De romper barreras a decir “hasta pronto”: la decisión de una integrante de la Banda de la JdC de Cuenca que ha desatado una ola de cariño en redes

Fue una de las primeras mujeres en formar parte de la Banda de la Junta de Cofradías de Cuenca, cambió el tambor por el estandarte y ahora se toma un parón tras una Semana Santa tan dura como emocionante

Hay despedidas que no suenan a final, sino a promesa. A pausa. A un “hasta pronto” dicho con emoción contenida, con la voz temblando y el corazón todavía dentro de aquello que se deja. Así suena la decisión de Rebeca Delgado López, una de las mujeres que sin buscarlo cambió la historia reciente de la Banda de la Junta de Cofradías de Cuenca. Ahora ha decidido dar un paso al lado, aunque solo sea por un tiempo, para vivir la Semana Santa desde otro lugar: al lado de su hijo.

Su nombre ha corrido estos días por las redes sociales entre mensajes de cariño, abrazos escritos y palabras de admiración. Sus compañeros se han volcado con ella. Y no es extraño. Porque Rebeca no es solo una integrante más. Rebeca representa una forma de sentir la banda, de sostenerla, de vivirla y de quererla que deja huella.

Una mujer que abrió camino

Cuando entró en 2012 junto a Natalia Soria Sevilla, no solo se incorporaba a una banda: estaba ayudando a derribar una barrera. Durante años, aquel espacio había sido territorio masculino. Hasta que ellas llegaron. Y con ellas, una nueva etapa. Así se convirtieron en las primeras mujeres integrantes de la banda «rompiendo barreras», como asegura Rebeca.

Foto: Inicios de Rebeca en la Banda de la Junta de Cofradías

Su historia con la banda venía de mucho antes. Desde niña los seguía a todas partes, mirándolos con esa mezcla de admiración y deseo que solo nace cuando algo te llama por dentro. Quería estar ahí. Quería formar parte de aquel sonido, de aquella emoción, de aquel cuerpo común que avanzaba por Cuenca al ritmo de la Semana Santa. Y lo consiguió.

Lo hizo, además, sin grandes artificios. Con verdad. Con ganas. Con esa pasión que, como ella misma cuenta, se nota cuando una persona quiere de verdad estar en un sitio. Aprendió en muy poco tiempo, en apenas dos meses, se hizo un hueco y empezó a escribir una historia que hoy ya forma parte de la memoria de la banda.

Del tambor al estandarte: otra manera de sostener el alma de la banda

Su primera etapa fue al tambor. Ahí empezó todo. Ahí encontró el pulso de una formación que llevaba años soñando desde fuera. Pero la vida, a veces, mueve a las personas de sitio sin sacarlas de su lugar.

Tras un parón de tres años por maternidad, volvió en 2021. Y lo hizo de una forma inesperada: dejando atrás el tambor para ponerse al frente con el estandarte. No fue un cambio buscado ni planeado durante años. Surgió casi de repente.

Foto: Inicios de Rebeca en la Banda de la Junta de Cofradías

Ella vio que en una procesión infantil no había salido el estandarte y preguntó por qué. La respuesta del director, Francisco Javier Poyatos, abrió una puerta nueva. Pensó que era una broma. No lo era. Aquella misma semana volvió, se probó el traje, abrazó de nuevo a sus compañeros y entendió que regresaba, sí, pero de una manera distinta.

Y esa nueva forma de estar también la hizo suya. Porque portar el estandarte no es simplemente ir delante. No es solo una imagen bonita. Es peso, responsabilidad, presencia, constancia. Es ir marcando una forma de caminar y de estar. Es convertirse, en cierto modo, en el rostro visible de todo lo que viene detrás. Ella lo ha hecho con entrega, con fuerza, con naturalidad y, sobre todo, con mucho cariño.

Aunque reconoce que tambor y estandarte son dos vivencias distintas, habla de esta etapa con una serenidad luminosa. Se le nota orgullosa. Cómoda. Feliz. Como si ese cambio no la hubiera alejado de la banda, sino que le hubiera permitido seguir sosteniéndola de otra manera.

La parte que no se ve: ensayos, cansancio y una fidelidad diaria

Quizá una de las partes más bellas de su testimonio está en todo aquello que reivindica sin grandilocuencia: lo invisible. Porque detrás de cada procesión hay meses de ensayo, noches de invierno, jornadas que se encajan como se puede entre el trabajo, la familia, el cansancio y las obligaciones de cada día. Detrás del uniforme impecable hay renuncias. Detrás de cada marcha hay constancia. Y detrás de cada paso hay un compromiso que no siempre se comprende desde fuera.

Ensayo de la Banda de Trompetas y Tambores de la JdC / Néstor Robayna

Rebeca lo cuenta con claridad: “Desde fuera se ve todo muy bonito, pero para nosotros es duro”. Y en esa frase cabe mucho. Cabe el frío que cala, el calor que ahoga, las horas andando, la disciplina, el no poder salirte de la fila, el no poder beber cuando el cuerpo lo pide, el tener que mantener la compostura incluso cuando las fuerzas flaquean. Cabe también el esfuerzo de quienes tienen hijos, trabajos, responsabilidades, y aun así siguen bajando a ensayar porque sienten que tienen que estar.

Su relato no embellece la dureza para hacerla parecer ligera. La nombra. La sostiene. La muestra tal y como es. Y, sin embargo, nunca pierde la ternura con la que habla de la banda. Quizá porque cuando algo se ama de verdad, también se acepta en su exigencia.

Una Semana Santa de viento, resistencia y verdad

La de este año, dice, ha sido una Semana Santa “muy bonita y un poquito dura”. Y probablemente pocas expresiones la describen mejor.

Foto: Domingo de Ramos 2026 / Néstor Robayna

El Domingo de Ramos estuvo marcado por el viento. Un viento incómodo, rebelde, casi feroz, que convirtió la procesión en una prueba de resistencia. Las notas no salían bien, las partituras volaban, las gorras se caían. Las trompetas peleaban con el aire. Y quienes llevaban el estandarte, como ella, tuvieron que doblarse, sujetarlo con toda la fuerza del cuerpo, resistir como si cada ráfaga quisiera arrebatarles el equilibrio.

Ella lo cuenta desde la experiencia. Habla de frustración en sus compañeros, de esfuerzo físico real, de dureza. Pero también de orgullo. De haber estado ahí. De haber sacado adelante una Semana Santa intensa.

Y luego está el contraste de las temperaturas, esa batalla silenciosa que acompaña cada año a las procesiones. El cuerpo destemplado. El calor del mediodía atrapado bajo el uniforme. El frío de la noche entrando cuando ya no queda energía. La ropa térmica, los jerséis, la sensación de no acertar nunca del todo porque la calle cambia, el tiempo cambia y el cuerpo tiene que aguantarlo todo.

También las críticas: la defensa serena de una banda que se deja la piel

En su testimonio también hay sitio para responder, con serenidad, a las críticas que siempre sobrevuelan la Semana Santa. Las que hablan de si se tocan pocas marchas, de si unas son más de aquí o más de allá, de si se debería hacer una cosa o la otra.

Rebeca no responde desde el enfrentamiento, sino desde el conocimiento. Desde dentro. Desde el respeto a una realidad que solo entiende bien quien la vive. Recuerda que tocar no es automático, que los labios sufren, que son los mismos músicos durante toda la semana, que no se puede exigir sin límite a cuerpos que ya están al borde del cansancio.

Foto: Martes Santo homenaje por la DANA de la Banda de la JdC / Néstor Robayna

También defiende la idea de innovar, de abrir el repertorio, de no entender la música como una frontera cerrada. Lo hace sin ruido, sin caer en la polémica, pero con la claridad de quien sabe de lo que habla.

Y más allá de eso, deja una reflexión de fondo: «la banda no siempre está lo suficientemente valorada». No quiere abrir debates innecesarios, pero sí deja caer una verdad que pesa. Se aplaude mucho lo visible, pero no siempre se reconoce lo que cuesta sostenerlo.

La banda como refugio, como casa, como familia

Hay una frase que ilumina todo su relato: “Es mi vía de escape”. En esas palabras cabe la dimensión más íntima de su vínculo con la banda. Porque para Rebeca no es solo tradición, ni compromiso, ni música. Es también refugio. Alegría. Aire. Un espacio donde reír, donde compartir, donde sentirse acompañada. Un lugar al que volver.

Foto: Banda JdC Semana Santa 2026 / Néstor Robayna

Por eso cuando habla de sus compañeros habla de familia. Y no parece una forma de hablar. Suena a verdad. A esos lazos que no se explican del todo, pero que se reconocen enseguida. A ese tipo de unión que se forja con los años, con las horas, con el cansancio compartido, con las lágrimas, con las bromas, con el simple hecho de estar.

El motivo más profundo para parar

Sin embargo, por encima de todo, está su hijo. Ese es el centro de su decisión. La razón más íntima. La más hermosa también. Rebeca ha vivido durante años la Semana Santa desde dentro, entregada por completo a la banda, pero con una herida pequeña y persistente: no haber podido compartirla realmente con él.

Lo ha visto apenas unos segundos desde la acera. Un gesto rápido. Una mirada breve. Un instante que se escapa enseguida. Y ahora ha sentido que no quiere dejar pasar más tiempo sin vivir esa experiencia a su lado, sin transmitirle de cerca esas costumbres, ese legado, esa manera de sentir.

Foto: Rebeca Delgado en la procesión del Viernes Santo de En El Calvario / Kataixa Torres

Por eso habla de un “pequeño parón”. Porque no es una renuncia, sino una elección de amor. Porque no está soltando la banda: está abrazando otra forma de vivir lo que la Semana Santa significa para ella. Y quizá por eso emociona tanto. Porque en su decisión hay renuncia, sí, pero también fidelidad.

Un “hasta pronto” que Cuenca ya siente como suyo

Rebeca Delgado deja, aunque solo sea por un tiempo, un espacio importante dentro de la Banda de la Junta de Cofradías. Pero deja también algo más: un ejemplo sereno de compromiso, de valentía y de amor por una tradición vivida desde dentro y de verdad.

Foto: I Encuentro de Bandas de Música Cofrade/ Néstor Robayna

Fue una de las primeras en abrir camino. Supo hacerse un lugar. Cambió de papel sin perder su esencia. Aguantó el peso del estandarte, el viento, el frío, el cansancio y la dureza de las procesiones. Ahora abre un paréntesis por la razón más humana de todas: para estar donde siente que también tiene que estar.

Y aunque reconoce que dar este paso “es muy difícil”, deja claro que no se trata de un adiós, sino de una pausa con fecha sentimental y corazón de regreso: “Es un pequeño parón solo, que no se piensen que se van a librar de mí”. Porque hay personas que, incluso cuando se apartan un paso, siguen perteneciendo por completo al lugar del que vienen. Y ella, por todo lo que ha dado, por todo lo que representa y por cómo la quieren los suyos, sigue formando parte de todo ello.

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
Botón volver arriba