La Custodia de Becerril, la gran joya perdida de Cuenca

Durante más de dos siglos fue uno de los mayores símbolos religiosos y artísticos de la ciudad

Su destrucción durante la invasión napoleónica privó a España de una de las obras maestras de la platería renacentista. Hubo un tiempo en que Cuenca poseía una de las custodias procesionales más admiradas de España. Realizada por el maestro platero Francisco Becerril y concluida por su hijo Cristóbal en el siglo XVI, aquella extraordinaria obra de plata marcó un hito en la orfebrería renacentista. Su desaparición durante la invasión napoleónica convirtió a la Custodia de Cuenca en una de las grandes pérdidas del patrimonio artístico español.

El maestro platero de Cuenca

Francisco Becerril (1494-1572) figura entre los grandes nombres de la platería española del Renacimiento. Nacido en Cuenca, desarrolló su actividad en el barrio de Santa Cruz, donde se concentraban numerosos talleres artesanos y donde la ciudad fue forjando una importante tradición orfebre.

Casado con Luisa Álvarez, hija del platero Alonso Álvarez, Francisco alcanzó tal prestigio profesional que fue nombrado ensayador de la Casa de la Moneda de Cuenca, cargo encargado de verificar la pureza de los metales preciosos. Su taller llegó a reunir a numerosos oficiales y aprendices, convirtiéndose en uno de los centros de producción artística más importantes de Castilla. Los historiadores coinciden en que la actividad de Francisco Becerril y de su hijo Cristóbal contribuyó decisivamente a situar a Cuenca entre los grandes focos de la platería española del siglo XVI.

La obra de toda una vida

La Catedral de Cuenca encargó la realización de una gran custodia procesional en 1527. Los trabajos comenzaron el 25 de marzo de 1528 y se prolongaron durante décadas debido a la complejidad del proyecto. Francisco Becerril concibió una pieza monumental destinada a albergar el Santísimo Sacramento durante las celebraciones del Corpus Christi. La custodia fue diseñada como una auténtica arquitectura renacentista levantada en plata y plata sobredorada, con columnas, templetes, esculturas, relieves y una minuciosa decoración inspirada en las nuevas corrientes artísticas llegadas de Italia.

El maestro dedicó gran parte de su vida a esta obra. A su fallecimiento, en 1572, la custodia todavía no estaba completamente terminada. La tarea fue concluida por su hijo Cristóbal, siguiendo fielmente el diseño paterno. La Custodia de Cuenca fue considerada por numerosos especialistas como una obra pionera que influyó en las grandes custodias procesionales realizadas posteriormente en distintas ciudades españolas.

Una maravilla de plata

Las dimensiones de la custodia eran extraordinarias. Según el estudio La custodia de la Catedral de Cuenca, del canónigo y archivero diocesano Dimas Pérez Ramírez, la pieza alcanzaba aproximadamente 2,60 metros de altura y pesaba cerca de 150 kilogramos. Su valor económico ascendía a 17.024 ducados y 172 onzas, una cifra que permite comprender la magnitud de la inversión realizada por el Cabildo conquense.

Durante las procesiones era transportada por 24 sacerdotes, que recorrían lentamente las calles de la ciudad portando una de las obras más admiradas de la España renacentista. La riqueza artística del conjunto era excepcional. En ella se daban cita las principales técnicas de la platería del siglo XVI: fundición, repujado, cincelado, grabado y dorado. Escenas evangélicas, santos, elementos arquitectónicos y motivos ornamentales componían un programa iconográfico de extraordinaria complejidad.

El saqueo de 1808

La invasión francesa supuso una auténtica tragedia para el patrimonio artístico de Cuenca. Los soldados irrumpieron en la Catedral tras forzar sus accesos y se encontraron con la monumental Custodia de Becerril. Incapaces de desmontar aquella compleja estructura de plata para repartírsela, optaron por destruirla. Según relatan fuentes de la época, la custodia fue destrozada a hachazos dentro del propio templo. En pocos minutos desaparecía una obra en cuya ejecución habían trabajado varias generaciones de plateros y que estaba considerada una de las joyas artísticas más valiosas de la España renacentista.

El episodio tuvo consecuencias inesperadas. Diversos testimonios señalan que el general francés Auguste de Caulaincourt se presentó en la Catedral al conocer lo sucedido. Al parecer, existía un acuerdo económico con el Cabildo para preservar la custodia a cambio de una importante compensación económica. Furioso al comprobar que aquella posibilidad había desaparecido, castigó con extrema dureza a los soldados responsables del saqueo.

Las mismas fuentes indican que cinco soldados resultaron mortalmente heridos, dos de ellos dentro de la propia Catedral y los restantes poco después en el hospital de la ciudad. Más allá de los detalles concretos del episodio, lo cierto es que la custodia quedó reducida a fragmentos y la Catedral perdió para siempre una de sus obras más emblemáticas. A la destrucción de la custodia se sumó el expolio de numerosas piezas del tesoro catedralicio, entre ellas lámparas de plata, cálices, candeleros y otros objetos litúrgicos de gran valor artístico e histórico.

Los únicos restos conservados

Durante mucho tiempo se creyó que nada había sobrevivido al saqueo. Sin embargo, distintas investigaciones han permitido identificar varias piezas conservadas en el Victoria and Albert Museum de Londres como fragmentos pertenecientes a la custodia conquense. Se trata de cinco pequeñas figuras de plata: las imágenes de San Jorge y San Cristóbal, la figura de un obispo y dos soldados representados en actitud durmiente dentro de una escena de la Resurrección. Son los únicos restos conocidos de una obra que maravilló a generaciones de conquenses y que desempeñó un papel fundamental en la evolución de la platería española del Renacimiento.

La reparación de la Catedral

La herida provocada por la guerra tardó años en cicatrizar. Una vez concluidos los trabajos de consolidación y reparación de las zonas más dañadas del edificio, la Catedral celebró un solemne acto de desagravio destinado a restaurar simbólica y espiritualmente el templo. El acontecimiento tuvo lugar en septiembre de 1818 y giró en torno a la imagen de Nuestra Señora de la Luz, patrona de Cuenca. La talla había logrado salvarse de los acontecimientos de la guerra al ser trasladada previamente a la parroquia de San Juan Bautista.

El 12 de septiembre una multitudinaria procesión recorrió las calles de la ciudad para devolver la imagen a la Catedral. Al día siguiente se celebró una solemne ceremonia religiosa en el altar mayor, destinada a bendecir nuevamente el templo, reparar los agravios sufridos durante la ocupación francesa y restituir las imágenes y objetos sagrados a sus emplazamientos tradicionales.

Aquel acto tuvo un profundo significado para los conquenses. No podía devolver la desaparecida Custodia de Becerril ni reparar las pérdidas artísticas sufridas, pero simbolizaba la recuperación de la Catedral como corazón espiritual de la ciudad tras una de las etapas más difíciles de su historia.

Un legado que sigue vivo

La Custodia de Becerril ya no existe, pero su recuerdo continúa formando parte de la memoria colectiva de Cuenca. Su historia es la de una ciudad capaz de crear una de las obras más sobresalientes de la orfebrería europea del siglo XVI. Es también la historia de una pérdida irreparable provocada por la guerra y de la fragilidad de un patrimonio que, una vez destruido, no puede recuperarse.

El autor de uno de los testimonios más cercanos a aquellos acontecimientos concluyó su relato con unas palabras que mantienen intacta su vigencia más de dos siglos después: «Yo ruego al cielo que haga universales las verdaderas ideas de paz, y nos dé la humildad necesaria para abrazarlas.»

La reflexión trasciende las creencias de cada época. La desaparición de la Custodia de Becerril recuerda que el patrimonio histórico no pertenece únicamente a una generación, sino a todas las que han de venir. Conservarlo es también una forma de preservar la memoria de quienes nos precedieron.

Rafael Torres

Nacido en Cuenca. Estudiante del Grado de Periodismo en 4 ° curso en la Facultad de Comunicación de Cuenca
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