La provincia de Cuenca ha vivido semanas bajo el asedio de un tren de borrascas que ha dejado un sabor agridulce en el sector primario. Aunque el agua es el «oro transparente» que los agricultores siempre esperan, la intensidad de las precipitaciones y, sobre todo, la violencia del viento han dibujado un mapa de contrastes: esperanza para el girasol y el cereal, incertidumbre para el ajo y ruina inmediata para los olivareros de la Alcarria y la Serranía.
Lo que el viento se llevó
La valoración del paso del tren de borrascas tiene un tinte dramático debido a las rachas de viento que acompañaron a las lluvias. El olivar, cultivo emblemático de la zona, ha sido el gran damnificado. «Se ha caído mucho, entre el 50% y el 60% de la oliva se ha ido al suelo. El daño es importantísimo, un daño grande», lamenta Gerardo González, miembro del comité ejecutivo de ASAJA y agricultor en Villalba del Rey.

Las cifras que maneja la organización agraria son escalofriantes para la economía local: se cuantifican daños en torno a los 8 millones de euros solo en el sector de la aceituna en la provincia. En este sentido, critica la falta de apoyo: «No están por la labor. Desde ASAJA ya lo hemos pedido y de momento nos han hecho muy poco caso. Hoy en la radio, de que la Consejería va a sacar 7 millones de euros para arreglos de caminos… yo creo que es insuficiente»
El problema se agrava porque, según explica González, la mayoría de los olivareros de Cuenca no tienen seguro debido a que las condiciones de las pólizas dejaron de ser rentables hace años. «El viento de 90 o 100 km/h ha hecho que la aceituna se caiga; ahora estamos recogiendo lo poco que queda».
El cereal: entre la bonanza hídrica y la amenaza de los hongos
Para el cereal, las abundantes lluvias son, en principio, una bendición a largo plazo, aunque el exceso de humedad empieza a pasar factura en la operatividad. Con la planta parada en esta época, el agua sirve para recargar acuíferos, pero la saturación del suelo impide que los agricultores entren a trabajar.

«En el cereal puede haber localizaciones puntuales de encharcamiento por exceso de lluvia y por falta de mantenimiento de los cauces por parte de la Confederación», explica Salvador San Andrés, secretario provincial de UPA.
El problema real para la cebada y el trigo vendrá ahora en forma de costes extra. La humedad persistente es el caldo de cultivo ideal para las enfermedades. Según San Andrés, «tendremos que hacer algún tratamiento extra de fitosanitario o fungicida por el tema de hongos y malas hierbas», labores que se sumarán al retraso en el aporte de fertilizantes como el nitrato o la urea, esenciales en este momento del ciclo.

Un mes sin poder pisar la tierra
La situación de parálisis es generalizada. Salvador San Andrés, secretario provincial de la organización UPA y agricultor en la Serranía Media, relata cómo el exceso de humedad ha bloqueado cualquier labor de campo.
«Llevo desde principios de año sin poderme meter en las tierras. El terreno aquí no filtra mucho y necesita días de sol y viento para evaporar. Calculo que tardaremos otros 7 u 8 días más en poder entrar», explica San Andrés.

Esta inactividad forzosa no solo retrasa la poda de la viña o el abonado, sino que amenaza con disparar los costes de producción. Salvador advierte que la humedad excesiva obligará a realizar «tratamientos extras de fitosanitarios o fungicidas por el tema de hongos y malas hierbas» que no estaban previstos en el presupuesto anual.
Más allá del clima, San Andrés señala a un organismo culpable en los encharcamientos: la Confederación Hidrográfica del Guadiana. Según el representante de UPA, muchas de las inundaciones en parcelas de cereal no se deben solo a los 200 litros acumulados, sino a la falta de limpieza de los ríos como los que se encuentran en las cabeceras del Záncara y del Cigüela.
El ajo: sembrado y bajo la lupa de la humedad
La situación del ajo es de tensa espera. El temporal ha pillado a gran parte del sector con el cultivo ya sembrado. Aunque el agua es necesaria, el estancamiento en zonas donde el terreno no filtra bien podría ser letal para la semilla. «Al ajo le ha pillado sembrado. Donde no se haya encharcado le va muy bien, pero el daño puede estar en alguna zona puntual donde se pueda podrir la cabeza», advierte el secretario provincial de UPA.

Si el sol y el viento no ayudan a evaporar el exceso de agua en los próximos días, lo que hoy es una buena reserva hídrica podría convertirse en una plaga de enfermedades de suelo que arruine la campaña antes de empezar.
Motivos para el optimismo
A pesar de la parálisis y los daños en el olivar, el balance final del paso de las borrascas deja motivos para la esperanza en el resto de la explotación conquense. Los cultivos leñosos y las siembras tardías han encontrado en este temporal el aliado perfecto para afrontar el año.
Estas lluvias han sido inmejorables al recargar el perfil del suelo en un momento en que los árboles están en reposo. Lo mismo ocurre con el girasol, que se siembra en primavera y encontrará una tierra «bien cargada» de humedad.

«En general, la valoración es buena. La valoración para mí es positiva porque se llenan los acuíferos y las reservas», concluye Salvador San Andrés.
En definitiva, aunque el barro haya obligado a esperar semanas para volver al trabajo y la aceituna haya sufrido el envite del viento, el campo de Cuenca ha logrado «llenar la despensa» de agua en un sector que vive pendiente de un cielo que, esta vez, ha dado demasiado de golpe.
