Bajo las luces del gimnasio «Roma» de Cuenca, entre el fragor de máquinas y el ímpetu de la juventud, emerge la figura de Sofía Guardia, una mujer de 76 años que ha decidido que su vejez no será un refugio, sino una expedición.
Conquense de nacimiento lo que verdaderamente la define no es el código postal de su carné, sino su condición de «ciudadana de un lugar llamado mundo»; una viajera incansable que entrena cada mañana para que sus pasos sigan teniendo el alcance de sus sueños.

Una mente insaciable: de las Ciencias Exactas a los Tribunales
Con apenas 16 años, dejó su Cuenca natal con la maleta llena de sueños y la firme idea de no regresar. Su paso por Madrid no fue solo una estancia, sino un despliegue de ambición.
«Primero hice Exactas e hice la oposición de instituto», relata Sofía, dibujando una trayectoria que comenzó entre números y fórmulas. Sin embargo, su curiosidad no se detuvo en las aulas de secundaria. Licenciada en Derecho, pidió una excedencia en la enseñanza y cambió las pizarras por los estrados, ejerciendo como procuradora de los tribunales hasta el día de su jubilación.

Tras una vida de intensos desafíos académicos y profesionales, abraza su presente con una satisfacción contagiosa, definiéndose a sí misma con orgullo como una «señora jubilada». Para ella, esta etapa no es un retiro, sino el comienzo de su verdadera libertad: «Es la gloria, es lo mejor que me ha pasado en la vida».
Lejos de las obligaciones de los tribunales o las aulas, ahora invierte su energía en fortalecer su cuerpo y alimentar su espíritu viajero heredado de su madre, disfrutando de la recompensa de años de esfuerzo con la vitalidad de quien sabe que lo mejor está por venir.
Entrenar para no dejar de recorrer el mundo
Aunque confiesa ser «sedentaria» por naturaleza y amante de la lectura en un buen sillón, Sofía acude ahora al gimnasio por una necesidad puramente estratégica. Todo empezó hace 20 años por dolores de espalda y rodillas, pero hoy su motivación es otra: «Hay que tener las piernas fuertes para viajar».
En junio estuvo en el Tíbet, en China y se enfrentó a la subida del Palacio de Potala, un reto equivalente a subir 13 pisos a 4.000 metros de altura. Gracias a su rutina de pesas y estiramientos, lo que antes eran ciáticas invalidantes ahora es fuerza para seguir caminando y recorrer el mundo.

Al observar su entorno percibe una realidad preocupante en la ciudad: «Aquí en Cuenca la gente está muy apoltronada». Mientras muchos adultos mayores aceptan el sedentarismo y el hecho de «encogerse» como parte natural del envejecimiento, ella se rebela contra esa fragilidad.
«El primer día que fui no sabía ni cómo se cogía una pesa y me fueron enseñando», admite. Ahora entrena tres días a la semana, hora y media por día.
Sola, pero nunca aislada
No tuvo hijos, una circunstancia que reconoce que le ha permitido viajar con mayor libertad y sin ataduras, organizando su vida y sus destinos al ritmo que ella misma ha elegido. Lo que más sorprende de su perfil es su independencia. Sofía viaja sola, integrándose en grupos pequeños donde coincide con otros «jubiladillos» que, como ella, aprovechan el invierno para descubrir mundo. «Mientras tenga salud, dinero y Trump no me monte la guerra, viajaré», afirma con un toque de humor.
Ha perdido la cuenta de cuántos países ha visitado, pero su pasaporte incluye sellos de Bolivia, Colombia, Australia, Nueva Zelanda, Etiopía y de su posible favorito: Irán, un país que define como una «maravilla» por la amabilidad de su gente y la belleza de sus plazas o mezquitas.

Mientras muchos viajan para verse en el mundo, Sofía viaja para verlo. No se busca en las fotos: enfoca el paisaje, las calles, las montañas y las miradas ajenas, como quien entiende que el viaje no es un espejo, sino una ventana. Por eso, es difícil verla en sus viajes.
Su único miedo tangible es el de dejar de vivir intensamente; por eso entiende que viajar no es solo ocio, sino una cura contra la intolerancia. «Te abre la mente, te hace más tolerante, te hace valorar lo que tenemos aquí; tu vida depende de dónde naces», reflexiona al comparar la suerte de vivir en España frente a las carencias de países como Afganistán o Etiopía.
Argelia y el próximo destino: Venecia
Su último gran descubrimiento ha sido Argelia donde viajó estas pasadas navidades. En contra de los prejuicios, se encontró con ciudades verdes, ruinas impecables y un turismo tan incipiente que los locales ni siquiera la agobiaban para venderle recuerdos. «No compré ni un imán», confiesa.

Ahora, su mirada está puesta en Italia: su próximo objetivo es el carnaval de Venecia, una espina que tiene clavada desde hace años y que por fin sacará en apenas unos días. Con la curiosidad intacta de quien aún tiene mapas por descifrar y la fortaleza física que ella misma se ha labrado en el gimnasio, esta «jubiladilla» de hierro nos enseña que la verdadera vejez solo llega cuando se apagan las ganas de descubrir qué hay detrás de la siguiente frontera.
/Fotos: Néstor Robaina/









