La crisis de PINASA en Cuenca hace tiempo que dejó de ser solo una cuestión de planes de reestructuración, reuniones con la banca o promesas de viabilidad. En la planta de Fuentes ya se mide de otra manera: en nóminas sin cobrar, en compañeros de baja, en demandas en los juzgados, en familias sin certezas y en trabajadores que ya no pueden más.
Pocas voces lo resumen mejor que la de Diego Martínez, presidente del comité de empresa. Lleva 20 años trabajando en PINASA y sitúa el inicio de esta agonía en enero de 2023. Desde entonces, dice, la plantilla vive atrapada en una crisis interminable, con la sensación de que el tiempo pasa, las deudas se acumulan y nadie termina de poner sobre la mesa una salida clara.
Lo cuenta con rabia, con cansancio y, en un momento de la entrevista con este medio, El Digital de Cuenca, con la voz rota.

Dos años de desgaste y un plan que nunca llega
Uno de los mayores reproches de los trabajadores es que la dirección sigue hablando de planes para salvar la empresa, pero sin enseñar nada concreto. Martínez asegura que los comités han pedido en varias ocasiones acceso a ese supuesto documento para poder estudiarlo, pero siguen sin recibirlo.
“No nos presentó absolutamente nada”, resume. Según explica, la empresa alega que el plan es confidencial y que no puede entregarlo hasta que lo acepten la banca, la SEPI y las administraciones. Mientras tanto, nada cambia para la plantilla. “Siguen sin darnos las cosas que les pedimos, siguen sin pagarnos, está todo ahí con mentiras siempre”, denuncia.
La sensación entre muchos trabajadores es que llevan demasiado tiempo escuchando anuncios, reuniones y futuras soluciones que nunca se traducen en certezas. Y mientras el plan no aparece, la vida sigue, pero cada vez más cuesta arriba.
Cuatro nóminas y media sin cobrar
La situación económica de los trabajadores es ya límite. Según relata Martínez, tras Semana Santa acumularán cuatro nóminas y media sin cobrar. No se trata de un retraso puntual, sino de un agujero que se arrastra desde hace meses y que está empujando a muchas familias a una situación insostenible.

Desde el 6 de febrero, además, parte de la plantilla permanece en una fórmula de permiso retribuido a disposición de la empresa. Los llaman cuando hace falta hacer algún trabajo y, cuando no, los mandan a casa. Todo ello, denuncia el presidente del comité, sin haber regularizado los pagos pendientes.
La actividad en fábrica ya no responde a una normalidad industrial, sino a parches. Se arranca cuando se puede, se para cuando no hay condiciones y los trabajadores viven inquietos, sin saber cuándo les tocará entrar ni cuánto tiempo más podrán resistir así.
Media plantilla ha denunciado y ya hay juicios ganados
La desesperación ha acabado trasladándose también a los tribunales. Martínez asegura que la mitad de la plantilla ha denunciado a la empresa y que ya se han ganado tres juicios, los tres primeros, después de mucho tiempo de desgaste judicial.
Es un dato que retrata hasta qué punto la crisis ha dejado de ser solo una disputa laboral para convertirse en una ruptura total de confianza. Muchos empleados ya no creen en promesas ni en mensajes tranquilizadores. Han optado por acudir a la vía judicial porque sienten que es la única forma de defenderse tras tantos meses de incertidumbre.
Bajas por depresión y trabajadores que solo cobran parte
El desgaste no es únicamente económico. También es físico y emocional. Diego Martínez explica que hay alredededor de una treintena de compañeros que están recurriendo a bajas por depresión para poder cobrar al menos una parte de sus ingresos a través de la mutua.
Detrás de ese dato hay mucho más que una cifra. Hay trabajadores desbordados, personas que no aguantan más presión y una plantilla que lleva más de dos años conviviendo con la angustia de no saber si cobrará, si la fábrica seguirá abierta o si tendrá que empezar de cero de un día para otro.

Una de las frases más duras de toda la conversación llega cuando Martínez habla del impacto humano de esta crisis. No se queda en el estrés o en la ansiedad. Va más allá. “Ha habido infartos con muerte en estos dos años”, afirma.
La frase cae como un golpe. Resume hasta qué punto esta situación ha calado en la vida de los trabajadores y en el ambiente de la fábrica. No habla ya de un conflicto laboral cualquiera, sino de un deterioro profundo, prolongado en el tiempo, que ha dejado a la plantilla exhausta.
“El que peor lo está pasando quiere acreedores ya”
Después de más de dos años de agonía, dentro de la fábrica conviven distintas posturas. Hay quien aún espera que salga adelante una solución. Pero también hay quien ya no desea más planes, más reuniones ni más prórrogas. “El que peor lo está pasando, yo creo que quiere acreedores ya”, admite Martínez.
La frase es reveladora, porque refleja que para algunos trabajadores el concurso ya no se ve como el peor escenario, sino casi como un final necesario. No como una salvación, sino como una manera de poner punto final a una situación que sienten insoportable.
Veinte años en la empresa y la idea de volver a empezar
En el plano personal, Diego Martínez tampoco oculta que da casi por cerrado este capítulo. Tiene 45 años, lleva 20 en la empresa y asegura que, si esto termina cayéndose, buscará trabajo fuera. “Yo todavía tengo 45 y continuaré mi vida por otro sitio”, afirma. Sabe que en Cuenca y en su sector no lo tendrá fácil, pero también tiene claro que no puede seguir indefinidamente aferrado a una empresa que, a día de hoy, no les da certezas ni estabilidad.

La parte más cruda de la entrevista llega al final, cuando la conversación deja de girar sobre planes, deudas o juicios y entra en el terreno personal. Al preguntarle cómo está, ya no responde el representante sindical. Responde el hombre que lleva dos años intentando sostener a sus compañeros mientras también se derrumba por dentro. “Muy duro. Muy jodido”, confiesa.
Explica que, además de afrontar su propia situación, está pendiente del resto, escucha problemas e intenta ayudar: “Tienes que estar ahí dando la cara a todo el mundo”, resume.
Y ahí se rompe. La emoción le desborda y las lágrimas afloran. En ese momento ya no está describiendo solo un conflicto laboral, sino el desgaste personal que arrastra desde hace meses. Es el retrato de alguien agotado, de un trabajador que lleva media vida en la empresa y que ha visto cómo, poco a poco, la fábrica se convertía en una fuente diaria de angustia para decenas de familias.
Más que una crisis empresarial
Lo que ocurre en PINASA ya no puede contarse solo como una crisis industrial o financiera. En Fuentes, el conflicto ha entrado de lleno en las casas de los 250 trabajadores. Lleva más de dos años marcando su salud, su economía, sus decisiones y su manera de mirar al futuro.
La imagen que deja Diego Martínez es esa: la de una plantilla cansada, golpeada y sin apenas fuerzas para seguir esperando. Una plantilla que ya no habla de planes con esperanza, sino con agotamiento. Y, como es normal, con angustia y lágrimas.
