No es solo teatro, ni solo tradición. Cada año, Tarancón se convierte en escenario vivo de una historia que se camina, se respira y se comparte. La Pasión Viviente cumple 35 años consolidándose como uno de los eventos más singulares de la Semana Santa conquense.
Desde El Digital de Cuenca, hablamos con Julián Santos, coordinador y director de la representación, testigo directo de su evolución desde dentro.

1991: el inicio de una historia colectiva
«Se empezó a realizar en 1991», explica Santos. Desde entonces, la representación no ha dejado de crecer. «Estamos en constante progresión. De lo que hacíamos entonces a lo que hacemos hoy hay un cambio absoluto», señala. El guion no ha cambiado en esencia, pero sí se ha ampliado con nuevas escenas, personajes y una escenificación mucho más ambiciosa.
Más escenas, más intensidad
Una de las incorporaciones más destacadas es la escena del ahorcamiento de Judas. «Antes, en la segunda caída de Jesucristo, Judas ya aparecía ahorcado. Ahora se ahorca en directo delante del público», explica. Tras ese momento, se produce el encuentro con Jesucristo y la segunda caída. No es el único cambio: a lo largo de los años se han ido incorporando muchas escenas que antes no existían, enriqueciendo la narrativa y aumentando el impacto emocional.

Cuarta renovación del papel de Jesucristo
Este año llega con un relevo importante: el cambio en el actor que interpreta a Jesucristo, el cuarto en 35 años. Antes de Julián Santos, lo representaron Antonio Moreno y Raúl Añover. El propio Santos, además, interpretó durante ocho años a San Juan antes de asumir el papel principal, que ha encarnado durante décadas. Ahora el testigo pasa a Pablo Santos. «Podría seguir haciéndolo, pero quiero que esto perdure en el tiempo. Y para eso hace falta renovación», afirma.

Hasta 200 personas en escena
La representación moviliza a todo un pueblo. El día de la función pueden participar alrededor de 200 personas. Unas 125 cuentan con papeles ensayados, mientras que entre 70 y 80 forman parte del «pueblo», vecinos que no necesitan ensayar, pero sí acudir caracterizados como habitantes de Jerusalén. «Solo tienen que venir sin elementos modernos, sin relojes, sin pendientes, y seguir las indicaciones de los coordinadores», detalla. El número varía según el tiempo: en años favorables se superan los 200 participantes; en otros, con frío o viento, la cifra disminuye.
Cuatro kilómetros de representación
El recorrido abarca cerca de cuatro kilómetros por el casco histórico, pasando por la plaza del Ayuntamiento, la plaza de la Constitución, la plaza de la Solana, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y el paraje del Caño. Durante ese tiempo, el municipio se transforma completamente. Protección Civil corta las calles y el centro se vuelve peatonal, creando una atmósfera inmersiva en la que resulta difícil incluso moverse entre escenas.

Sábado de Resurrección, a las 20:30
La representación tiene lugar el sábado de Resurrección. Este año comenzará a las 20:30 horas, ya con el cambio al horario de verano.
El origen: teatro y compromiso
La idea surge de Antonio Moreno, primer Jesucristo, muy vinculado al mundo del teatro. Con el apoyo del Ayuntamiento desde el primer momento, el proyecto pudo salir adelante pese a los pocos medios iniciales. Hoy esa colaboración sigue siendo esencial, especialmente en sonido e iluminación, recursos que el grupo no podría asumir por sí solo. Como anécdota, Moreno tenía 33 años cuando comenzó, la misma edad que tenía Julián Santos cuando asumió el papel.
Verla… o vivirla desde dentro
Santos lo tiene claro: la mejor forma de disfrutar la Pasión es participando. Quien acude como espectador puede tardar hasta tres años en ver todas las escenas debido a la dificultad de desplazarse entre ellas. Sin embargo, quien se incorpora como pueblo caracterizado puede seguir toda la representación en un solo año y desde una posición privilegiada, ya que siempre tiene espacio reservado junto a la acción.
Una vivencia que va más allá del escenario
Para Julián Santos, interpretar a Jesucristo ha sido algo profundamente personal. «Lo vivo y lo siento. Ha sido de las mejores cosas que he hecho en mi vida», afirma. Una experiencia que ha dejado huella incluso fuera del escenario: todavía hay vecinos que le llaman «Jesucristo» por la calle.

Cuando un pueblo entero cuenta una historia
La Pasión Viviente de Tarancón no es solo una representación. Es una tradición que se renueva, un proyecto colectivo y una forma de entender la cultura desde la implicación. Aquí no hay espectadores pasivos: hay un pueblo que se convierte en historia. Y en ese tránsito entre escenas, entre plazas y entre generaciones, Tarancón demuestra que hay relatos que no se limitan a contarse… sino que se viven.





