Todos los momentos y novedades que marcaron el Miércoles Santo en Cuenca

La Procesión del Silencio, que se prolongó desde las 19.00 hasta las 4.00, volvió a dejar en Cuenca una noche de olivos, emoción y dificultad, con estrenos y momentos inolvidables

La Procesión del Silencio volvió a firmar una de las grandes noches de la Semana Santa de Cuenca. Desde las siete de la tarde hasta las cuatro de la madrugada, el Miércoles Santo dejó una larga sucesión de estampas memorables en una procesión de belleza, dificultad y emoción sostenida por el oficio de los banceros y el alma de la música.

Las salidas que abrieron la noche

Las salidas de las iglesias marcaron ya el tono de la jornada. San Esteban abrió la noche con El Huerto y el Prendimiento entre calles abarrotadas y el inconfundible baile de los olivos. Después, desde El Salvador, la incorporación de San Juan y la Virgen de la Amargura volvió a dejar uno de los momentos más esperados, este año además con las novedades del nuevo incensario delante de las imágenes y las horquillas en color madera, abandonando el azul característico de la hermandad para ser más acordes a las andas.

La calle del Peso, donde la belleza se mide con la dificultad

Uno de los primeros momentos de verdadera exigencia llegó en la calle del Peso, ese angosto pasaje donde la procesión deja de ser solo contemplación para convertirse también en pulso, inteligencia y oficio. Allí, como cada año, el ángel de El Huerto hubo de girarse para permitir que el paso venciera con mayor facilidad la estrechez del tramo, en una maniobra ya tan característica como delicada.

Pero esta vez, en mitad de esa coreografía precisa entre madera, espacio y compás, el ángel se salió del raíl, provocando una incidencia que retrasó durante unos minutos el discurrir del misterio. Fue uno de esos episodios que recuerdan que en Cuenca la belleza nunca es cómoda. Que detrás de cada estampa armónica hay cálculo, esfuerzo y una lucha silenciosa con la dificultad.

La calle del Peso volvió así a mostrar una de las verdades más hondas del Miércoles Santo: que hay instantes en los que la procesión no solo emociona por lo que representa, sino también por la manera en que logra sobreponerse, con serenidad y maestría, a todo lo que intenta ponerla a prueba.

Plaza Mayor, una de las estampas de la noche

La entrada en Plaza Mayor, bajo los arcos del Ayuntamiento, volvió a convertirse en una de las imágenes más hermosas y reconocibles de todo el recorrido. Allí, donde la piedra parece guardar memoria de tantas noches semejantes y distintas, el baile de los olivos alcanzó una belleza casi hipnótica.

Los pasos no solo avanzaban: se mecían, se entregaban a ese balanceo tan propio del Miércoles Santo conquense, en el que el esfuerzo de los banceros termina convertido en armonía, en cadencia, en una forma de emoción visible. Bajo los arcos, el movimiento se agranda, adquiere solemnidad y hasta una cierta ingravidez, como si por un instante la madera, la música y la devoción lograran imponerse al peso.

Fue también allí donde San Juan y la Amargura dejaron uno de los pasajes más delicados de la noche. Las marchas fueron envolviendo su caminar con una ternura honda, casi de plegaria, mientras el paso se mecía lentamente camino del Palacio Episcopal. Cada nota parecía agrandar la herida serena de las imágenes; cada compás añadía un matiz nuevo a su tristeza contenida.

Y resultaba curioso, casi revelador de este tiempo, contemplar tantos móviles alzados buscando inmortalizar la llegada de los pasos, como si todos intuyeran que estaban ante uno de esos instantes que merecen quedarse a salvo de la fugacidad. Así, entre pantallas encendidas, emoción verdadera y música derramándose por la plaza, San Juan y la Amargura avanzaron como si no atravesaran solo la ciudad, sino también la parte más íntima de cuantos los contemplaban.

Las incorporaciones engrandecieron la procesión

Otro de los grandes momentos llegó con la incorporación de los pasos. La salida de la Santa Cena desde la Catedral aportó monumentalidad y solemnidad al cortejo, mientras que la incorporación desde San Pedro de la Negación, San Pedro y el Ecce Homo volvió a dejar una de las maniobras más complejas y singulares de toda la noche.

La Audiencia puso a prueba a la procesión

Si hubo un tramo en el que la procesión mostró toda su verdad, fue la Audiencia. En sus curvas, los pasos volvieron a someterse al examen de la dificultad y la elegancia, dejando algunas de las imágenes más intensas del desfile, con los olivos meciéndose en la noche y el dolor de las imágenes ganando fuerza en el descenso.

Una despedida de madrugada con emoción y estrenos

Ya en la madrugada, la procesión fue concentrando toda su emoción en la despedida. Ahí quedaron momentos especialmente sentidos, como el estreno de “De la Traición a la Victoria” en la recogida del Beso de Judas, además de los instantes finales en los que el Ecce Homo y San Juan y la Amargura caminaron ya más solos, más desnudos de acompañamiento, hasta culminar una noche larguísima y profundamente conmovedora.

A las cuatro de la madrugada terminaba así una de las grandes procesiones de la Semana Santa de Cuenca. Una noche de olivos, capuces blancos, silencio, dolor y belleza.

/Fotos de Néstor Robayna/

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
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