Del ERE de Mahle al mostrador de una panadería: Judit Jiménez encuentra la oportunidad para quedarse en este pueblo de Cuenca

En un giro del destino, Judit, una de las afectadas por el ERE de Mahle en la Manchuela Conquense, decide abrir una panadería en su pueblo, Campillo de Altobuey, para asegurar un servicio esencial y demostrar que tras una crisis puede surgir una oportunidad de arraigo y esperanza contra la despoblación

La decisión de quedarse o irse de los pueblos pequeños en España no es solo un asunto personal: define el futuro de servicios básicos, el cuidado de los mayores y la cohesión comunitaria. Tras un despido colectivo en la fábrica de Mahle en Motilla del Palancar, Judit Jiménez Martínez, de 32 años, apostó por sus raíces abriendo una panadería en su localidad, Campillo de Altobuey. Su historia ilustra las tensiones del mercado laboral, el peso de la familia y el valor social de emprender en la España rural, convirtiéndose en un símbolo de resiliencia y amor por la tierra.

El impacto del cierre de Mahle: «Vivir con miedo»

El despido masivo en la fábrica de Mahle fue un «batacazo gordo» para cientos de trabajadores y sus familias en la comarca. «Yo llevaba desde el 2014, […] ya llevaba más años que las máquinas», comenta sobre su larga trayectoria en una empresa que en sus inicios consideraba «familiar» desempeñando funciones como peón.

Lo que empezó como un rumor se convirtió en una dura realidad que provocó una movilización social histórica en la región. Judit, que estuvo vinculada a la empresa (antes Nagares) desde 2014, primero como autónoma y después en plantilla, vivió el deterioro del clima laboral. “Nos decían muchas mentiras… en agosto, enhorabuenas; en noviembre, 550 despidos”, recuerda. Ese giro impactó su salud mental: “Yo estaba con depresión… ir a trabajar para no trabajar me afectaba”.

Aunque no pudo unirse a las manifestaciones, sintió como propia la lucha de sus compañeros. «Se me pone el pie de gallina. Te ves a todos mis compañeros allí luchando», relata. El despido no solo afectó a individuos, sino a núcleos familiares completos que dependían de la fábrica. Para los que aún trabajan allí, el ambiente es de constante incertidumbre. «Allí ahora es vivir con miedo», explica. La amenaza de nuevos despidos mantiene a la plantilla «acojonada», ya que cualquier rumor puede convertirse en realidad meses después, afectando a personas con hipotecas o bebés recién nacidos. Pese a todo, desea que la empresa pueda recuperar algún día la estabilidad. «Ojalá dé un giro y vuelva a empezar a contratar gente».

Una nueva oportunidad: Panadería Vega

Ante la jubilación del panadero local, Senén, tras cinco décadas de servicio, y la perspectiva de tener que abandonar su pueblo para buscar trabajo en Valencia, el destino le presentó a Judit una oportunidad inesperada. Vio una necesidad inmediata y actuó. «Yo llevaba desde noviembre, cuando me echaron de Mahle, bastante agobiada sin trabajar. Me quería quedar en el pueblo por mi abuela, que ya no anda, y por toda mi familia. Cuando nos dijeron que dejaba la panadería pensé le dije a mi madre ‘Que la abro’».

En cuestión de días buscó local, tramitó permisos y el 8 de junio de 2026 abrió las puertas de su propia panadería, Panadería Vega.

Foto: Judit Jiménez/ Cedida

Aunque no pudo instalarse en el local original en la plaza del pueblo, encontró otro que antes fue una carnicería. El apoyo del ayuntamiento fue clave. «El ayuntamiento me facilitó todo súper rápido, me ayudó en todo lo que pudo y muy bien», agradece. La apertura exprés demostró que, con trámites ágiles y una red sólida, es posible activar un servicio esencial en días.

El anclaje en el territorio: un negocio con alma familiar

Para Judit, quedarse fue una decisión motivada por su compromiso con la comunidad y su familia, especialmente su abuela, con movilidad reducida. «Si nos vamos todos los que podemos hacer algo para el pueblo, el pueblo se convierte en una aldea», subraya. Su panadería no solo es un negocio, sino un punto de encuentro familiar. 

Fotos: Productos Panadería Vega/ Cedidas

La red de apoyo es la columna vertebral del proyecto. La panadería de su hermana en Iniesta, que adoptó el nombre ‘Vega’ por su sobrina, es el pilar logístico. Cada madrugada, a las 06:00, Judit hace el intercambio de producto. “Si no llega a ser por mi hermana, yo no podría hacer nada”. Su familia asume la producción, mientras ella vende, atiende y recoge pedidos.

Fotos: Productos Panadería Vega/ Cedidas

La panadería ofrece una amplia variedad de productos artesanales: desde bizcochos (coco, manzana, chocolate) y tartas hasta empanadas, tortas saladas y dulces tradicionales como los «sequillos» o las tortas de manteca. “En Campillo somos golosos”, afirma. Además, complementa su oferta con productos locales de Cuenca, como lentejas, y bebidas frías. Su filosofía es clara: «Yo no quiero hacer la competencia al pueblo, si lo que quiero es vivir en el pueblo».

Fotos: Productos Panadería Vega/ Cedidas

Una panadería para no tener que irse

Aunque el despido en Mahle fue el detonante, Judit reconoce que su mayor preocupación no era únicamente encontrar trabajo. Lo que realmente quería era no verse obligada a abandonar Campillo de Altobuey.

«Yo me quería quedar en el pueblo por encima de todo. Irme fuera habría sido lo último».

De hecho, apenas unas semanas antes de surgir esta oportunidad daba prácticamente por hecho que tendría que marcharse a Valencia para trabajar en una fábrica. «En mayo estaba diciendo que después del verano me iba del pueblo. Ya lo tenía asumido».

La jubilación del panadero cambió todos sus planes. «Fue como cosa del destino. Pensé: ‘Pues aquí lo abro yo’. No puedo dejar sola a mi yaya».

El motivo más importante tiene nombre propio: su abuela

Durante toda la conversación, Judit vuelve una y otra vez a hablar de su familia. Especialmente de su abuela.

Explica que siempre han estado muy unidas y que, desde que la mujer perdió movilidad, marcharse del pueblo nunca fue una opción real. «Si yo le digo que me voy, a mi abuela le da algo».

Ahora forma parte de la rutina diaria del negocio. Cada mañana sus abuelos pasan por delante de la panadería. Él conduce el coche; ella apenas baja, pero nunca falta el saludo.

«Mi abuelo para a comprar el pan, mi abuela no se baja del coche y me pitan. Parece una tontería, pero a mí eso me da muchísima alegría. Ella está súper orgullosa de que yo esté aquí dando un servicio al pueblo».

El valor de emprender y el futuro en el pueblo

Tras la apertura, el balance es muy positivo. «He estado súper agradecida porque la gente no para de venir», comenta. El contacto con el público, que antes le generaba temor por una pasada depresión, ahora es una fuente de satisfacción. Para Judit, mantener estos comercios es vital: «Es como que ya tienen algo más que hacer, hay algo más que ver».

Más allá de vender pan, Judit ha descubierto que su establecimiento se ha convertido en un pequeño punto de encuentro para muchos vecinos, especialmente para las personas mayores. Algunos incluso le piden que nunca cierre.

«Hay personas mayores que me dicen: ‘Por favor, luego no nos abandones’. Y ojalá que no tenga que hacerlo».

Cuando alguno de ellos no puede acercarse hasta la tienda, ella misma les lleva el pan a casa al terminar la jornada. «No me cuesta nada bajárselo a quien no puede venir».

Fotos: Productos Panadería Vega/ Cedidas

Esa confianza alimenta su motivación y refuerza la autoestima comunitaria, pues los mayores «vienen contentos cuando hay un dulce que antes hacían y ahora no pueden».

También observa cómo la panadería se ha convertido en un lugar cotidiano de encuentro.

«Hay personas jubiladas que vienen incluso antes de que abra solo para verme descargar. Les luce ver que hay movimiento, que pasan cosas en el pueblo».

Fotos: Productos Panadería Vega/ Cedidas

Aunque nunca se imaginó como panadera, no le importaría dedicarse a ello toda la vida. Su principal objetivo es poder quedarse en su pueblo. «Con poder vivir aquí ya está, me sobra», asegura. Su historia es un recordatorio de que con determinación es posible revitalizar las zonas rurales.

Un mensaje de esperanza y una conclusión abierta

Si hace un año le hubieran dicho que sería panadera, no se lo habría creído. Estaba convencida de que su futuro estaba en una fábrica en Valencia. Sin embargo, la adversidad la empujó a encontrar un nuevo camino. Ahora solo espera que el negocio le permita seguir viviendo donde siempre ha querido estar.

«Con poder quedarme en el pueblo, tener un sueldo para vivir y estar con mi abuela, me sobra».

Fotos: Productos Panadería Vega/ Cedidas

Su mensaje para otros jóvenes es contundente: «Cuando crees que no hay una salida, tanto si es en el trabajo como si es en la vida misma, siempre la hay. Lo que pasa es que hay que sentarse, pensar y decir ‘a por todas'».

La historia de Judit Jiménez muestra cómo un despido puede transformarse en una oportunidad de arraigo. Su panadería no solo vende productos, sino que sostiene vínculos, garantiza autonomía a los mayores y fortalece la identidad de Campillo de Altobuey. Su caso invita a preguntarse qué políticas públicas y redes de apoyo pueden multiplicar experiencias como la suya para que los pueblos mantengan servicios esenciales todo el año. ¿Qué pasaría si cada necesidad detectada localmente encontrara una Judit dispuesta a convertirla en proyecto?

Ricardo Vega

Conquense de adopción. Graduado en periodismo por la Universidad de Castilla-La Mancha y con experiencia en medios como CMM, Agencia EFE y Las Noticias de Cuenca.
Botón volver arriba