El silencio dura apenas unos segundos. Después llega el rugido de una motosierra y las primeras virutas de madera empiezan a saltar por el aire. Lo que hace unos minutos parecía un tronco cualquiera comienza a transformarse poco a poco en algo reconocible. Primero aparece una silueta, luego una forma más definida, hasta que finalmente surge una figura completa tallada en madera.
En el pequeño municipio de Tébar, un pueblo de apenas unos cientos de habitantes en la provincia de Cuenca, trabaja un artesano cuya herramienta principal no es el cincel ni el martillo, sino una motosierra. Gustavo Fernández se ha convertido con el paso de los años en uno de los pocos escultores profesionales que utilizan esta técnica en Castilla-La Mancha, un oficio tan espectacular como exigente que lo ha llevado a recorrer gran parte de España realizando exhibiciones en directo.
Lo curioso es que su camino hacia el arte no estaba previsto. Durante buena parte de su vida se dedicó a algo muy distinto.
“Yo siempre he sido granjero”, explica con naturalidad. “Mi padre tenía explotaciones agrícolas y yo me dedicaba a la agricultura”.
Hoy su rutina es muy diferente. Entre encargos y exhibiciones, su agenda se llena durante buena parte del año. Solo durante unos meses vuelve a otro de sus proyectos familiares: una pequeña almazara artesanal donde producen su propio aceite.
Pero su vida cambió hace algo más de una década.
Un hobby que terminó convirtiéndose en profesión
Su relación con la escultura empezó casi por casualidad. Su mujer es licenciada en Bellas Artes y ese ambiente creativo fue despertando su curiosidad.
“Empecé un poco por ahí, como hobby. Fui un poco autodidacta”, recuerda Fernández. En uno de sus viajes al norte, un amigo que ya trabajaba algo la madera con motosierra le animó a probar. Aquella primera experiencia fue decisiva.
“Yo hacía muchas manualidades, plastilina y cosas así. Tenía muchas formas en la cabeza”, explica.
Su amigo notó enseguida que tenía facilidad para ello. “No me dijo exactamente que lo hacía bien, pero sí que le pegaba mejor que él”, dice entre risas.
A partir de ahí empezó a practicar, cada vez con más dedicación. Primero llegaron pequeñas exhibiciones, después concursos y finalmente algunos reportajes televisivos que ayudaron a dar a conocer su trabajo. Poco a poco, lo que había empezado como una curiosidad terminó convirtiéndose en su forma de vida.
Un búho que sigue en casa de su madre
La primera escultura que realizó con motosierra fue un búho. Y tuvo un destinatario muy especial: su madre.
“Se la regalé y todavía la tiene en la entrada de casa”, cuenta. Años después, cuando vuelve a verla, no puede evitar comparar.
“Veo ese búho que hice hace doce o trece años y luego veo lo que hago ahora y digo: madre mía”.
La técnica ha evolucionado mucho desde entonces. Ahora sus esculturas incluyen detalles mucho más precisos: plumas, ojos, garras o texturas que apenas se distinguían en sus primeras piezas.

Aun así, aquella figura inicial conserva un valor sentimental que ninguna de las posteriores puede igualar.
Esculpir delante del público
Aunque también realiza encargos en su taller, Fernández reconoce que la parte que más disfruta de su trabajo son las exhibiciones en directo.
“Lo que más me gusta es estar ahí, en la arena, con la gente mirando”, explica. “Es como demostrar lo que sabes hacer”.

En esas demostraciones puede transformar un tronco aparentemente sin forma en un animal o una escultura completa en cuestión de horas.
No se trata solo de habilidad artística. También hay un componente físico importante.
“Una exhibición puede durar cinco o seis horas seguidas, y a veces incluso tres días en algunos certámenes”, cuenta.
La práctica es, según él, la clave para dominar la técnica. “La habilidad te la da hacer mucho. Si quieres que te salgan bien los ojos, haces ojos. Si quieres que te salgan bien las garras, haces garras”.

Con el tiempo, la experiencia también le permite imaginar la escultura antes de empezar. “Muchas veces ya la llevo en la cabeza antes de tocar el tronco” otras veces cuando se pone a hacer algo que no ha trabajado nunca practica el diseño en papel o incluso con plastilina.
Aunque muchos se sorprenden al ver su destreza en vivo, el escultor no cree que su oficio sea algo reservado a unos pocos. De hecho, anima a cualquiera que tenga curiosidad a probar. Según explica, el secreto está en la práctica y en perder el miedo a empezar. “Todo el mundo sabe hacerlo”, asegura. “Al final todo es ponerse y practicar. Si quieres que te salgan bien los ojos, haces ojos; si quieres que te salgan bien las garras, haces garras”. Para él, la habilidad llega con el tiempo, repitiendo y aprendiendo de cada pieza hasta que la madera empieza a responder a lo que uno imagina.

Eso sí, insiste en que trabajar con motosierra exige respeto y responsabilidad. A lo largo de los años ha tenido algún susto, como un rebote que golpeó su casco o una radial que llegó a engancharle el pantalón, aunque sin consecuencias graves gracias al equipo de protección. Por eso insiste siempre en lo mismo a quienes quieren iniciarse: invertir en seguridad. “Pantalones anticorte, casco, guantes o botas, eso es lo mínimo”, explica. Para Fernández, la motosierra puede ser una herramienta artística espectacular, pero solo si se utiliza con cabeza y con las medidas adecuadas.
Los animales que salen de la madera
La mayoría de sus obras representan animales. Águilas, búhos o toros son algunas de las figuras más habituales en sus exhibiciones.
Según explica, no es casualidad. “Los animales de la zona donde haces la exhibición siempre llaman más la atención”.

De hecho, reconoce que ha tallado águilas en innumerables ocasiones. “Águilas habré hecho cientos. Es una figura que siempre gusta”.
Sin embargo, hay un tipo de escultura que sigue resultando especialmente complicado: los rostros humanos. “Las caras de las personas son lo más difícil”, admite.
Actualmente trabaja en uno de sus encargos más exigentes: una figura de Cristo. “La motosierra puede hacer la base, pero luego tienes que usar gubias, lijadoras y trabajar mucho más los detalles”.
No se trata solo de la forma general, sino de las facciones y la expresión, algo que requiere mucha más precisión.
Un oficio con trucos
Después de años trabajando la madera, Fernández ha desarrollado también soluciones para cuando algo no sale como esperaba.
“Todo tiene truco”, asegura. Recuerda, por ejemplo, una vez en la que estaba terminando el pico de un águila y se llevó por delante parte de la pieza. “Cogí cola de contacto de tres segundos, lo pegué, lo lijé… y no se nota nada”.
En otras ocasiones la solución es distinta. “Si te llevas algo que no debes, reduces la figura entera. Vas quitando madera hasta que todo vuelve a encajar”.
La clave, explica, es no venirse abajo en mitad del proceso. “Si estás en una exhibición tienes que seguir. No puedes pararte a pensar que ya no va a salir”.
Tres camiones de madera al año
El volumen de madera que utiliza es enorme. Solo el año pasado descargó tres tráileres completos de troncos.
“Este año además ha habido temporales y se han caído muchos árboles, así que me llaman de muchos sitios para aprovecharlos”.

Gran parte de esa madera va a terminar convertida en esculturas antes de que termine el verano.
Un trabajo que le da vida
Cuando se coloca frente a un tronco y arranca la motosierra, el escultor describe una sensación difícil de explicar.
“Para mí esto es vida”, dice. Habla de adrenalina, de reto y de la satisfacción de ver cómo la figura aparece poco a poco entre las virutas de madera.

“Piensas: lo voy a hacer. Y luego la siguiente vez te sale mejor, y la otra mejor todavía”.
Encargos desde toda España
Su trabajo no se queda en el entorno rural de donde procede. Hoy recibe peticiones de prácticamente cualquier punto del país.
“Ahora mismo tengo seis bancos encargados y unas siete u ocho exhibiciones por delante”, explica.
También le han escrito desde el extranjero, aunque de momento prefiere centrarse en el ámbito nacional.

“Con lo que hay aquí ya tengo trabajo de sobra”. Algunos clientes repiten cada año y le encargan varias esculturas.
Cuando el público se sorprende por lo inesperado
A pesar del esfuerzo que supone tallar una escultura durante horas, a veces lo que más sorprende al público es otra cosa.
“Te tiras ocho horas haciendo un águila espectacular y luego se quedan más impresionados porque abres una cerveza con la motosierra”, cuenta entre risas.

Una anécdota que resume bien el carácter espectacular de su trabajo. Porque detrás del ruido de la motosierra y de las virutas que saltan al aire, lo que realmente ocurre es algo mucho más sencillo, un tronco empieza a transformarse en arte. Y todo sucede en un pequeño taller de Tébar.
/Foto: Trabajos de Gustavo Fernández, cedidas/










