Hay decisiones que no caben en una conversación de sobremesa. Decisiones que empiezan como una idea pequeña, casi un susurro, y terminan convirtiéndose en un billete de avión solo de ida. Miraron su vida con honestidad y se preguntaron si aquello era todo. No lo era. Meses después estaban aterrizando al otro lado del Atlántico con la sensación de estar escribiendo el primer renglón de una nueva vida.
Así comenzó la reciente historia de Pablo Recuenco y Héctor Donate, dos jóvenes conquenses que han cambiado el frío conquense por la humedad tropical de República Dominicana, no para irse de vacaciones, sino para conquistar un mercado digital que en España les ponía demasiadas trabas.
“En Cuenca había un techo”
Héctor Donate pasaba sus días entre las herramientas de un taller familiar en Cuenca, era su trabajo. Años antes sentía la adrenalina de los ruedos como recortador de toros. Recuerda que desde pequeño ya sentía inquietud por la economía: «veía en las noticias que el Ibex 35 cotibaba en X puntos y me llamaba mucho la atención y tenía curiosidad y empecé a formarme un poco, leer libros…». Esa curiosidad nunca desapareció. Solo se fue transformando.
Durante la pandemia la inquietud regresó con fuerza. Eran momentos en los que el tiempo para pensar se multiplicó y también la incertidumbre. Pensó qué iba a ser de él si tuvieran que cerrar el taller y entonces tomó una decisión: «decidí meterme de lleno y ponerme a trabajar en inversión de forma profesional», recuerda. Así, en 2019 por medio de cursos se adentró en el mundo del trading: la compraventa de activos financieros.

Pablo tenía una inquietud vital. Él es ingeniero y desde 2016 trabaja en la gestión de locales de ocio nocturno, restaurantes y organización de festivales. Tenía estabilidad, pero la idea de quedarse para siempre en el mismo punto le pesaba más que la posibilidad de fallar: «Al final, después de diez años, ya llegó un punto en el que en España, y sobre todo en Cuenca, la ciudad en la que estábamos, había un techo», reconoce.
Su interés por la inversión llegó de la mano de Héctor, pero conectó rápido con esa mentalidad de crecimiento que ya tenía dentro. “Invertir no es hacerse rico de la noche a la mañana. Es cambiar la forma de pensar. Es asumir que tú eres responsable de tu futuro”.
El salto a República Dominicana
Ambos empezaron a hablar cada vez más en serio de independencia financiera, de emprendimiento, de buscar contextos más dinámicos. Hasta que la conversación dejó de ser teoría. La decisión no fue heroica ni impulsiva. Fue lenta. Incómoda. Llena de dudas. “Había noches en las que pensábamos: ‘¿Estamos locos?’”, admite Pablo entre risas. “Pero el miedo no puede ser el que decida tu vida”. Y así, entre cálculos y despedidas, empezó la aventura. Se fueron a la otra parte del mundo.
Analizaron contexto, coste de vida, oportunidades y posibilidades de desarrollo: “Queríamos un lugar donde hubiera margen para crecer. Donde el mercado estuviera en movimiento”, explica Héctor. Para ello recorrieron Dubái, República Dominicana y Andorra. Finalmente el Caribe fue la apuesta de estos conquenses que ya llevan cinco meses inmersos en su nueva vida.

«Igual que en Europa hay otras cosas que están más reguladas y te pueden dar más seguridad, aquí tienes más libertad y más poder de acción. Hay muchas cosas sin explotar, se ponen más facilidades… Y todo eso lo sumas al clima que hay, a la predisposición de la gente…», detalla Pablo.
Despedidas largas. Dudas inevitables. Familia preocupada. Pero una convicción común. “El día que nos subimos al avión sabíamos que era un punto de no retorno”, reconoce Pablo. “Y eso asusta. Pero también motiva”.
Trading, consultoría fiscal y gestión de eventos
Desde su base en Punta Cana, ambos operan en el mundo de los negocios digitales. Héctor se sumerge 20 horas al día en el análisis de mercados financieros, huyendo de la imagen falsa del «dinero fácil». Pablo, mientras tanto, trabaja como consultor, asesorando a otros valientes que quieren seguir sus pasos, despejando el caos de la fiscalidad y la burocracia internacional.
Juntos gestionan una empresa de eventos, aprovechando la mentalidad emprendedora que reina en el país caribeño aunque se apoyan mutuamente. «Hay muchas actividades que fusionamos porque hay clientes que buscan inversión, trading y a la vez también quieren asesoría fiscal. Entonces nos complementamos uno al otro. Tenemos la parte común de empresas y luego la parte independiente de cada uno», explica Pablo.
Mirar a Cuenca desde la distancia
A pesar de vivir en uno de los lugares más exóticos del mundo, el corazón sigue teniendo coordenadas conquenses. Héctor Donate reconoce que es muy familiar y lo que más le costó fue dejar a los suyos, especialmente a su perro, pero hay otras cosas que extraña: «Echo de menos el jamón, las gachas… ahora que por Cuenca está lloviendo y hace frío, no veo más que historias de gachas en redes», bromea, aunque tiene claro que su futuro hoy no pasa por España.
Pablo reconoce que no le costó dar este paso y dejar todo atrás, autodefinido como la «oveja negra» de su familia por su espíritu inquieto, coincide en que esta decisión ha sido la mejor de su vida. «Venía de una época bastante dura y de estrés de trabajo, de unos años bastante complicados en los que necesitaba un cambio de aire y era quizás lo que necesitaba».
Su historia no es la de una huida desesperada. Es la de una inquietud compartida. La de dos perfiles distintos que, desde caminos diferentes, llegaron al mismo punto: la necesidad de arriesgar. No tienen planes de volver, salvo para visitas familiares o compromisos puntuales. Su mensaje para los que se quedan en la capital es rotundo: «Si quieres tener una buena vida, piensa en ti, porque nadie más lo va a hacer».
Desde el Caribe, estos dos conquenses han entendido que los sueños no se cumplen: se trabajan. Que la ambición pesa y es exigente. Que emigrar no es huir, sino apostar fuerte. Y que, para conquistar horizontes nuevos, primero hay que aceptar el vértigo de soltar la calma conquense y remar, a pulso y sin garantías, hacia un mar que no siempre está en calma.
