Nació en Sevilla, pero su Semana Santa está en Cuenca: la historia de una nazarena que conmueve

Ni una reciente operación de columna ha impedido que Virginia Lozano viaje desde Sevilla para salir en procesión

En una tierra donde la Semana Santa se lleva en la sangre, que una sevillana confiese sin titubeos que prefiere la de Cuenca a la de Sevilla no deja indiferente a nadie. Virginia Lozano no lo dice por llamar la atención. Lo dice con la serenidad de quien habla de lo más hondo de sí misma, con la verdad de quien ha encontrado en Cuenca una forma de sentir la fe, la tradición y la emoción que ya forma parte de su propia vida.

“Yo soy Virginia Lozano, soy de Sevilla, nací allí, vivo en Sevilla de hecho”, cuenta. Pero enseguida aclara el hilo invisible que la une a esta ciudad: sus abuelos paternos eran conquenses. Y por ellos, y por una intuición sencilla de sus padres, empezó todo. “Desde muy pequeña siempre me ha gustado la Semana Santa”, recuerda. Viéndola en Sevilla, sus padres pensaron un día: “¿Por qué no la llevamos un año a Cuenca?”. La respuesta la dio el tiempo. Y el corazón porque aquel primer viaje no fue uno más. Fue el comienzo de una fidelidad porque hay amores que se heredan, y otros que se eligen.

Foto: Virginia, nazarena desde pequeña

“La Semana Santa de Cuenca para mí es sagrada”

Virginia no habla de Cuenca como quien habla de un destino al que vuelve para ella, también es casa. De hecho, aunque en Sevilla tiene su sitio en la carrera oficial el Domingo de Ramos, su hoja de ruta está marcada por la llamada de las procesiones conquenses. “Yo la Semana Santa de Cuenca para mí es sagrada, entonces yo no me la pierdo”, afirma.

Ha llegado este Lunes Santo, justo a tiempo para no faltar a su compromiso. Porque el Martes Santo sale en San Juan Bautista. Porque aquí, sencillamente, está una parte decisiva de su vida.

Foto: Virginia Lozano / Néstor Robayna

No hay en sus palabras un gesto de comparación frívola entre dos ciudades con tradiciones inmensas. Hay, más bien, una confesión íntima, desarmante y bellísima. “No es por comparar… Sevilla es donde yo he nacido, pero para mí la Semana Santa que a mí me gusta, en la que vivo y la que me emociona es la de Cuenca”.

Y ahí está la fuerza de esta historia: en que lo extraordinario no necesita exageración. Basta con escucharla.

Nazarena de corazón, desde los siete años

Virginia sale de nazarena en Cuenca desde que tenía 7 años. La primera hermandad en la que se apuntó fue la Soledad de San Agustín. Después llegaron la Soledad del Puente, la Amargura con San Juan Apóstol y, más recientemente, San Juan Bautista.

Foto: Virginia Lozano y su padre

Su vínculo con la Soledad de San Agustín tiene una hondura especial. No solo porque fue el principio de todo, sino porque en esa hermandad late la memoria familiar. “Me apuntó mi abuela en la Soledad de San Agustín, con lo cual es una tradición ya que se vive con mucho recuerdo; mis abuelos ya no están”, dice.

Hay frases que son casi una definición de identidad. La suya es una de ellas. Cuando se le pregunta si es nazarena de corazón, no duda: “Por supuesto, sí”, afirma con determinación.

Y no es una expresión hecha. Sale con su padre desde niña. Sale con la emoción de la herencia y con el peso dulce de los recuerdos. Sale sabiendo que cada túnica, cada fila, cada tulipa y cada madrugada sostienen también la memoria de quienes la llevaron hasta allí.

La fe no entiende de barreras

Virginia tiene espina bífida de nacimiento. Lo cuenta con naturalidad, sin dramatismos. Forma parte de su vida, pero no define el alcance de su fe ni la dimensión de su entrega. Salir en la Semana Santa de Cuenca siendo nazarena y yendo en silla de ruedas exige esfuerzo, logística y mucha voluntad.

Foto: Virginia Lozano, hermana de San Juan y la Amargura, entre otras

Ella lo asume con una mezcla de realismo y sonrisa. En algunas procesiones utiliza silla eléctrica; en otras, especialmente en el Viernes Santo, es su padre quien empuja la silla manual por las cuestas conquenses. “Ahí ya la dificultad la tiene mi padre, que es el que empuja la silla el Viernes Santo”, explica.

Aun así, no hay queja en su relato. Más bien al contrario: agradecimiento. Virginia pone en valor el apoyo que recibe de las hermandades de Cuenca, que facilitan su participación y buscan siempre la mejor forma de integrarla en la procesión. “Me ponen muchas facilidades a la hora de salir en las procesiones” y enseguida enfatiza en que son precisamente las hermandades las que se muestran proactivas para ayudarla y hacerle el recorrido más sencillo.

Foto: Virginia en una de las procesiones de Cuenca

Va con capuz. Va con tulipa. Va en la fila siempre que puede. Y cuando las circunstancias obligan a cambiar, se adapta sin perder un ápice de sentido nazareno. Porque para ella no hay impedimento que pueda con el deseo de salir. De hecho, lo dejó claro siendo una niña. “Salí un año con cruz y dije: “no, no, yo quiero tulipa”. Tenía 7 años y yo decía que quería ser como cualquiera, que yo quería una tulipa”.

Cuenca, entre turbas y silencio

Si algo explica Virginia con especial emoción es aquello que hace única a la Semana Santa de Cuenca. Lo hace desde el respeto a Sevilla, pero también desde la convicción de quien ha descubierto aquí una manera singular de vivir la pasión.

“Es una Semana Santa completamente diferente”, resume. Y la define con una imagen precisa y hermosa: “Es una Semana Santa con muchos contrastes”. Habla del estruendo y del recogimiento, del temblor de las turbas y del final en “un silencio absoluto con la Soledad de San Agustín”.

Su mirada, siendo sevillana, tiene además un valor especial. Ve en Cuenca lo que quizá a veces los propios conquenses, por costumbre, olvidan subrayar: la fuerza de sus ritos, la personalidad de sus desfiles, la hondura de su atmósfera, su verdad irrepetible.

Foto: Virginia Lozano / Néstor Robayna

Por eso lanza un mensaje claro a quienes todavía no la conocen: “Yo la verdad que animaría a la gente a que viniese a verlo algún año porque seguro que les gusta y que al final son maneras diferentes de vivir nuestra fe”. Lo dice alguien que ha mamado la Semana Santa sevillana desde la cuna. Y precisamente por eso sus palabras pesan más.

“Lo primero que le pregunté al médico fue si iba a estar lista para Semana Santa”

La devoción de Virginia no es una pose ni un discurso bonito de entrevista. Es una lealtad real. Este año, además, llega a Cuenca en plena recuperación de una operación por dos hernias cervicales. Y aun así, aquí está.

Cuando habla de ello, deja una de esas frases que resumen por sí solas una forma de querer: “Lo primero que le pregunté al médico fue: ‘oye, ¿voy a estar lista para la Semana Santa? Porque si no me opero después’”. No hay artificio en esa respuesta. Solo verdad. Solo prioridades del alma. Solo esa clase de amor que no entiende de calendarios médicos cuando se acerca la semana marcada en rojo en el corazón.

Foto: Virginia Lozano / Néstor Robayna

Virginia, además, teletrabaja en Amazon, estudió ADE y un MBA de Marketing y Comunicación Corporativa, y ha encontrado también en el deporte una vía de superación admirable: compite en slalom en silla de ruedas, es cuatro veces campeona de España y subcampeona del mundo. Una vida intensa, valiente y luminosa. Pero cuando llega abril —o marzo, según mande el calendario— todo parece ordenarse en torno a lo esencial: la túnica, la calle, la fe y Cuenca.

La ciudad donde la emoción encontró su nombre

Hay historias que conmueven por lo infrecuente. Y esta lo hace. Porque no es habitual escuchar a una sevillana decir, con total naturalidad, que antes que la de Sevilla elige la Semana Santa de Cuenca a lo que su padre reafirma: «Para ella es la semana más importante del año e incluso la prefiere a la Feria de Abril». No es frecuente encontrar una fidelidad tan firme.

Pero, sobre todo, conmueve porque Virginia no habla desde lo espectacular, sino desde el cariño. Desde un amor cocido a fuego lento durante más de veinte años de túnicas, tulipas, recuerdos familiares y procesiones compartidas con su padre.

La suya es una historia de raíces y elección. De herencia y pertenencia. De una sevillana que encontró en Cuenca no un destino de Semana Santa, sino su forma de vivirla. Y quizá por eso, cuando habla, se entiende todo. “La Semana Santa de Cuenca para mí es sagrada”. Y pocas frases pueden sonar tan bonitas, tan nazarenas y tan verdaderas.

/Fotos: Néstor Robayna/

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
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