Desde arriba, el río engaña. El Júcar baja sereno entre hoces y paseos, refleja la piedra y la historia, y parece limpio. Pero bajo esa superficie tranquila se esconde otra Cuenca, una que no sale en las postales. Tras los temporales que asolan la ciudad Bartolomé Arcos Trujillo advierte de las consecuencias: “Cuando baja el caudal, el río enseña lo que no es suyo”. Bolsas, envases, latas, señales de tráfico, papeleras, bidés o televisores aparecen entonces atrapados entre piedras y ramas. Ahí empieza su trabajo.
Arcos es presidente del Club de Buceo Apnea Cuenca, un grupo que desde 2017 se ha convertido, casi sin proponérselo, en los guardianes invisibles de los ríos Júcar y Huécar. Se sumergen donde nadie mira y sacan a la luz lo que la ciudad prefiere no ver.
“Si los residuos caen al río, ¿dónde acaban?”
El origen de todo fue una pregunta sencilla. El club nació en 2017 por iniciativa de las hijas de Bartolomé tras realizar un curso de buceo y, poco después, a través de Facebook, conocieron la Red de Vigilantes Marinos. Arcos recuerda perfectamente el momento en el que conectó ambas realidades: “Yo dije: si los residuos caen al río, ¿dónde acaban? En el mar”.

La idea encajó de inmediato. Cuenca es Ciudad Patrimonio de la Humanidad, el Júcar atraviesa su casco urbano y el Huécar serpentea bajo las Casas Colgadas. Para el club, empezar aquí era casi una obligación. Como explica Arcos, no se trata solo de la imagen, sino de la responsabilidad que implica ese entorno: la ciudad atrae visitantes de toda España y del mundo, pero, sobre todo, alberga un ecosistema que hay que cuidar.
Donde no llega la mirada
A diferencia de otras iniciativas, Apnea Cuenca actúa bajo el agua. En el Júcar lo hacen con inmersiones completas, botellas y equipos técnicos, siempre con apoyo en tierra. En el Huécar, en cambio, la limpieza se realiza caminando por el cauce, recogiendo a mano los residuos que se acumulan entre piedras y vegetación.

En el caso del Júcar, la logística es clave. Como explica Arcos, se necesitan buceadores cualificados, voluntarios fuera del agua y material específico para extraer objetos de gran peso. Algunas piezas obligan a usar globos elevadores porque es imposible sacarlas manualmente. Y sin el apoyo terrestre, insiste, la limpieza sería inviable.

Cada intervención confirma la misma realidad. Le sorprende como a pesar del trabajo que hacen, cada año se tenga que repetir e incluso con mayor cantidad de residuos: “la gente dice «oye, qué bonito, qué bien lo hacéis», pero a los pocos días vuelves a pasar por El Huécar y vuelves a ver residuos”.
Más de 1.500 kilos en un año
Los números respaldan esa sensación. Solo este año, el club ha retirado más de 1.500 kilos de basuraleza del Júcar, una cifra superior a la de ejercicios anteriores en algunos tramos, como el del Recreo Peral.

Entre los objetos más llamativos, señales de tráfico arrancadas, restos de motocicletas, papeleras enteras o un televisor de plasma que se había convertido en refugio de peces.
“El agua es buena, lo que falla somos nosotros”
Paradójicamente, el problema no es la calidad del agua. Arcos lo deja claro: “El Júcar tiene nutrias, y eso es señal de aguas limpias”. Bajo la superficie hay vida, mucha vida. Precisamente por eso preocupa más la cantidad de residuos.

En su diagnóstico no hay dudas: “El río no es un vertedero, pero lo tratamos como si lo fuera”. En el Huécar, los puntos más conflictivos coinciden con zonas de bares, escaleras donde se concentra el botellón y márgenes fácilmente accesibles. Hay papeleras y contenedores, pero aun así los residuos acaban en el cauce. Para Arcos, la causa es clara: falta de conciencia.

Altruismo y doble impacto social
La labor del club es completamente altruista. No cobran por limpiar. Cuentan con la colaboración del Ayuntamiento, la Diputación y entidades como la Fundación Globalcaja, que aportan apoyo logístico y económico para asumir los costes. Como reconoce Bartolomé, estos proyectos requieren recursos, y ese respaldo les permite ser más eficaces.

Además, gracias a la Red de Vigilantes Marinos, cada kilo retirado tiene un segundo destino solidario. “Todo lo que sacamos se convierte en comida para comedores sociales”, explica. “Limpiamos el río y ayudamos a personas”.

Tramos conflictivos: dónde se acumula la “basuraleza”
Al recorrer los ríos, hay lugares donde la basura se concentra de manera sistemática. En el Huécar, los bares y las zonas de botellón dejan restos acumulados en escaleras y márgenes del paseo. “Toda esa parte que da ese margen está llena de residuos: botellas, latas, vasos. Todo eso somos las personas”, explica Arcos señalando que no es por falta de contenedores sino “el no tener conciencia”.

En el Júcar, los tramos más complicados coinciden con zonas donde el río se estrecha o hay caída de agua, como debajo del Puente de los Descalzos o la cascada cerca de El Sargal.

Allí han encontrado objetos enormes y pesados que requieren material especializado, como globos elevadores, para ser extraídos sin dañar el ecosistema.
Organización: buceadores y voluntarios, un equipo imprescindible
Cada limpieza combina trabajo subacuático y apoyo terrestre. Entre los buceadores hay entre 15 y 25 personas, según la disponibilidad, y fuera del agua colaboran otros 35–40 voluntarios. Bartolomé recalca que “nosotros somos la parte visible, pero indirectamente son ellos la parte más importante de que nos ayudan a sacar todos esos residuos que hay dentro del río”.

El club planifica cuidadosamente cada acción: seleccionan tramos, coordinan buceadores y voluntarios, reparten material como guantes y bolsas, e incluso organizan mesas informativas donde se explica la importancia de mantener los ríos limpios. “Si podemos conseguir algún regalo, una bolsa para que dejen los residuos ahí con la familia y tal, unos guantes, un gel hidroalcohólico, para que sea lo más seguro y placentero posible”, comenta Arcos.
Educación medioambiental: enseñando a las nuevas generaciones
La filosofía del club no se limita a la limpieza. Su logo lo deja claro: educación medioambiental. Después de cada intervención, los miembros del club visitan colegios, mostrando a los alumnos qué se ha sacado del río y animándolos a implicarse. “Invitamos a los niños, que son el futuro, a que vengan con sus padres o familiares a ayudarnos y que aprendan a recoger la basuraleza”, explica Arcos. La idea es que entiendan que no solo se trata de estética, sino de proteger un ecosistema que sustenta vida acuática, aves y animales como las nutrias.
La educación como objetivo
Apnea Cuenca no se queda en el agua. Su logotipo lo deja claro: educación medioambiental. Tras cada limpieza, el club visita colegios para mostrar lo que han sacado del río y explicar por qué no debería estar ahí. Bartolomé confía especialmente en los más jóvenes: “Los niños son el futuro”.

Al terminar la colaboración con el club en la recogida, familias, amigos y vecinos que, al ver el resultado, entienden el impacto real de la iniciativa. “Cuando ven lo que sacamos, se van con la sensación de haber hecho algo bueno”, dice.
“No estamos aquí para destruir, sino para crear”
Las limpiezas de Apnea Cuenca siguen un calendario que combina tradición e innovación. La primera ruta clásica se realiza siempre desde el Recreo Peral hasta el Puente de San Antón, alrededor de mediados de septiembre. Como explica Arcos, “es la clásica en septiembre… hacemos desde el Recreo Peral hasta el puente San Antón”, un tramo que se ha convertido en símbolo de su compromiso con el río.
En junio, el club realiza otra intervención en el Júcar, ampliando el tramo desde el Puente de San Antón hasta el Sargal. Este año fue la primera vez que limpiaron este nuevo tramo, una señal de que su alcance sigue creciendo y de que la organización busca abarcar más territorio con cada iniciativa.

En paralelo, el Huécar también recibe atención: la limpieza de este río se realiza por iniciativa propia del club, generalmente a finales de mayo o justo antes del puente, adaptando las fechas según la disponibilidad y las condiciones del río. Arcos subraya que este año han alcanzado un hito: “Este año hemos hecho las tres. Es el primer año que hemos hecho las tres limpiezas”, demostrando tanto su capacidad logística como la implicación de los voluntarios.
Estas rutas no solo permiten retirar residuos acumulados, sino también visibilizar la labor del club y concienciar a los ciudadanos sobre la importancia de mantener limpios los ríos que atraviesan la ciudad patrimonio de Cuenca.

A punto de cumplir 60 años, su mensaje es claro y directo: “Yo ya no quiero que esto siga así. Quiero que los que vengan detrás tengan un entorno mejor”. Usar las papeleras, respetar el entorno y entender que el río es un ser vivo.
Bartolomé insiste en que la labor no es solo por la ciudad, sino por el ecosistema. “Tenemos que saber para qué estamos aquí: no para destruir, sino para crear un entorno más bonito y mejor”. Pero reconoce que la lucha es constante: cada año encuentran más residuos en los mismos puntos, lo que evidencia que la conciencia ambiental aún tiene camino por recorrer.
Sin embargo, el ejemplo del club busca inspirar. Mostrar que, con esfuerzo, coordinación y educación, es posible transformar un río y su entorno, y enseñar a las nuevas generaciones a valorar lo que tienen. “Ellos son los que van a gobernar y los que tienen que dejar un mundo mejor a sus hijos”, concluye Bartolomé.
Porque el Júcar y el Huécar no necesitan héroes. Necesitan respeto. Y mientras tanto, bajo el agua, alguien seguirá cuidándolos.
















