El relato de una profesora de Cuenca que huyó con su familia de la guerra: “Desde casa vimos caer un misil”

La docente conquense residía en Baréin, un pequeño país insular del Golfo Pérsico, junto a su marido y su hija de 5 años cuando estalló la escalada militar con Irán

Hasta hace apenas unas semanas, Baréin, una pequeña isla del Golfo Pérsico, representaba para la conquense Fátima González una rutina tejida con calma, trabajo y horizonte. Autora de literatura infantil (@pages4Growth en redes) y profesora de Lengua y Literatura, Fátima había recorrido medio mundo —de Londres a Singapur, pasando por Madrid y Cuenca— antes de asentarse en la isla de Oriente Próximo en 2023 junto a su marido y su hija pequeña de 5 años.

El plan era cerrar ciclo este año con la pausa de quien sabe despedirse. Sin embargo, el adiós se transformó en huida: una salida precipitada marcada por alarmas antimisiles, refugios improvisados y esa vulnerabilidad que solo aparece cuando la seguridad parece desvanecerse. “Los dos primeros días fueron horribles, horribles”, resume Fátima. Y en esa repetición hay más verdad que en cualquier grandilocuencia.

Foto: La conquense Fátima González junto a su familia

De Cuenca al Golfo Pérsico

González no es una recién llegada al extranjero ni una aventurera improvisada. Su carrera ha estado ligada, precisamente, a la enseñanza del español fuera de España. Trabajó en Reino Unido y en Singapur, regresó después a España y pasó también por Cuenca, donde participó en el proyecto True Spanish Experience, vinculado a la proyección de la ciudad como referente del español como lengua extranjera.

Más tarde, ella y su marido se incorporaron a la red de colegios internacionales SEK. Fue esa institución la que los llevó a Baréin. Allí, dice, se vivía “súper bien”: un país pequeño, cómodo, acogedor, con una vida cotidiana amable. Hasta que un sábado empezó el estruendo.

El día en que cambió todo

La guerra que terminó por alterar la vida de esta familia española arrancó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques sobre Irán. Teherán respondió ese mismo día con misiles y drones contra Israel y también contra varios países del Golfo que albergan presencia militar estadounidense, entre ellos Baréin.

Ese fue el comienzo de una escalada que, casi tres semanas después, seguía dejando muertos, heridos y ciudades enteras bajo la lógica del sobresalto. Reuters, agencia de noticias internacionales, contabilizaba este 17 de marzo más de 2.000 muertos en el conjunto regional y situaba solo en Irán miles de fallecidos y más de 7.000 heridos, según distintas fuentes; en Baréin, las autoridades habían informado de dos muertos en ataques separados.

Foto: La conquense Fátima González junto a su familia celebrando el Día Nacional de Baréin

Fátima recuerda con nitidez el momento inicial, aunque ella misma no oyó la primera alarma. Estaba en un centro de bienestar, aislada por la música relajante y el silencio acolchado de una cabina. Al salir, tenía varias llamadas de su marido. “Me empezó a llamar mi marido y, cuando salí, me dijo: ‘¿Qué pasa? ¿No has oído? Han sonado las alarmas antimisiles, ha caído un bombazo’”.

A partir de ahí, el tiempo dejó de medirse en días y empezó a medirse en noches.

Dormir en el pasillo

Los tres —padre, madre e hija— improvisaron una cama en el pasillo de casa, el punto más alejado de las ventanas. Allí durmieron durante las dos primeras noches. No bajaron a ningún búnker. No había una salida clara. Solo quedaba atrincherarse en lo doméstico y convertir el interior de una vivienda en una especie de refugio.

“Dormíamos en el pasillo, hicimos como una especie de cama con los asientos del sofá, y dormíamos ahí los tres porque era el único sitio que estaba alejado de las ventanas”, recuerda Fátima. En su relato no hay épica, sino detalles: la niña de cinco años preguntando por qué no podía acercarse al cristal, la decisión de no separarse nunca, el temor a que, si algo ocurría, no hubiera tiempo material para ir a buscarla a otra habitación.

Foto: Hija de Fátima en un zoco de Baréin

A la pequeña no le explicaron al principio toda la magnitud de lo que pasaba, pero sí lo suficiente para que obedeciera. Le hablaron de países que se estaban peleando y de “golpetazos”. Era la manera de nombrar la guerra sin ponerle aún ese nombre.

El ruido de una isla

La geografía hizo el miedo más intenso. Fátima insiste en ello. Baréin no es una vasta extensión donde los impactos pueden quedar lejos de la vida diaria. Es una isla alargada, y esa condición reducía la distancia física y psicológica con cada ataque. “Da igual donde caiga, lo vas a oír”, explica.

Y no solo lo oían: a veces lo veían. Desde su vivienda alcanzaban a observar la trayectoria de los antimisiles. En una ocasión, probablemente el 9 de marzo, llegaron a presenciar cómo uno de ellos interceptaba parte del ataque y otro terminaba cayendo en la zona de una refinería. «Desde las ventanas de casa vimos cómo salían los antimisiles desde abajo, interceptaban un par de misiles y otro caía en una de las refinerías».

Acostumbrarse a lo insoportable

Hay una frase de Fátima que sobrecoge precisamente por su frialdad: “el cerebro humano se acostumbra a todo”. No lo dice con resignación filosófica, sino con la extrañeza de quien se descubre adaptándose a lo que jamás debería resultar normal. Las primeras noches fueron de taquicardia; después, la alarma dejó de producir el mismo estallido interior. Seguía el peligro, pero cambiaba la forma de sentirlo.

También ayudó la comunidad. En el edificio vivían compañeros y vecinos, algunos procedentes del Líbano o de Siria, personas que ya habían atravesado escenarios parecidos y que aportaban algo muy valioso en mitad del miedo: experiencia, serenidad, costumbre. Se reunían por las noches, cenaban juntos, intentaban despejar la cabeza. “Eso fue un poco lo que nos salvó”, dice.

Foto: La conquense Fátima González junto a su hija en un skyline

La guerra, pero con objetivos

Con el paso de los días, la familia entendió que los ataques no estaban siendo indiscriminados sobre toda la ciudad, sino dirigidos contra objetivos concretos: áreas financieras, instalaciones energéticas, enclaves estratégicos. Esa percepción no borraba el miedo, pero lo volvía distinto, más localizado, casi cartográfico.

El motivo de esa selección de blancos también forma parte de la lógica del conflicto. Reuters describe que Irán ha apostado por golpear bases de Estados Unidos y nodos energéticos del Golfo para elevar el coste político y económico de la guerra, tensar a sus vecinos y alterar mercados y rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz.

Por eso Baréin, aliado de Washington y sede de presencia militar estadounidense, quedó dentro del radio de represalia iraní desde el primer día. Aun así, hubo momentos en que la amenaza se sintió más cerca. Fátima recuerda especialmente dos días en los que vieron tanques y sistemas antimisiles desplegados en su propia zona. Ahí, cuenta, volvió el vértigo.

Salir por un puente

La familia aguantó diez días antes de tomar la decisión de marcharse. La opción aérea estaba prácticamente anulada: el espacio aéreo sufría cierres, saturación y cancelaciones. La única vía de salida era por carretera, cruzando el puente que conecta Baréin con Arabia Saudí.

Y eso, en una guerra, nunca suena bien. «Los puentes son infraestructuras estratégicas», afirma González. También lo eran las zonas que debían atravesar antes de llegar a él: el distrito financiero, el entorno bancario, áreas vinculadas al petróleo. Fátima admite que no quería salir por esa vía, pero la prolongación del conflicto y la falta de certezas terminaron empujándolos.

La evacuación fue posible con ayuda consular. En Baréin no hay embajada ni consulado español propio y la demarcación depende de Kuwait, aunque un cónsul honorario de Baréin colaboró sobre el terreno. Con un conductor local, el 10 de marzo lograron abandonar el país por carretera, llegar a Riad a casa de unos amigos y, tras dos cancelaciones, coger un vuelo de Estambul a España, llegando el día 13.

La distancia y el miedo de los de aquí

Mientras todo eso ocurría, en Cuenca y Madrid la familia seguía cada noticia con la angustia inevitable de quien mira desde lejos y completa los huecos con imaginación. Fátima intentaba rebajar la alarma en cada llamada: «la prensa agranda las cosas», afirma. Su madre, cuenta, encontró refugio en su fe: tardes de misa, rezos y espera.

Al llegar a España, Fátima pasó primero por Madrid, donde vive su hermana, y luego vino a Cuenca para ver a su familia. Después regresó a la capital, donde la familia se ha reinstalado provisionalmente.

Lo que queda allí

No todo ha vuelto con ellos. Quedan objetos, queda una mudanza a medio cerrar, quedan amigos que “son prácticamente familia” y queda, sobre todo, la sensación amarga de no haberse despedido bien. Tenían previsto regresar igualmente a España en abril por motivos laborales, pero no así, no de esta manera abrupta y bajo el sonido de las alarmas.

Foto de Fátima: «Los bareiníes son gente acogedora, abierta y maravillosa

Hoy siguen pendientes de las noticias que llegan desde Baréin. La situación, dice, está “más calmada”, aunque persisten los sustos y la incertidumbre. Y esa es quizá la palabra más exacta de todas: incertidumbre. Porque en las guerras modernas incluso cuando baja el ruido no desaparece del todo el miedo.

De toda la conversación, acaso la imagen más poderosa sea la más sencilla: tres cuerpos durmiendo en un pasillo para alejarse de unas ventanas. La guerra, al final, también es eso. No solo cancillerías, mapas o refinerías ardiendo. También una niña de cinco años a la que sus padres intentan explicar el mundo sin romperle la infancia.

Alba Soledad Moya

Natural de Cuenca. Graduada en Periodismo por la UCLM. Experiencia en medios de comunicación como CMM o La Sexta.
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