Pape Ibrahim tiene 28 años y nació en M’Bour, en Senegal, cerca de Dakar. Allí trabajó en distintos oficios, sobre todo relacionados con la pesca y también en la cocina, un ámbito que, asegura, siempre le ha gustado especialmente.
La decisión de dejar su país no respondió a una única causa, sino a una idea que comparten muchos jóvenes que sueñan con un futuro distinto: salir, avanzar y ayudar a la familia. “La vida no es solo quedarse en un país”, afirma. En su caso, esa búsqueda le llevó a embarcarse en una patera rumbo a España.
Siete días en patera y una llegada marcada por la incertidumbre
El viaje duró siete días. Pape recuerda sobre todo el frío y la dureza del mar, aunque habla de esa experiencia con una serenidad que impresiona. Como ocurre muchas veces en este tipo de testimonios, la dureza real del trayecto parece mezclarse con la necesidad de pasar página y no quedarse atrapado en el dolor.

Su llegada a España no fue el final de las dificultades. Al contrario: fue el comienzo de otra etapa llena de obstáculos. Pasó primero por Sevilla y después por otros puntos del país como Huelva, Granada, Las Palmas o localidades cercanas a Madrid, siempre moviéndose donde surgía una oportunidad o donde podían derivarle los recursos de acogida.
Sobrevivir trabajando en lo que saliera
Durante su recorrido por España, Pape hizo de todo. En Sevilla elaboró y vendió pulseras y, según recuerda, hubo días en los que llegó a ganar hasta 200 euros por ello. Era una forma rápida de buscar ingresos en una etapa marcada por la inestabilidad, aunque también por la incertidumbre de vender en la calle y tener que estar pendiente de la policía.
Además, trabajó en campañas agrícolas, primero en la fresa y también en la uva, enlazando oportunidades allí donde podía. Fue saliendo adelante a base de esfuerzo, cambiando de ciudad, de trabajo y de rutina cada vez que hacía falta. Finalmente recaló en Cuenca, donde actualmente trabaja en un matadero.
La cocina, su verdadera vocación
Antes y después de todos esos trabajos, hubo una idea que nunca desapareció: la cocina. Es el oficio con el que más se identifica y el que siente como propio. En Senegal ya había empezado a formarse como cocinero y, una vez en España, ha seguido intentando abrirse camino entre fogones.
En Cuenca trabajó en el Recreo Peral, una experiencia importante para él porque le permitió demostrar lo que sabía hacer en cocina y acercarse a lo que realmente quiere para su futuro. Pape insiste en que cocinar no es solo una salida laboral: es lo que le gusta, el lugar en el que se siente cómodo y el trabajo al que quiere dedicarse de verdad.

Por eso ha intentado seguir formándose. Ha querido entrar dos veces en la Escuela Natura de cocina para cursar el siguiente nivel y continuar su preparación, pero hasta ahora no ha conseguido plaza. Aun así, no ha dejado de insistir. Su objetivo sigue siendo el mismo: estudiar, mejorar y poder trabajar como cocinero.
“No es solo por ganar dinero”, afirma. En su caso, hay algo más profundo: le gusta cocinar y siente que ese es su sitio.
Lo peor no fue el mar
Aunque el viaje en patera impresiona por sí mismo, uno de los momentos más duros de su historia llegó ya en España. Pape relata que, tras problemas con su situación administrativa y en medio de una gran incertidumbre, llegó a dormir en la calle.
En Cuenca pasó alrededor de nueve días sin techo. También recuerda con angustia la etapa en la que temía que le denegaran el asilo, sin saber dónde iba a dormir, cómo iba a conseguir comida o de qué manera podría salir adelante sin familia cerca.
Ese es, probablemente, uno de los golpes más fuertes de su testimonio: muchas veces el mayor sufrimiento no termina al pisar tierra firme. A veces empieza ahí.
La ayuda que le permitió empezar de nuevo
Pape reconoce que regularizar su situación no fue fácil, pero también subraya la importancia de las personas que le tendieron la mano. En su relato aparecen entidades como Cruz Roja y también profesionales y personas concretas que le ayudaron con trámites, contratos y gestiones en Extranjería.

Gracias a ese apoyo, pudo encauzar su situación y empezar a construir una vida algo más estable. Hoy vive solo en un piso de alquiler en Cuenca, una ciudad a la que llegó por un amigo y de la que habla con cariño porque, dice, la gente le trata muy bien. Para él, ese detalle lo cambia todo. Después de pasar por tantos lugares y etapas tan distintas, Cuenca se ha convertido en el sitio donde más tranquilidad ha encontrado.
Su vida hoy: estudiar español, gimnasio y trabajo
Su rutina actual está marcada por el esfuerzo y la constancia. Estudia español dos horas al día en Aguirre, va al gimnasio y trabaja. Sigue peleando con el idioma, que todavía no domina por completo, pero no se esconde: lo estudia, lo practica y sigue adelante.
También continúa ayudando económicamente a su familia, otro de los motivos que empujaron su viaje. Porque detrás de muchas historias migratorias hay algo tan sencillo y tan potente como eso: sostener a los que se quedaron al otro lado.
Frente a discursos grandilocuentes, el sueño de Pape resulta tan sencillo como revelador: ser cocinero. Quiere estudiar, mejorar, trabajar en lo que sabe hacer y construir una vida digna. No pide nada extraordinario. Solo una oportunidad real.
Una historia que deja huella
La historia de Pape no se mide solo por todo lo que ha tenido que atravesar, sino también por la forma en la que ha decidido vivir después de hacerlo. Hoy, en Cuenca, ha encontrado una rutina, un lugar y también personas que ya le conocen bien.

En el gimnasio le saludan, le llaman por su nombre y le reciben con el cariño reservado a quien se ha ganado el afecto de los demás a base de constancia, humildad y cercanía. Pape siempre aparece con una sonrisa, agradeciendo cada gesto, cada ayuda y cada palabra. Siempre amable.
Su historia habla de esfuerzo, pero también de algo todavía más valioso: de la capacidad de seguir adelante sin perder la bondad. De construir una vida paso a paso, con dignidad, trabajo y gratitud.
Y quizá ahí está lo más valioso de todo. En recordar que, detrás de cada historia como la suya, hay una persona que solo quería una oportunidad. Alguien que hoy, con una sonrisa sincera y un sueño sencillo, también nos enseña a mirar la vida de otra manera.
/Fotos: Néstor Robayna/













