En Cuenca hay señales que no necesitan explicación. Basta levantar la vista al Cerro de la Majestad y encontrarse allí, otra vez, con las tres cruces en pie. Entonces todo cambia. Entonces, para muchos conquenses, ya es Semana Santa en la ciudad.
A las 11:30 horas de este martes han quedado colocadas las tres cruces que dominan la ciudad desde uno de sus rincones más simbólicos. Y con ellas no se levanta solo una imagen reconocible del paisaje urbano: se alza también una emoción antigua, una certeza compartida, un sentimiento que en Cuenca se reconoce de inmediato. El sentimiento nazareno de que la espera se termina.
Tres cruces que anuncian mucho más que una tradición
Las tres cruces del Cerro de la Majestad no son un simple elemento decorativo ni una costumbre más. Son uno de esos símbolos que en Cuenca tienen alma propia. Representan el Calvario de Cristo y, desde lo alto del cerro, convierten ese perfil de la ciudad en una imagen inseparable de la Pasión conquense. La costumbre de instalarlas está documentada desde 1935 y, tras la interrupción de la Guerra Civil, regresó para convertirse en una de las estampas más reconocibles y sentimentales de la Semana Santa de Cuenca.

Porque antes de que salgan las procesiones, antes de que la ciudad se llene de túnicas, silencio, cera y horquillas, están ellas. Firmes sobre el cerro, como una promesa. Como esa señal callada que los conquenses reconocen sin necesidad de que nadie la explique.
Noventa años de una emoción compartida
No es solo una tradición antigua; es una costumbre que ha acabado formando parte de la memoria sentimental de la ciudad. Ya en 1935 las crónicas hablaban de la sorpresa que causó la aparición de aquel calvario iluminado sobre el cerro, y desde entonces las tres cruces han quedado ligadas para siempre al paisaje nazareno de Cuenca.
Incluso en pandemia, cuando no hubo procesiones, se mantuvieron como una forma de preservar la esencia y el recuerdo de la Semana Santa.

Por eso cuesta mirarlas sin que se remueva algo dentro. Porque en Cuenca no representan solo el monte Calvario. Representan también la espera, la memoria, la infancia de tantos que aprendieron que cuando las cruces estaban arriba ya faltaba menos para escuchar el primer tambor, para ver el primer capuz, para sentir que la ciudad entraba en esos días en los que parece latir de otra manera.
Detrás de esa estampa hay esfuerzo, oficio y también memoria. Arturo Saavedra, trabajador del Servicio Municipal de Obras del Ayuntamiento de Cuenca, lleva años participando en esta labor. Y habla de ello con la sencillez de quien lleva media vida repitiendo un gesto que ya forma parte de sí mismo.
“26 años”, responde al recordar cuánto tiempo lleva en el servicio. Los mismos, explica, lleva subiendo al cerro para colocar las cruces: “Todos los años se montan y yo cuando entré ya el primer año ya subimos a ponerlas”. No hay artificio en sus palabras, pero sí una verdad profunda: esta tradición pasa de mano en mano, de cuadrilla en cuadrilla, de generación en generación, como pasan las cosas importantes en Cuenca.
Un trabajo duro para levantar un símbolo
El proceso no es sencillo. Las cruces suben en camión hasta la parte alta y, desde allí, comienza la parte más delicada. Hay que bajarlas desmontadas por un tramo complicado, montarlas en el cerro, abrir los huecos en la tierra y levantarlas entre todos, ayudándose de vientos para sujetarlas.

“Subimos las cruces en los camiones hasta la parte de arriba, y luego hay un buen tramo de bajada complicado”, relata Saavedra. “Las bajamos desmontadas y luego aquí se montan. Y una vez montadas pues tenemos que hacer los agujeros que todos los años están en el mismo sitio y se montan, se encaran y luego entre todos se levantan”.
Cada año se repite una escena que mezcla trabajo físico, experiencia y compañerismo. Los agujeros rondan los 60 centímetros, aunque depende de lo que permita el terreno. “Hay veces que sale roca y está complicado”, cuenta. Y no es una tarea rápida: la labor, según explica, dura entre tres y cuatro horas. Cada cruz pesa alrededor de 150 kilos.

Un símbolo que también conoce años difíciles
La fortaleza del símbolo se mide también en los años complicados. Los propios operarios recuerdan que en 2025, por falta de personal en el servicio municipal debido a bajas y jubilaciones, fueron voluntarios quienes se encargaron de colocarlas y también de quitarlas.
En esa memoria de quienes llevan años subiendo al cerro aparece también otro episodio que no olvidan: el año en que una empresa fue la encargada de instalarlas y se cayeron. No lo cuentan como anécdota menor, sino como prueba de que estas cruces no se levantan solo con medios, sino con el conocimiento de quienes conocen cada pendiente, cada apoyo y cada palmo de terreno de La Majestad.
Un día de esfuerzo, almuerzo y hermandad
En la tarea participan entre 12 y 14 personas, todas del Servicio de Obras del Ayuntamiento. Son muchos brazos para mucho peso, para muchas piezas y para un terreno que no perdona. “Subimos entre 12 y 14 personas porque es mucho el material que hay que bajar”, explica Saavedra. “El terreno está complicado, incluso algún compañero se ha llegado a lesionar alguna vez”.

Pero en medio del esfuerzo también hay espacio para el calor humano. Para el almuerzo compartido, para ese compañerismo tan propio de los trabajos que se hacen sabiendo que no son un trabajo cualquiera. “Sí, es un buen día, porque almorzamos aquí los compañeros juntos, es un día de compañerismo”, afirma Arturo. Y este año, además, el tiempo ha acompañado con Sol.
Cuando las cruces están arriba, Cuenca ya no mira igual
Quizá por eso, cuando las tres cruces quedan ya en pie, no solo cambia el paisaje. La ciudad sigue siendo la misma, pero ya no se siente igual. El cerro deja de ser solo cerro. Pasa a convertirse en anuncio, en presagio, en emoción visible.

Cuenca tiene muchos símbolos en Semana Santa, pero pocos tan callados y poderosos como este. Porque no hace falta decirlo en voz alta. Lo entiende cualquiera que haya vivido aquí estas fechas con el corazón encogido y los ojos puestos en lo alto.
Las tres cruces ya están colocadas, ya coronan el Cerro de la Majestad. Y con ellas, de algún modo, también ha quedado colocada el alma de la Semana Santa sobre Cuenca.
/Foto: Néstor Robayna/



















































































































































































