En la capilla del Espíritu Santo de la Catedral de Cuenca aguardaba ella, la Madre, la Dolorosa. En silencio, esperando el momento en que las puertas se abrieran y el corazón nazareno de la ciudad comenzara a latir con más fuerza.
A su alrededor, los banceros ajustaban hombros y emociones. Había respeto, concentración y también una cierta incertidumbre mirando al cielo. La lluvia amenazaba la tarde y sobre la mesa estaba incluso la posibilidad de refugiarse o finalizar el recorrido en las Concepcionistas, las monjas de la Puerta de Valencia. Pero antes de salir, la capataz de banceros, María Rodríguez, lanzó un mensaje claro que sonó casi como una promesa: “Vamos a salir y lo vamos a hacer fenomenal, con paso largo y con seguridad en las cuestas.” Y así fue.

A las 19:20, la procesión comenzaba a caminar. Primero en la intimidad del claustro de la Catedral, donde únicamente los hermanos, banceros y portaenseres eran testigos de ese instante que parece suspender el tiempo. Allí, entre piedra y recogimiento, empezó a avanzar la Dolorosa. Poco después llegaba una de esas imágenes que quedan grabadas en la memoria de los nazarenos: la Virgen cruzando bajo los hombros de sus banceros el precioso Arco de Jamete.
La espera y lo inesperado
A las 19:35, ya en el exterior, Cuenca la esperaba. El primer misterio del rosario comenzaba mientras la imagen se mostraba al público. Vestía una combinación cargada de simbolismo: las andas de la Soledad de San Agustín, la saya granate de la Soledad del Puente y su manto negro de terciopelo envolviéndolo todo como un abrazo de luto y elegancia.

El cielo, que durante horas había amenazado lluvia, decidió conceder una tregua. El anochecer se volvió azul. Sereno. Casi cómplice. Pero la verdadera sorpresa estaba aún por llegar.
Entre el Palacio Episcopal y la Casa de la Sirena, algo ocurrió que nadie esperaba. Las farolas de las calles estaban apagadas. No era un efecto preparado ni un recurso buscado. Simplemente, esa parte se había quedado a oscuras. “No sabemos quién ha sido”, confesaba después a El Digital de Cuenca con una sonrisa orgullosa Pablo Muñoz, representante de la Hermandad.

Y quizá nadie lo sepa nunca. Porque en ese momento la escena fue sobrecogedora. La Madre avanzaba iluminada únicamente por la luz del paso, por las dos tulipas sobre las andas y por las velas que los hermanos portaban en fila. La calle, en penumbra, parecía inclinarse ante su presencia. Solo el leve balanceo de las llamas rompía la oscuridad. Era una estampa que parecía salida de otro siglo.
El momento más icónico: la Dolorosa junto a las Casas Colgadas
La bajada por la Casa de la Sirena fue uno de los momentos más admirados de la noche. La estrechez de la calle, el silencio expectante y la dificultad del terreno hacían que cada paso tuviera un valor especial. Los conquenses miraban con respeto, conscientes de estar viviendo algo único. Un recuerdo de aquella procesión vivida en 1956.

Y entonces llegó la apertura. Al cruzar la unión entre la Casa de la Sirena y las Casas Colgadas, la procesión se encontró de repente con una auténtica ventana al mundo. La calle se ensanchaba y con ella el asombro. No cabía ni un alfiler.
La multitud esperaba en cada rincón. Incluso el Puente de San Pablo estaba completamente lleno en su tramo inicial. Allí, donde antes reinaba la oscuridad, ahora brillaban cientos de pequeñas luces: móviles y flashes intentando inmortalizar el momento.
La Dolorosa «volvía» a mirar a las Casas Colgadas. Mientras Cuenca la miraba a ella.
12 banceros, 4 turnos: el sustento de la devoción
La música sacra, profunda y solemne, interpretada por un trío de capilla, envolvía el paso con misticismo, respeto y recogimiento. Acostumbrados a que las procesiones conquenses caminen al compás de las bandas y de las marchas que todos reconocen al primer acorde, esta vez el sonido era distinto: más íntimo, más contenido.
En el Paseo del Huécar, tras descender la cuesta de las Casas Colgadas, la concentración de público volvía a ser notable. Aunque unos metros más adelante las obras de los remontes rompían un poco la estética del desfile, la procesión siguió avanzando por el interior del paseo peatonal, envuelta en esa mezcla de recogimiento y emoción que solo se siente caminando detrás de un paso.

Doce banceros portaban la imagen. Cuatro turnos permitían que muchos hombros pudieran vivir esta procesión histórica que ya se ha convertido en una de las más especiales de Cuenca.
Mientras tanto, los hermanos se turnaban para la lectura del rosario, que iba marcando el ritmo espiritual del recorrido. Cada misterio era una oración compartida. Cada paso, un gesto de fe.
La única nota discordante llegó en la calle Aguirre, casi al final del recorrido, con menos espectadores algunos coches aparcados rompían la estética, pero ni siquiera eso pudo apagar lo vivido.
A lo largo del recorrido también hubo espacio para la oración pausada. Durante la procesión se rezaron cinco misterios del rosario que fueron marcando el caminar de la Dolorosa por la ciudad: el primero en la puerta de la Catedral, el segundo junto al monumento al pastor de las Huesas del Vasallo, el tercero a la altura del Auditorio, el cuarto a las puertas del convento de las Concepcionistas y el último en San Esteban, donde la procesión concluyó a las 21:30 con el rezo de un Padre Nuestro y los repetidos ruega por nosotros que resonaron en la noche conquense como un eco que parecía elevarse entre las calles del casco antiguo.
Esta noche Cuenca no solo acompañó a la Dolorosa, caminó con ella por los rincones más emblemáticos de la ciudad haciendo historia.
/Fotos: Néstor Robayna/






































































































































































































