Hay proyectos que nacen como lo hacen las cosas importantes: poco a poco, casi en silencio, pero con una verdad enorme detrás. El de Mario Martorell es uno de ellos. A sus 24 años, este joven de Cuenca ha puesto en marcha una floristería muy reciente, levantada con trabajo, vocación y una pasión que en su caso va mucho más allá de lo profesional. Porque si algo deja claro desde el primer momento es que, antes que florista, es nazareno de corazón.
Su negocio «Pasión y Arte Floral Martorell Celada» ha echado a andar en un espacio pequeño, humilde y profundamente suyo: una espacio habilitado dentro del taller mecánico de su padre, transformado en floristería. Allí trabaja rodeado de cubos, verdes, flores recién llegadas y ese ambiente tan particular que mezcla oficio, sensibilidad y devoción.

Trabaja con música nazarena de fondo. A veces, incluso, con incienso. Como si cada encargo, especialmente en estas fechas, tuviera también algo de oración. “Sobre todo me gusta el tema de la Semana Santa, porque es donde más me he criado, donde más lo vivo”, cuenta.
Un sueño que empezó mucho antes de abrir la floristería
Aunque ahora su nombre empieza a sonar con fuerza entre las hermandades de Cuenca, lo cierto es que Mario llevaba tiempo caminando hacia este momento. Estudió floristería en Valencia, después de descubrir que aquello que tanto le atraía podía convertirse en su futuro e incluso ha trabajado en alguna floristería de Cuenca.
No obstante él antes de nada ya había estudiado carpintería, otro oficio manual que habla de su gusto por crear con las manos. Pero la semilla estaba plantada desde mucho antes. “Yo siempre había encargado las flores para mi hermandad de la Santa Cena, y a mí siempre eso me gustaba”, recuerda. Ver trabajar a un amigo que había estudiado floristería fue lo que terminó de empujarle: “Dije: esto es lo que a mí me gusta”.
Ahora, a punto de cumplir un año desde que arrancó esta aventura —aunque fue a partir de septiembre cuando comenzó a recibir encargos con más continuidad para hermandades—, reconoce que la respuesta está siendo buena. Muy buena, incluso.
El día en que La Borriquilla salió con sus flores
Esta Semana Santa ha supuesto para él una de esas pruebas que no se olvidan. Mario ha sido el encargado del arreglo floral de La Borriquilla, una hermandad a la que además está unido sentimentalmente desde niño. Y la emoción ha sido doble: por ver uno de los pasos engalanado con su trabajo y por comprobar, en plena calle, que el resultado había resistido a la perfección.

“Ver salir a La Borriquilla con mis flores fue muy emocionante”, explica. “Y con el aire que hizo han estado muy contentos porque no se voló nada”. No era una cuestión menor. Las fuertes rachas de viento pusieron a prueba cada detalle del montaje floral, pero el conjunto permaneció intacto. Ni una caída, ni una flor fuera de sitio. En una ciudad donde la Semana Santa se mira con lupa y donde cada detalle importa, ese resultado no pasó desapercibido.

Un nombre cada vez más presente entre las hermandades
Su vinculación con la Semana Santa conquense no es superficial ni reciente. Mario es hermano de 9 hermanades: la Borriquilla, Vera Cruz, Bautismo, Cena, Huerto del Jueves Santo, Soledad de San Agustín, Angustias, las Tres Marías y Resucitado. Además, su compromiso va más allá de la túnica o la la tulipa: en la Hermandad de la Santa Cena es vocal y en la Hermandad de la Vera Cruz es camarero del Cristo y de la Virgen.
Ese conocimiento desde dentro le da una sensibilidad especial para entender qué necesita cada imagen, qué pide cada paso y qué lenguaje floral acompaña mejor a cada hermandad. No trabaja solo para decorar; trabaja también desde la emoción, desde la identidad y desde el respeto a una estética que conoce bien porque forma parte de ella.

Este año, además de La Borriquilla, se ha encargado de los dos pasos de esa hermandad, del Ecce-Homo de San Gil para el Jueves Santo y de los dos pasos del Domingo de Resurrección. “La verdad que muchas hermandades han confiado en mí y eso es un orgullo”, asegura.
Un estilo propio para renovar sin romper la tradición
Mario tiene claro qué tipo de floristería le gusta y también qué quiere aportar. No reniega de la tradición, pero busca dar un sello propio a sus trabajos. Su gusto va hacia lo abundante, lo lleno, lo recargado, siempre dentro del equilibrio que exige la Semana Santa. “A mí el estilo que me gusta es el estilo más recargado, todo mucho más lleno”, explica.
Ese deseo de innovar con cuidado se verá también en el Resucitado, donde avanza algunos cambios en el tipo de flor y en la composición general. La intención es renovar la imagen sin perder la esencia, aportar frescura sin traicionar lo que la hermandad representa.
Y esa misma mirada la lleva también a otros campos de su trabajo. Porque, aunque ahora la Semana Santa concentre buena parte de su actividad, Mario realiza encargos para bodas, comuniones, cumpleaños o difuntos. Incluso ahí intenta abrir un camino propio, buscando composiciones menos convencionales y más actuales.
Una floristería pequeña, pero con mucho futuro
De momento trabaja solo, aunque cuenta con la ayuda puntual de familiares y amigos. No esconde que empezar cuesta, y menos aún en un momento en el que abrir un local resulta complicado. Por eso ha optado por crecer despacio, con prudencia, desde ese pequeño cuarto convertido en floristería donde hoy cabe ya una ilusión muy grande. “Primero prefiero estar aquí, ahorrar un poco y luego ya lo que sea”, dice con naturalidad.
No habla con grandilocuencia ni presume de metas imposibles. Su objetivo, de momento, es consolidarse, seguir trabajando y hacerse un hueco. Y quizá precisamente por eso convence tanto: porque detrás no hay artificio, sino verdad.
Entre rosas, claveles y devoción
Si tuviera que resumir la Semana Santa en flores, Mario lo tiene claro: la rosa roja y el clavel siguen siendo para él los grandes símbolos de estos días. Son flores con peso, con memoria, con un lenguaje propio dentro de las procesiones. Flores que emocionan porque forman parte de un imaginario compartido.

Y en ese universo se mueve con naturalidad un joven que ha hecho de su fe, su sensibilidad y su oficio una misma cosa. Mientras suena música nazarena y el incienso perfuma a veces el pequeño taller familiar, Mario Martorell sigue dando forma a un proyecto que acaba de empezar, pero que ya florece con fuerza en la Semana Santa de Cuenca.
A veces, las historias más bonitas no empiezan en grandes escaparates ni en locales del centro. A veces empiezan en una habitación pequeña, entre flores recién cortadas, manos jóvenes y una pasión latiendo muy fuerte.
/Fotos: Néstor Robayna/



































