El primer latido del corazón nazareno se oye en Cuenca

El 'Amarrao' ha vuelto a las calles tras un año de ausencia en un Vía Crucis multitudinario, marcado por el incienso, el silencio y el reencuentro emocional

San Antón ha vivido este primer viernes de Cuaresma una de las noches más esperadas del calendario cofrade conquense. El Vía Crucis del ‘Amarrao’ ha regresado a las calles tras la suspensión del pasado año, arropado por una notable afluencia de público favorecida por la agradable temperatura y por un ambiente de profundo recogimiento que ha anunciado, con claridad, que la Semana Santa ya comienza a latir en Cuenca.

La tarde-noche de este primer viernes de Cuaresma ha dejado en el barrio de San Antón una de esas estampas que permanecen en la memoria colectiva de la Semana Santa conquense. El Vía Crucis del ‘Amarrao’, organizado por la Ilustre y Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna, ha vuelto a recorrer con sobriedad y profundo recogimiento las calles del barrio, en una cita ya imprescindible del calendario cuaresmal.

La jornada ha comenzado con la celebración de la Santa Misa en la Iglesia de la Virgen de la Luz, sede canónica de la Hermandad. La Eucaristía ha estado presidida por el obispo de la Diócesis, José María Yanguas, y ha contado con el acompañamiento del Coro de Cámara Alonso Lobo, cuyas voces han contribuido a crear un clima de oración y solemnidad acorde con el tiempo litúrgico.

Pasadas las 20:00 horas se ha iniciado el Vía Crucis. El obispo ha acompañado el cortejo junto al presidente de la Junta de Cofradías, Jorge Sánchez Albenda, los hermanos mayores de la Hermandad del Amarrao y miembros de las hermandades que tienen su sede canónica en la parroquia de San Antón. Una presencia que ha subrayado la relevancia de la cita y la unidad de la comunidad nazarena.

A lo largo del recorrido, que ha sido acompañado musicalmente por un trío de la Capilla de Cuenca, se ha percibido un ambiente de profundo recogimiento, reforzado por el persistente olor a incienso y la solemnidad de la música, que ha marcado el ritmo del rezo y la meditación de los asistentes. El caminar lento y acompasado del cortejo ha transmitido una sensación de introspección y respeto.

Uno de los momentos más sobrecogedores se ha vivido en las inmediaciones del Cerro de la Majestad, donde se alzan las tres cruces del Calvario de Cuenca. Allí, el rezo de las estaciones ha adquirido una dimensión especial, con un silencio respetuoso solo roto por las oraciones, la música de capilla y el caminar lento y acompasado del cortejo.

A lo largo del itinerario, los participantes se han detenido en los catorce puntos establecidos para la lectura y meditación de las estaciones, en las que han tomado parte los propios hermanos, convirtiendo el Vía Crucis en un ejercicio de fe verdaderamente comunitario.

No ha sido solo un Vía Crucis; ha sido un reencuentro. Tras la suspensión del año pasado, el regreso del ‘Amarrao’ a las calles se ha vivido con una emoción especial. La Hermandad ha vuelto a caminar junto a su barrio, los fieles han recuperado una cita muy esperada y Cuenca se ha reencontrado con uno de los actos que marcan el inicio espiritual de la Cuaresma.

Muchos han acompañado al cortejo hasta el final, sin prisas, arropando en silencio la entrada de la imagen en su templo, como quien se resiste a que termine algo que se ha sentido muy dentro. En cada mirada y en cada gesto se ha percibido la conciencia de estar viviendo algo que no se da por hecho.

Con la recogida del ‘Amarrao’ en su sede canónica, San Antón ha cerrado una noche de oración y sentimiento compartido. Un Vía Crucis que no solo ha abierto la Cuaresma, sino que, tras un año de espera, ha devuelto a Cuenca uno de esos sonidos, olores y silencios que definen su Semana Santa y que, una vez más, se han hecho presentes en sus calles.

Rafael Torres

Nacido en Cuenca. Estudiante del Grado de Periodismo en 4 ° curso en la Facultad de Comunicación de Cuenca
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