico «siempre ha hecho calor en Cuenca». Los termómetros de la provincia respaldan con datos lo que la calle sufre cada día: los veranos se han vuelto más largos, más secos y, sobre todo, mucho más peligrosos. Estrenamos el mes de julio inmersos en una atmósfera asfixiante que no da tregua, un escenario de canícula extrema que ya se ha convertido en la norma de los últimos años y que arrastra consigo dos consecuencias directas y demoledoras: el riesgo extremo de incendios forestales en nuestra serranía y un coste humano alarmante.
La crudeza de este nuevo clima no se mide solo en grados centígrados, sino en vidas. Según los últimos datos del sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo) del Instituto de Salud Carlos III, Castilla-La Mancha registró un trágico balance de 30 muertes atribuibles al exceso de temperatura durante el pasado mes de junio. Lejos de dar un respiro, el inicio de julio ya suma tres fallecimientos más en la comunidad autónoma. Una realidad que golpea de lleno a una provincia con una población envejecida y especialmente vulnerable a los golpes de calor.
La década donde se rompió el clima
Para entender la magnitud del cambio, basta con echar la vista atrás y revisar los archivos históricos de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Al analizar la serie histórica (1955-2026) de la estación meteorológica de la provincia de Cuenca para los tres meses clave del verano —junio, julio y agosto—, salta a la vista una coincidencia térmica abrumadora: todos los récords absolutos y las medias más altas se han concentrado en el último lustro.

Si miramos las temperaturas máximas absolutas registradas en la provincia desde mediados del siglo pasado, los tres peores días de la historia reciente se agolpan de forma consecutiva en el calendario. El récord absoluto de junio se fijó hace apenas cuatro años, el 15 de junio de 2022, cuando se alcanzaron los 39.2 °C. El techo histórico de julio se registró ese mismo año, el día 14, pulverizando las estadísticas con unos asfixiantes 40.9 °C. Por su parte, el día más caluroso jamás registrado en un mes de agosto se vivió el 13 de agosto de 2021, momento en el que el mercurio rozó unos impensables 41.5 °C en la provincia.
Noches tropicales y tardes de asfalto
La anomalía no se reduce a días negros puntuales; el comportamiento general de los meses se ha desplazado por completo hacia el extremo cálido. El año pasado, junio de 2025 firmó la media de las máximas más alta de la historia de la estación conquense con 33.3 °C, registrando también la temperatura media mensual global más elevada con 25.3 °C.

Por su parte, el año 2022 mantiene el dudoso honor de haber cobijado el julio más agobiante desde que se tienen registros en Cuenca, con una media de las máximas de 36.1 °C y una media mensual de 27.7 °C, una cifra que dificulta enormemente el descanso nocturno. Incluso agosto, que históricamente tendía a refrescar a finales de mes en nuestra geografía, vivió su mes más caluroso hace apenas dos veranos, en agosto de 2024, al consolidar una temperatura media histórica de 26.5 °C, mientras que la media de las máximas más altas de ese mes se sitúan tan solo un año anterior, en 2023 con una temperatura de 34.6 de agosto del 2023.
Un polvorín en la Serranía
Este cóctel de máximas por encima de los 40 grados y medias nocturnas elevadas no solo pasa factura a la salud ciudadana. Los servicios de extinción de incendios de la provincia miran al monte con una preocupación creciente en este arranque de julio. La falta de humedad ambiental acumulada y el calor persistente transforman la masa forestal de la Serranía de Cuenca en un auténtico polvorín, obligando a mantener los niveles de alerta en umbrales muy altos de forma casi ininterrumpida.

Con las previsiones para las próximas semanas apuntando a que la tónica de olas de calor persistirá, las administraciones insisten en extremar las precauciones: evitar las horas centrales del día, cuidar de mayores y niños, y cumplir a rajatabla las restricciones en el medio natural. Los datos de la Aemet son claros; el clima de Cuenca está cambiando y la adaptación ya no es una opción de futuro, sino una urgencia del presente.