Durante años, miles de miradas se han posado cada Martes Santo sobre la Virgen de la Esperanza en Cuenca sin saber que, detrás de su vestimenta, de su exorno floral y de cada detalle que emociona al paso, ha habido una mujer trabajando en silencio desde hace más de un cuarto de siglo. Beatriz Gómez Serrano ha sido, ha cuidado y ha acompañado a la Virgen desde finales de los años noventa, convirtiéndose en una figura clave —aunque invisible— de la Semana Santa conquense.
El Digital de Cuenca ha hablado con ella para conocer el alcance real de una labor construida desde la responsabilidad, la sensibilidad y el amor profundo por su hermandad.

Beatriz ha entrado como ayudante en 1998, junto a las camareras que desempeñaban entonces esa función, Mari y Pilar. Aquellos primeros años han sido de aprendizaje y observación. En 2002, tras una dimisión interna y con apenas 18 o 19 años, se ha hecho cargo del puesto en solitario, muy cerca ya del Martes Santo. «Fue todo muy rápido y la verdad es que imponía bastante», ha recordado.
Desde entonces, su papel como camarera ha ido creciendo y ampliándose. En su caso, no se ha limitado únicamente al vestido de la imagen. Beatriz se ha hecho cargo de las capas, de los enseres y de toda la vestimenta de la Virgen de la Esperanza, en un trabajo continuo que se extiende durante todo el año. Con la evolución de la hermandad, ha considerado necesario apoyarse en un equipo más amplio, incorporando la figura del vestidor, función que desde mediados de los años 2000 ha desempeñado Rafael Murgui, con quien ha trabajado siempre de forma coordinada.
La imagen ha cambiado de vestimenta varias veces a lo largo del año, siempre en función del calendario litúrgico. Cuaresma, besamanos, Martes Santo, verano, luto de noviembre, Inmaculada y función han marcado un ciclo constante que se ha repetido año tras año. Cada cambio ha requerido planificación, pruebas y una atención minuciosa al detalle.
En cuanto a la procesión, la Virgen ha lucido una saya principal bordada en oro, regalo de las hermanas mayores en el año 2001, que se ha mantenido como la pieza central de su ajuar procesional. A lo largo del tiempo se han incorporado otras sayas bordadas y piezas de aplicación que se han utilizado durante el resto del año en la capilla.

Pero su responsabilidad no se ha quedado ahí. Beatriz también se ha encargado de la elección del exorno floral, tanto del paso procesional como de las distintas ocasiones que se celebran durante el año, como la función, el besamanos, el Corpus o cualquier acto en el que la Virgen preside. Cada momento tiene su carácter y su significado, y el exorno floral acompaña y refuerza ese mensaje.
Para esta tarea ha trabajado de manera conjunta con el florista Rafael Díaz, con quien ha decidido en cada ocasión el tipo de flor, los colores y la composición. Ambos han buscado siempre la coherencia entre vestimenta, exorno y tiempo litúrgico, entendiendo la imagen como un conjunto armónico y respetuoso con la tradición.
La preparación de cada Semana Santa ha comenzado semanas antes. Beatriz ha reconocido que no siempre todo ha estado decidido desde el principio. Se han realizado pruebas, se han descartado ideas y se han cambiado tocados cuando el resultado no ha convencido. La innovación ha sido una constante: salvo una excepción tras la suspensión de la procesión de 2013, la Virgen no ha repetido tocado ningún Martes Santo.
En el plano personal, Beatriz ha vivido esta responsabilidad con una mezcla de orgullo y respeto. Como nazarena, ha participado de forma anónima en la procesión, escuchando desde la acera los comentarios de quienes admiran a la Virgen sin saber que ella ha estado detrás de muchos de esos detalles. «Escuchar que la gente dice lo guapa que está la Virgen te llena muchísimo», ha confesado.
La devoción ha sido, además, profundamente familiar. Su entorno ha estado siempre vinculado a la hermandad y hoy son sus hijas quienes la han acompañado en esos momentos íntimos de preparación, compartiendo una tradición que se ha transmitido de generación en generación.
Después de más de 25 años, Beatriz Gómez Serrano ha representado ese trabajo callado que sostiene la Semana Santa desde dentro. Una labor silenciosa, constante y llena de sensibilidad que ha dejado huella sin buscar protagonismo. Porque mientras la Virgen de la Esperanza ha caminado cada Martes Santo por las calles de Cuenca, siempre ha habido alguien cuidándola en silencio, poniendo alma, tiempo y corazón para que otros solo tengan que mirar… y emocionarse.