Es 15 de enero de 2026. Cuenca amanece, aunque la ciudad aún está tranquila y se nota el intenso frío del mes de enero. Poco a poco, sus calles se van llenando de coches y transeúntes, y también de quienes velan por la seguridad de todos: los agentes de la Policía Local. Son poco más de las ocho de la mañana cuando, en la comisaría, los primeros oficiales van llegando para comenzar su jornada laboral.
El turno de la mañana está a punto de comenzar. José Luis Garrote, es el oficial responsable del turno de mañana en este día, con 22 años de experiencia en el cuerpo llama a la reunión a sus compañeros.

La sala se llena con un ambiente de concentración. En silencio las personas que van a conformar el turno de este día escuchan con atención las pautas e instrucciones de su superior para que haya una compenetración perfecta: se reparten las tareas, se planifican los controles en colegios, en el casco antiguo y en las calles con más tráfico de la ciudad.

La coordinación es clave, un buen plan puede marcar la diferencia entre un día fluido y un caos de vehículos mal aparcados y conductores despistados.

Tras ello, es hora de comenzar la jornada. Para la mañana, el dispositivo desplegado cuenta con un total de tres patrullas operativas: dos de la Policía Local y una específica de agentes de movilidad, a las que se ha sumado el servicio de grúa municipal. En conjunto, han participado ocho agentes sobre el terreno, nueve si se incluye al operario de la grúa, coordinados para atender los controles de tráfico, la regulación en colegios y las intervenciones puntuales que han ido surgiendo a lo largo de la jornada.
Otro de los aspectos que aflora antes de la jornada es la atención a las personas sin techo. Aunque el protocolo específico activado durante los meses más duros ya ha finalizado, desde los servicios sociales se sigue ofreciendo la posibilidad de acudir al albergue. La Policía Local actúa como primer contacto en muchos de estos casos, informando y facilitando esa alternativa a quienes se encuentran en situación de calle.
La organización del turno
La organización del turno no es nunca rígida ni automática. Depende, en gran medida, del calendario y de los hábitos de la ciudad. José Luis Garrote explica que tanto el día de la semana como la época del año influyen directamente en el tipo de servicio que se presta. Los martes, por ejemplo, el mercadillo transforma por completo determinadas zonas como Antonio Maura o Huertas de la Alameda, que se convierten en puntos especialmente sensibles por la concentración de vehículos y personas. A los problemas de estacionamiento se suma la vigilancia ante pequeños hurtos, frecuentes en entornos con gran afluencia de público.
La estacionalidad también marca el ritmo del trabajo. En verano, con los colegios e institutos cerrados, desaparece la necesidad de regular el tráfico en las entradas y salidas de los centros educativos, lo que permite redistribuir los efectivos hacia otros puntos de la ciudad. Son factores que obligan a una planificación diaria y flexible, adaptada a la realidad cambiante de Cuenca, y que explican por qué cada jornada es distinta a la anterior, aunque el turno comience siempre a la misma hora.
A las 8:25, salimos en patrulla. El primer objetivo de esta jornada es el nuevo Hospital Universitario de Cuenca (HUCU), donde la preocupación principal son los coches mal aparcados. El motivo es que la falta de espacio en el centro hospitalario provocaba que los usuarios aparcasen en zonas no permitidas, lo que ocasiona un descontrol en la zona y donde ya han tenido que multar a los infractores.

Nada reseñable por ahora, pero la atención de los agentes no se relaja. Cada mirada al volante, cada giro del tráfico, es parte de una observación constante que la mayoría de los ciudadanos no percibe. “Cuando estamos presentes, la gente colabora; cuando no, el desorden vuelve a aparecer en cuestión de días”, explica José Luis Garrote.
Posteriormente tras comprobar el tráfico en esta parte de la ciudad, sobre las 8:40 llega el momento de controlar los colegios de la capital.

La llegada de entrar a clase provoca en distintos puntos de la capital congestiones con coches de los padres que se acercan a dejar a sus hijos al colegio. Nos dirigimos en este caso al centro educativo ‘La Sagrada Familia’, también conocido como “Las Pepas”, ubicado en la Avenida de los Alfares, siendo uno punto de concentración de vehículos.

Los agentes regulan el tráfico, advierten a los conductores. Misma situación que ocurre posteriormente en la calle Alfonso VIII de la capital.
Garrote explica que la rutina se mezcla con pequeños desafíos como pueden ser patinetes eléctricos circulando donde no deberían, coches ocupando la zona de carga y descarga o dobles filas que obstaculizan la circulación.
Por la mañana, explican que el ajetreo es constante. Las patrullas recorren la Avenida de los Alfares, la Calle Alfonso VIII, Ronda Oeste, la Calle Sándalo, la Avenida del Mediterráneo y la Calle Gerardo Diego, entre otras.
La manera de intervenir es clara, primero se informa, se explica y se previene porque explican que es importante ponerse en el lugar de la otra persona, sancionando también siempre que sea preciso y la situación lo requiera. “Cuando nosotros vamos a un sitio y denunciamos, es porque se está haciendo en beneficio de terceros”, dice José Luis.

En este sentido explica que «la gente no tiene que ver que vamos a denunciarla y con un afán recaudatorio, eso no es así. Nosotros vamos a denunciar cuando vamos a prevenir algo, cuando vamos a ayudar a otras personas».
Intervenciones concretas
Entre controles rutinarios nos encontramos con una posible infracción. En la estación del AVE de la capital ‘Fernando Zóbel’ los agentes detectan un vehículo mal aparcado en una zona que frecuentemente usan los usuarios que acuden donde no se debe estacionar. S
in embargo, justo en el momento que se disponían a sancionar a la conductora, aparece desembocando en una conversación educada con los agentes quienes la advierten del hecho acontecido posteriormente disculpándose confiando en que no vuelva a ocurrir.

La situación deja además otra posible infracción. Tras solicitarla los papeles del vehículo, detectan que tiene la ITV caducada, instándola a que vaya a pasarla lo antes posible y adjunte el documento que lo acredita para evitar la sanción. En este caso, gracias a la intervención, esta conductora se ha ahorrado una multa que podría alcanzar los 400 euros, doscientos por cada delito, coche mal aparcado y además ITV caducada.

Pero, para José Luis, la colaboración es mutua. Explicando cada actuación con paciencia y claridad, la policía logra que los ciudadanos comprendan la razón detrás de cada intervención. En situaciones donde el individuo se puede volver más irascible lo importante es mantener la calma y controlar la situación de la mejor manera posible.
En otro momento de la mañana, la patrulla se detiene junto a un autobús que circula por la ciudad. Los agentes solicitan la documentación al conductor para comprobar que todo esté en regla.

Tras una rápida inspección, confirman que el autobús cumple con todos los requisitos y puede continuar su ruta con normalidad.

Este procedimiento, aparentemente rutinario, refleja la labor constante de la Policía Local para garantizar la seguridad de todos los usuarios de la vía, desde peatones hasta conductores de transporte público.
Los grafitis, un problema persistente
Continuamos la ruta mientras preguntamos a agentes por temas que afectan a la ciudad como los numerosos grafitis que ensucian la ciudad obra de vándalos. Los agentes reconocen que es un problema persistente en la ciudad, uno de esos asuntos que reaparece una y otra vez en distintos barrios y que preocupa tanto a vecinos como a la administración.

No se trata solo de actos aislados o locales: en ocasiones, explican, incluso llegan personas de fuera atraídas por la facilidad para actuar sin ser vistas. Las quejas vecinales han ido en aumento en los últimos años, hasta el punto de impulsar iniciativas ciudadanas como Stopgrafitis y provocar una respuesta institucional.

El propio alcalde de Cuenca, Darío Dolz, anunció recientemente una inversión de 200.000 euros destinada a la eliminación de grafitis, un esfuerzo por recuperar fachadas y espacios públicos que, aunque no siempre acaparan titulares, forman parte del día a día que la Policía Local vigila y trata de contener.

En las pedanías de la capital donde también la Policía Local de Cuenca, la situación es bien distinta y el ritmo baja notablemente. Los avisos que llegan desde estas zonas suelen ser puntuales y, en la mayoría de los casos, de carácter menor. Perros sueltos, pequeñas obras o incidencias relacionadas con el uso de la vía pública centran gran parte de las intervenciones.
No hay grandes sobresaltos ni un ajetreo constante; más bien, una vigilancia discreta y preventiva que permite mantener el orden y atender las necesidades de los vecinos sin urgencias destacables. Es otra cara del trabajo policial, más tranquila, pero igualmente necesaria para garantizar la convivencia en todo el término municipal.
Aunque también los agentes velan por el cumplimiento de horarios de carga y descarga en zonas de la capital como la calle carretería, una de las arterias de la ciudad donde se concentran varios negocios. Todo forma parte de una red de seguridad que busca prevenir problemas antes de que ocurran.
La relación con la ciudadanía es un pilar fundamental. Garrote explica que los mayores muestran más respeto y educación, los jóvenes, a veces, menos conciencia de las normas, especialmente con patinetes y vehículos no autorizados.

El asunto de los patinetes eléctricos aparece también en la conversación durante la jornada y refleja uno de los problemas emergentes de la ciudad. José Luis Garrote lo explica con preocupación contenida: se trata de una realidad para la que, reconoce, todavía no se ha encontrado la solución deseada.
El mayor foco está en la adolescencia. Muchos padres señala que desconocen —o no son plenamente conscientes— de que existe una edad mínima para conducir un patinete, fijada en los 16 años, así como de las zonas por las que pueden circular y aquellas en las que está prohibido hacerlo. El incumplimiento es especialmente elevado entre jóvenes de 14, 15 y 16 años, donde las normas se diluyen con facilidad.
No es, según señala, el principal problema de la ciudad, pero sí uno en claro crecimiento y con consecuencias directas para el resto de usuarios de la vía. La preocupación aumenta al tratarse de conductores especialmente vulnerables: el uso del casco no es obligatorio, solo recomendable, y muchos no lo llevan. En caso de accidente, el resultado suele ser claro: un herido seguro. Por eso, más allá de la sanción, la prioridad es la concienciación, hacer entender el riesgo real que implica circular sin protección y sin respetar la normativa.
Además, intervenir en estos casos no siempre es sencillo. Una actuación aparentemente menor puede complicarse en segundos. Cuando los agentes intentan identificar a un conductor de patinete, no es raro que salga huyendo, lo que hace especialmente difícil la intervención desde un vehículo patrulla. En ese contexto, una simple denuncia puede acabar derivando en un problema mayor: una caída durante una huida, un accidente innecesario o una situación de riesgo tanto para el joven como para terceros.
Precisamente durante la ruta con los agentes en el patrulla identifican a una persona incumpliendo las normas establecidas para el uso de estos vehículos de movilidad personal. En este caso, se encontraba circulando por la acera, algo que está totalmente prohibido por su peligrosidad para los viandantes.
Tan solo deben circular por los carriles bici, si existen, o por la calzada de las calles, en ningún caso hacerlo por aceras, zonas peatonales, pasos de travesía, autopistas, autovías, vías interurbanas o túneles en ámbito urbano, tal y como lo señala la Dirección General de Tráfico (DGT).
La conversación también deriva hacia uno de los cambios que marcará el futuro inmediato de la movilidad en la ciudad: la implantación de la Zona de Bajas Emisiones. Desde dentro del cuerpo, el escenario todavía se percibe con cierta incertidumbre. Los agentes reconocen que, por el momento, no disponen de información concreta sobre cómo se articulará su presencia cuando la medida entre en vigor. Lo que sí tienen claro es el principio básico: los vehículos que no cuenten con la etiqueta ambiental correspondiente no podrán acceder y, en caso de hacerlo, deberán ser sancionados.
Y es que el contexto añade una dificultad añadida. Según se ha anunciado recientemente, la Zona de Bajas Emisiones de Cuenca no contará con cámaras de control automático, por lo que la vigilancia recaerá directamente en la Policía Local. Esto implica un control eminentemente presencial, basado en la observación y la intervención directa de los agentes en la calle. Un reto más para un cuerpo que ya asume múltiples funciones y que, una vez más, deberá adaptarse a nuevas exigencias con los medios disponibles, equilibrando la pedagogía con la aplicación de la norma.
Hasta las once de la mañana, momento en que nos despedimos, el oficial de la Policía Local de Cuenca asegura no haber recibido ningún aviso por la emisora, un síntoma sin duda positivo de que todo está en orden. Sin embargo la ciudad sigue viva, pero los agentes saben que su labor no termina aquí. Cada infracción detectada, cada intervención preventiva y cada ayuda discreta contribuye a que Cuenca siga siendo, en palabras del propio José Luis, una ciudad segura y colaborativa.

El día a día de la Policía Local es, en muchos sentidos, invisible: regulan, ayudan, previenen y colaboran con otros servicios sin que la mayoría lo note. Pero para quienes cruzan sus calles, para quienes ven sus patrullas y escuchan su presencia, la seguridad y el orden son palpables. Al final, lo más valioso para estos agentes no son las multas ni los controles, sino las pequeñas gratitudes de los ciudadanos, un gesto que confirma que su labor, aunque silenciosa a veces, marca la diferencia.
Más allá del tráfico, hay otra cara del trabajo que pocos ven. La Policía Local colabora con servicios sociales, atiende llamadas de teleasistencia, regula el tráfico durante obras o eventos y vigila la ciudad en situaciones que no siempre llegan a las noticias. Es la labor invisible que sostiene la seguridad y el orden mientras los ciudadanos continúan con su rutina del día a día.
Cuando se le pregunta por los principales problemas que afronta actualmente la ciudad, José Luis Garrote no duda en señalar un desorden que se repite cada día y que, en muchos casos, responde a viejos hábitos difíciles de erradicar.
Las paradas indebidas en las entradas y salidas de los colegios siguen siendo uno de los focos más conflictivos. Calles como Palafox o los accesos al Conservatorio de Música se colapsan en determinados momentos del día con vehículos que paran para dejar o recoger a los niños, generando situaciones de riesgo y dificultando la circulación. Son conductas asumidas con cierta normalidad por parte de algunos ciudadanos, pero que obligan a una vigilancia constante.

Pese a ello, la percepción general de la seguridad en Cuenca es positiva. La ciudad, explica, es segura y así lo avalan los datos, según los datos a los que se refiere Garrote ofrecidos por el Comisario por la Policía Nacional, así lo avalan con una bajada de los índices de criminalidad. En el ámbito de la Policía Local, la mayoría de las intervenciones están relacionadas con accidentes de tráfico leves y ordenación de la circulación, con una presencia muy residual de alcoholemias o ilícitos penales.

En el balance ofrecido recientemente extraído de los datos del resumen anual de avisos de 2025, el cuerpo policial atendió un total de 8.542 incidencias, entre tráfico, asistencia a la ciudadanía y sucesos en la vía pública. En términos de horarios y ubicación, la franja con más avisos fue entre las 08:00 y las 15:59, siendo el viernes el día con mayor actividad y la calle Hermanos Becerril el punto más conflictivo de la ciudad.
Cuenca, insiste, es una ciudad tranquila, donde el ciudadano suele colaborar y mostrar agradecimiento cuando se le explica el porqué de una actuación.
En cuanto a los medios disponibles, Garrote subraya que el cuerpo se encuentra bien dotado en el plano material. Radares, sonómetros, etilómetros, test de drogas y una reciente renovación del parque móvil —con cinco turismos nuevos y dos motocicletas— permiten desarrollar el trabajo con garantías. La carencia, reconoce, está en los recursos humanos.

La falta de agentes obliga a priorizar servicios y limita la capacidad de presencia en todos los puntos donde sería necesaria. La llegada de nuevos efectivos, actualmente en proceso de formación, se presenta como una oportunidad para mejorar la eficiencia y acercar aún más el servicio al ciudadano.
Al final de la jornada, cuando el ritmo de la mañana comienza a aflojar, Garrote se queda con lo esencial de una profesión profundamente vocacional: ayudar. “Que un ciudadano te dé las gracias es lo mejor que te puedes llevar a casa”, resume. Un gesto sencillo que da sentido a horas de patrulla, avisos y prevención silenciosa. Su mensaje a la ciudadanía es claro y directo: la Policía Local está ahí para seguir ayudando y necesita de la confianza y la colaboración de los vecinos. Solo así, trabajando juntos, concluye, se puede construir una ciudad mejor.